La solitaria plaza de los autobuses

Era un cruce de caminos donde confluían el pasado y el porvenir. Por allí subía la moderna Carretera de Ronda, por allí entraba y salía el tráfico hacia la estación del ferrocarril y allí se unían la nueva ciudad que extendía sus brazos por la Avenida de Calvo Sotelo (hoy de la Estación), para ganarle terreno a la vega, que en la segunda mitad de los años cincuenta era ya un mundo en retirada.


Era  una  plaza  alejada  y despersonalizada a pesar de ocupar un lugar estratégico, en la entrada a la ciudad para los viajeros que venían en autobús y en tren. Estaba situada frente a la misma estación de autobuses (inaugurada en 1955) y a cien metros de la de Renfe, pero no tenía la solera de las plazas del centro y durante décadas pasó desapercibida para los almerienses, como un anchurón desolado sin ningún atractivo. 


Llevaba el nombre de Plaza de Ivo Bosch, en homenaje a aquel recordado personaje del siglo diecinueve  que  fue  considerado como el gran impulsor del ferrocarril Linares-Almería. Pese a tan ilustre nombre, la plaza careció durante años de infraestructuras y aunque a lo largo del día tenía la vida que le daba el tránsito permanente de vehículos y de viajeros, y la presencia de la fábrica de Briseis y del sanatorio antituberculoso, durante la noche moría hasta transformarse en un paisaje fantasmagórico con escasa luz y numerosos baches. Cada vez que llovía el piso se llenaba de charcos y en las tardes en las que el viento soplaba con fuerza o se desataba una tormenta, toda la plaza se quedaba a oscuras. Una solitaria bombilla que instalaron en el centro, agarrada a dos cables, era la única iluminación de aquel escenario que quería abrazarse a la modernidad con una imagen rural y anticuada.



Cuando en el año 1965 cerraron las instalaciones del viejo preventorio, la Plaza de Ivo Bosch se fue apagando un poco más, provocando las numerosas quejas de los vecinos que tenían que atravesarla para llegar a la Carrera de Monserrat, que se jugaban su integridad física en  aquellos páramos oscuros y llenos de desolación. 

Era una vergüenza, para una ciudad que quería empezar a mostrarse  al turismo, que una de las primeras  imágenes  que  se  encontraban los viajeros del tren y los que llegaban a la estación de autobuses, era la de aquella plazuela desgarbada que parecía más un solar abandonado de la vega que un punto estratégico de la ciudad.



A finales de 1965 surgió una iniciativa de la colonia de emigrantes almerienses en Barcelona que pretendía unir los lazos de hermandad entre ambas ciudades, obligadas a entenderse y a quererse ya que en aquel tiempo eran alrededor de ciento cincuenta mil los hijos de Almería que residían en la Ciudad Condal. Así nació la idea de celebrar la ‘Semana de Barcelona en Almería’. Al Ayuntamiento, que entonces estaba dirigido por Guillermo Verdejo Vivas, se lo ocurrió que uno de los actos que se podían organizar con motivo de dicho hermanamiento podía ser ponerle a una plaza de la ciudad el nombre de Barcelona. Fue entonces cuando se pensó en que el lugar elegido fuera la olvidada Plaza de Ivo Bosch, para de este modo emprender su remodelación para su definitiva integración en el centro de la ciudad.

A comienzos de 1966 se hizo pública la decisión municipal de denominar a la Plaza de Ivo Bosch con el nombre de Plaza de Barcelona, y que esta nueva rotonda contaría en el centro con una fuente luminosa que sería costeada por el generoso Ayuntamiento de Barcelona, que además quería ofrecer las llaves de aquella ciudad a nuestras autoridades, en señal de desagravio por los sucesos ocurridos en el siglo XII, cuando las llaves de las puertas de la ciudad de Almería fueron conquistadas, por razones de guerra, por el barcelonés Conde Ramón Berenguer IV. 


La llamada ‘Semana de Barcelona en Almería’ se programó para el mes de agosto de 1966. Importantes personalidades de la Ciudad Condal, encabezadas por su alcalde, don José María de Porcioles, se desplazaron hasta Almería para participar en los actos. Uno de los episodios más brillantes fue la entrega simbólica de las llaves de nuestras puertas que se había llevado en 1147 el conquistador catalán Ramón Berenguer. La entrega fue simbólica porque no hubo forma de saber el paradero de las históricas llaves que hasta el siglo doce guardaron las puertas principales de acceso a Almería. Miles de almerienses acudieron aquella noche del 21 de agosto a la nueva Plaza de Barcelona en la que se descubrieron las placas de dicha plaza y de la calle de Monserrat, que fueron bendecidas por el vicario de la diócesis don Andrés Pérez Molina. 

Como colofón de la semana de hermanamiento entre las dos ciudades, se procedió a la inauguración de la gran fuente luminosa costeada por el ayuntamiento barcelonés, en la que se mezclaron las aguas traídas del río Llobregat con las del río Andarax. 


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