40 años del golpe de Tejero (2)

Aquella noche nos reunimos un grupo de amigos del barrio en la Plaza de la Catedral porque necesitábamos hablar, rozarnos, compartir el humo de unos cigarrillos para tratar de recuperar la normalidad que se había roto. 

La radio contaba que en Valencia, los tanques habían salido por las avenidas, por lo que para tranquilizarnos, nos fuimos a recorrer las calles para comprobar  que aquí no había ningún peligro cercano que nos amenazara. Al llegar a la Plaza Vieja, fue un alivio comprobar que la pareja de municipales que hacía guardia en el Ayuntamiento estaba tan desocupado como todas las noches del año, cenando en mangas de camisa delante del televisor que tenían en el cuartillo. 


Recuerdo que corrió el rumor de que en el Cuartel de la Misericordia se había reforzado la guardia y que en el interior, las fuerzas estaban preparadas por si recibían una orden de salir a la calle. Pero allí no se veía más movimiento que el de los soldados que hacían guardia, que de vez en cuando asomaban sus ojos asustados por el hueco de la garita. Radio macuto había lanzado la noticia, al parecer falsa, de que los mil reclutas que el día antes del intento de golpe de estado habían jurado bandera en el campamento de Viator se habían quedado sin su permiso correspondiente y esperaban órdenes en sus compañías.



Por las calles del centro reinaba un silencio extraño. A las nueve de la noche no quedaba nadie por las calles, los bares habían cerrado antes de tiempo y hasta los taxis se habían quitado de en medio, dejando las paradas desiertas. Buscando la normalidad de la vida cotidiana, fuimos a recorrer los cines, pero también habían echado la persiana antes de tiempo. Juan Diego, uno de los porteros históricos del cine Liszt, estaba recogiendo para irse y nos comentó con preocupación que no se había vendido ni una sola entrada en toda la tarde.

Fue una madrugada de insomnio en la que cualquier detalle que nos devolviera a la normalidad nos parecía una gran noticia. A las doce pasaron los basureros, como todas las noches y a las seis de la mañana, los barrenderos bajaron desde la Perrera, con sus carros y sus escobas para empezar una nueva jornada. Para nosotros, acontecimientos tan cotidianos, tan repetidos en nuestras vidas, tan irrelevantes como la presencia en la calle de los basureros, de los barrenderos y de los obreros que pasaban de  madrugada hacia el puerto, nos parecían una gran noticia que nos aliviaba el miedo acumulado después de tantas horas de incertidumbre. No recuerdo haber vuelto a sentir nunca más una sensación de libertad como la que tuve a la mañana siguiente, mientras  escuchaba en la radio la retirada de los últimos militares. Era una mañana de un sol intenso, que nos devolvía la primavera que un grupo de guardias civiles armados nos había hecho olvidar la tarde anterior. 



Por mi calle volvió a pasar el 'Tío Antonio' con su burra vendiendo el pescado fresco, y en mi tienda, los manojos de rábanos ocuparon su espacio natural en un cajón de madera junto a la puerta. Mi padre despachaba sin dejar de comer pan, como siempre, y las mujeres contaban sus pequeñas batallas de aquella madrugada interminable. Unas relataban sus miedos, otras su decepción porque ya se frotaban las manos creyendo que Franco había resucitado. Una de ellas nos contó la historia de un señor de la Plaza de Castaños, conocido por sus alardes golpistas, que se presentó en un célebre café del Paseo con una pistola en la cintura celebrando el asalto.

Aquella mañana la disfrutamos como si hubiera sido la primera de nuestras vidas, con la sensación de que el destino nos daba una nueva oportunidad. A esas horas, mientras me emocionaba escuchando la voz cansada y engrandecida de José María García hablándonos de la libertad recobrada, mi vecina de enfrente, a la que por culpa del roce y la convivencia no había mirado nunca a los ojos, me pareció la muchacha más hermosa del mundo.


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