40 años del golpe de Tejero (1)

El 23 de febrero de 1981 sacamos del baúl todos los miedos de la guerra

El cuartel de la Misericordia en la Transición. En la noche del golpe se reforzaron las guardias dentro y los soldados estuvieron en alerta.
El cuartel de la Misericordia en la Transición. En la noche del golpe se reforzaron las guardias dentro y los soldados estuvieron en alerta.

Parecía un lunes cualquiera, una de esas tardes del febrero almeriense en las que la primavera empezaba a intuirse en la ropa y en el ánimo de la gente. Había sido un día caluroso, como de mayo, y los adolescentes íbamos al Instituto en mangas de camisa y con la desgana de todos los lunes de nuestra vida de estudiantes. En el ‘Celia Viñas’ había dos clases de estudiantes: los alumnos del diurno y los que iban de noche. Los primeros eran estudiantes convencionales, la mayoría, adolescentes que iban  sacando los cursos  decentemente y centraban todos sus intereses en sacarse el título de Bachillerato. El nocturno era un territorio marcado por el mestizaje y por el fracaso. Lo mismo te podías encontrar a un niño de catorce años en una clase de Primero de BUP, que a un señor de cuarenta que a la desesperada buscaba recuperar el tiempo que había perdido en su juventud. En el nocturno se mezclaban trabajadores que necesitaban el bachiller para progresar en sus oficios, repetidores insaciables que no aprobaban ni la religión, muchachas que habían sido madres de  forma prematura y tuvieron que dejar un día los estudios. 


La tarde del 23 de febrero de 1981, los estudiantes del nocturno nos presentamos a las siete en el Instituto para empezar la jornada sin saber nada de lo que estaba pasando en Madrid. Recuerdo que a primera hora tenía clase de Filosofía con don Francisco Guzmán, un religioso que nos contaba la obra de Heráclito y Parménides con la misma  fe que con la que hablaba de Dios. La clase duró diez minutos, el tiempo que tardó en entrar el Jefe de Estudios para decretar el estado de excepción en las aulas. “Es conveniente suspender las clases, han entrado los militares en el Congreso y no se sabe lo que va a pasar”, nos dijo. Por los pasillos, los profesores hablaban entre ellos con cara de preocupación mientras Rafael, el eterno bedel de aquella época, alentaba a los rezagados para que fueran abandonando las aulas. 


Empezaba a anochecer y en la puerta del Instituto se formaban corrillos de estudiantes comentando las primeras noticias que llegaban a través de los informativos de las emisoras de radio. Algunos comercios del centro cerraron sus puertas antes de la hora y por el Paseo la gente hablaba en voz baja y caminaba con prisas por llegar a casa, con esa urgencia que sentimos los almerienses cuando intuimos una  tormenta. El miedo compartido generó un estado de soledad que envolvió a la ciudad en una extraña atmósfera de catástrofe. La vida desapareció de las calles y la gente se refugió frente al televisor, alrededor de las mesas de camilla. Recuerdo que sentí miedo de verdad, un miedo lejano, infantil, parecido al que me invadía cuando era niño y en el colegio el maestro nos humillaba públicamente y nos golpeaba con la palmeta por no recordar donde nacía el río Miño o por equivocarnos en el nombre de una cordillera. No era sólo mi miedo el que me angustiaba, era el miedo de mi padre, al que la guerra le había robado los mejores años de su juventud; no era sólo mi miedo, era el miedo de mi madre, ese miedo cálido y familiar que nos había ido trasmitiendo a los hijos en sus historias de desarraigo, de hambre, de sueños truncados. Los que somos hijos de padres que sufrieron la guerra civil llevamos incorporado en nuestra memoria sentimental una cortina de melancolía donde se funden todos los miedos que fuimos heredando. 



En aquellas horas de incertidumbre, la mayor preocupación de muchas familias fue saber de los hijos que estaban fuera estudiando. Fueron horas de conferencias telefónicas, de tensa calma hasta que supimos que en Granada, como en Almería, no había soldados vigilando detrás de las puertas. A las nueve parecía ya medianoche. Los bares habían cerrado y las calles tenían la desolación de aquellas tardes antiguas de jueves santo en las que la vida se de-tenía y no había cines, ni los niños podían gritar en las calles y a los coches les prohibían circular y tocar el claxon. 





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