La necesidad de regresar a la Molineta

Hay indicios que apuntan a una vuelta a la Molineta.  Los fines de semana son muchos los almerienses que escogen este paraje para hacer senderismo, buscando la belleza del paisaje y esa sensación de aislamiento y de lejanía que uno tiene cuando empieza a subir los cerros y ve como la ciudad se va quedando atrás.

Han sido varias décadas de olvido y aunque el abandono sigue presidiendo aquellos escenarios, el atractivo del lugar sigue siendo una realidad incuestionable. Muy lejos quedan los tiempos en los que la Molineta era el escenario preferido por muchas familias almerienses para reunirse en los días de fiesta.


Además de un lugar salpicado de cortijos, bancales y balsas, La Molineta fue desde antiguo un rincón de ocio, un espacio bucólico donde la gente se escapaba para  celebrar la llegada del Año Nuevo. Hay constancia en la prensa local que las comidas del día uno de enero ya se celebraban en el siglo diecinueve y que se fueron convirtiendo en una de las tradiciones más respetadas hasta que desaparición, en los años sesenta del siglo veinte.



 

Las comidas de Año Nuevo llegaron a ser un acontecimiento masivo según se puede deducir de un artículo de prensa de enero de 1901, en el que el cronista comentaba que: “los cerros de la Rambla de Belén de nuestra ciudad se vieron muy concurridos por muchas familias que pasaron en el campo la mayor parte del día, compartiendo las cestas de comida y disfrutando los más jóvenes de la los bailes con la música de las guitarras y bandurrias”.



No era la única festividad que antiguamente tenía como refugio La Molineta. En el barrio de la Caridad, en los primeros días del mes de mayo, era costumbre venerar las cruces llamadas de las Tres Marías. En el cerro detrás de las casas, los vecinos levantaban un altar adornado con colchas y flores y en la noche del dos de mayo todo el barrio compartía el velatorio de las cruces. “Todas las fachadas de las casas se adornaron con faroles a la veneciana y por la noche se bailó el fandango”, decía el artículo de La Crónica Meridional de 1895. Las fiestas del barrio de la Caridad incluían además las excursiones a La Molineta, donde las familias pasaban la tarde alrededor de las meriendas. 


En febrero, cuando llegaba el día de San Blas, se organizaban en torno a la ermita de la Rambla de Belén las fiestas en honor del santo. En los lugares descampados, a los pies de los cerros de La Molineta, se encendían hogueras y se quemaban castillos de fuegos artificiales. Las monjas de las Siervas de María se encargaban durante la semana de colectar pan por las principales tahonas de la ciudad y el día del santo, abogado de los enfermos de difteria, repartían los bollos entre las madres que acudían con los niños que padecían el mal de garganta. Aquel día, los cerrillos de La Molineta se llenaban de niños hambrientos que devoraban el pan como si fuera una bendición divina. 


La Molineta formaba parte de un amplio entorno que empezaba en la misma Rambla de Belén, lugar que durante décadas fue un universo lleno de cortijos, tan alejado y a la vez tan cerca del centro de la ciudad. El cortijo de Góngora que mostraba su majestuosidad frente a la finca de los Fischer, la calera de Juanico ‘el Gachupa’ donde iban la gente a comprar los sacos de cal que se utilizaban para blanquear las fachadas de las viviendas, la zona del polvorín, el cortijo de Baeza, donde en los años de la posguerra fijo su residencia el conocido ingeniero y terrateniente don Agustín Baeza Echarri, el cortijo de San Marcos, el del Consuelo, el de Emiliano, el del Capitán, el de Pepe Tesoro, fincas donde la vegetación y el agua llenaban de vida aquellos parajes. 


Más arriba, subiendo la cuesta que conducía hasta los cerros más altos de La Molineta, aparecían las llamadas casas del motor de Góngora, que todavía hoy se mantienen en pie, ya en estado de abandono. El motor era como un dios que se encargaba de extraer el agua del pozo para regar las huertas de los cortijos. Era un santuario entre las rocas y alrededor se levantaron varios grupos de casas que los propietarios de la gran finca construyeron para las familias que trabajaban para ellos: aparceros, cocheros, pastores, guardianes...

Coronando La Molineta, por la parte del camino que iba hacia la Cruz de Caravaca, estaba el cortijo de don Arturo Giménez López, el periodista que se hizo célebre por contar en sus artículos todos los sucesos que rodearon al crimen de Gádor, el famoso caso del saca mantecas. Don Arturo tuvo su finca en La Molineta y el día que consiguió extraer agua del suelo fue tan grande el acontecimiento que para celebrarlo reunió a sus mejores amigos en el cortijo para compartir un almuezo suculento. 


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