El puesto de los bocadillos de atún

Paco González y Antonia Roque tenían una barraca en la puerta del Mercado Central

Paco González y Antonia Roque vivieron su época dorada en la Plaza de Abastos a comienzos de los años setenta.
Paco González y Antonia Roque vivieron su época dorada en la Plaza de Abastos a comienzos de los años setenta.

La Plaza no se limitaba al espacio cubierto con techo ni al sótano donde madrugaba la alhóndiga. La Plaza era un torbellino de vida que se derramaba desde primeras horas de la mañana por las calles que la rodeaban, un tumulto de voces de mercaderes que pregonaban sus mercancías como si fueran grandes tesoros: los mejores huevos, los mejores pimientos, los tomates más olorosos. 


La Plaza tenía dos ambientes: el interior y el de la calle, ambos unidos por un denominador común: el jaleo, ese ruido incesante que le daba naturaleza de zoco antiguo. Hasta los años setenta, el Mercado Central estuvo rodeado de puestos callejeros que acentuaban esa sensación de mercadillo de pueblo. Allí, en la esquina principal, mirando de frente al Paseo, estaba la barraca de Paco González y Antonia Roque, un puesto familiar, como casi todos los de la Plaza, un matrimonio más dedicado a la venta, como solía ser habitual entonces. 


Es difícil imaginar cómo se sacrificaban entonces las mujeres de la Plaza, aquellas que trabajaban mano a mano con sus maridos en el puesto y después tenían que volver antes del cierre a sus casas para tener preparada la comida y la mesa cuando los hijos llegaran del colegio.



Antonia Roque fue una de aquellas vendedoras esforzadas que apenas conocieron lo que era un día de descanso ni unas vacaciones. Allí estaba desde primera hora, al lado de su marido, detrás del mostrador donde se amontonaban los huevos recién puestos, las latas de conservas que entonces se despachaban a granel y los barreños de aceitunas que eran el producto estrella.


Vendían también anchoas del cantábrico que venían en barricas de madera y aquellas cajas redondas repletas de arenques que perfumaban las tiendas de Almería en los días de lluvia. En el puesto de Paco y Antonia siempre había una caja de arenques expuesta, de aquellas que te despertaban el apetito aunque acabaras de desayunar. Recuerdo el ritual de los tenderos envolviendo los arenques en papel de estraza y la ceremonia posterior que se celebraba en cada casa, cuando los arenques se aplastaban contra la puerta.



La barraca de los González Roque vivió su esplendor en los años sesenta y en los primeros setenta, cuando no existía otro supermercado en la capital que Simago. Media ciudad pasaba a diario por el Mercado Central y hasta la gente que venía de los pueblos a resolver algún trámite burocrático o a la consulta de un médico, tenía por costumbre, como un ritual, pasar por la Plaza de Abastos y comprar cualquier cosa antes de regresar al pueblo.


Allí, en aquella esquina privilegiada junto a la puerta que miraba al Paseo, la barraca de Paco y Antonia se codeaba con el puesto de Pepe el de los pollos, que era toda una institución en el mercado, y con el tenderete de Teodora que vendía hierbas recién cogidas del campo junto su marido, el famoso vendedor ambulante conocido popularmente como el doctor Manzanilla, que hasta hace quince años estuvo secando matas en la vivienda que tenía en la calle de la Viña, a los pies del torreón de la Alcazaba


En aquella esquina frente a la calle Aguilar de Campoo, se mezclaban los olores de las anchoas y los arenques del puesto de Paco y Antonia con el perfume de las hierbas de Teodora y las fragancias del café que tostaban todas las mañanas en la tienda de Paco Cortés, que estaba enfrente. Cómo corría la vida entonces por la circunvalación de la Plaza, en aquellas tres o cuatro horas intensas que se apagaban de golpe después de las tres de la tarde.


La actividad en la barraca  iba creciendo a medida que se echaba encima la mañana. Sobre las once, el marido se apartaba durante un rato del público del mostrador para preparar los desayunos de los empleados de la tienda de Marín Rosa, que durante un tiempo tomaron la costumbre de recuperar fuerzas a base de los bocadillos de atún con pimientos morrones que le preparaban con generosidad en el puesto. Eran otros tiempos, cuando nadie se ponía a régimen, cuando los bocadillos eran la columna vertebral de la alimentación diaria.


Se puede decir que a Paco González y a Antonia Roque les tocó la lotería cuando en el otoño de 1967 levantaron en el Paseo y en la calle de Aguilar de Campoo, el edificio de seis plantas del empresario don José Marín Rosa.

Fueron años de apogeo para la barraca, de trabajo intenso que nunca encontró la recompensa de la jubilación porque Paco, el dueño, murió a los 64 años de edad, poco antes de que le llegara la hora del retiro. 


El puesto familiar continuó adelante y hoy sigue en pie en una esquina del interior de la Plaza, donde ahora reina en solitario su hija Carmen. Sigue con el mismo género: encurtidos, salazones, aunque estos tiempos son muy distintos a los que vivieron sus padres. Ya no se forman grandes tumultos en la Plaza, salvo en los días de la Navidad, y cada vez es más complicado para una familia vivir exclusivamente de los beneficios de una barraca.


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