Los primeros Reyes Magos tras la guerra

No estaba la ciudad para grandes fiestas ni para que los Reyes Magos vinieran con las alforjas cargadas de grandes regalos. Acababa de terminar la guerra, y otra batalla, la del hambre, empezaba a librarse por los barrios más humildes de Almería. 

La guerra también había dejado su huella en los niños, en los que formaban parte de familias que no tenían ni un techo donde cobijarse y en los huérfanos que se agolpaban en las escasas dependencias del hospicio provincial y en los hogares que en aquellos días comenzaron a brotar como flores de un tiempo. 


Para ellos, para los niños pobres, se organizó la cabalgata de Reyes del seis de enero de 1940, la primera después de la guerra. 



Las autoridades de Falange pusieron en marcha su mecanismo propagandístico para que las familias más pudientes contribuyeran a que los niños más necesitados tuvieran al menos un regalo aquel día. “Niño, recaba de tu papá un pequeño donativo a fin de que tus camaradas de Almería que no tienen más padre que Auxilio Social, puedan compartir contigo la alegría del Día de Reyes”, decía el mensaje que se escuchaba por la radio y que publicaba el diario Yugo.


Como no había presupuesto para carrozas ni grandes alardes, se organizó una cabalgata con mucha gente para que pareciera que toda la ciudad se volcaba con la idea. Se convocó a los cuadros de baile regional de la organización falangista, a los gigantes y cabezudos, a la señoritas prestarias del Servicio Social, a la banda de cornetas y tambores de Falange y a lo que había quedado de la Banda de Música Municipal para que arroparan a los tres magos de Oriente que montados en caballos y custodiados por pajes, recorrieron las calles del centro de la ciudad. 



La comitiva llevaba un cargamento de juguetes y de caramelos, los juguetes que habían ido donando los almerienses a lo largo de varias semanas y los caramelos que puso a disposición de la organización la fábrica de dulces Frifer, que regaló dos mil bolsa de caramelos.


La cabalgata fue repartiendo los regalos por los distintos comedores sociales que estaban distribuidos por la ciudad, llegando también a las niñas del Servicio Doméstico y al Hogar Provincial, donde eran mayoría los niños que se habían quedado sin padres. La cara más amable de la cabalgata era la estampa de las señoritas de Auxilio Social vestidas de uniforme. Todas aquellas muchachas que de forma voluntaria se apuntaban al servicio, eran la imagen de la esperanza. Representaban el pan, la leche, y los repartos de víveres que a diario se hacían por todos los barrios de Almería para aliviar el hambre. 

Ver a una muchacha de Auxilio Social con aquellos delantales tan blancos y las manos limpias era toda una invitación a la esperanza que en aquel tiempo se resumía en una buena olla de arroz y en una berza con todos sus avíos.


Aquel seis de enero de 1940 no fue un día de grandes festejos ni de niños estrenando juguetes en el Paseo y en el parque. La ciudad no acababa de despertar de la pesadilla de la guerra cuando ya estaba inmersa en la batalla del hambre. Los cafés del Paseo se llenaron aquella tarde a la hora de la merienda, aunque tenían el café y el azúcar recortado, y los dos cines que estaban funcionando, el Hesperia y el Cervantes, vendieron todo el papel para la primera función de las tres y media de la tarde. Al día siguiente, la prensa local recogía en grandes titulares la generosidad de los más ricos para ayudar a los más pobres y publicaba la noticia de que por fin salían a concurso los cargos retribuidos de la Jefatura Provincial de Falange, cuyas plazas serían cubiertas por mutilados, excombatientes y excautivos de la guerra. Un gran regalo de Reyes.


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