Los últimos coletazos del Tiro Nacional

Foto: Archivo Juan Díaz.
Foto: Archivo Juan Díaz.

Cuando dejaron de sonar los pasodobles de las orquestas, cuando los vestidos de noche pasaron a formar parte de la memoria, cuando se dejaron de proyectar las películas de reestreno en las noches de verano, la terraza del Tiro Nacional se fue convirtiendo en un solar donde de vez en cuando se organizaba alguna velada pobre de boxeo y donde en los inviernos se instalaban los circos que de forma esporádica aparecían por Almería.


Aquel escenario donde las parejas de la burguesía local exhibían sus trajes y sus mejores vestidos y presumían de su destreza bailando los ritmos de moda de los años treinta, fue envejeciendo hasta llegar a sus últimos años transformado en una ruina que estorbaba el crecimiento urbanístico de la ciudad. 


El declive del recinto se aceleró cuando al otro lado de la Rambla fueron llegando los primeros bloques de edificios y la oportunidad del negocio se llevó por delante cualquier intento romántico de conservar aquel espacio como un lugar de ocio. Había que dejarlo morir para que la ciudad siguiera avanzando al otro lado del puente del instituto a través de lo que entonces era la Avenida de Calvo Sotelo, hoy llamada de la Estación. A comienzos de los años sesenta, cuando el Tiro Nacional ya había iniciado su declive imparable, la calle estaba muy lejos de ser una avenida, rodeada todavía de solares vacíos y de antiguas huertas, reliquias de la vega que había ido desapareciendo. 




Fue una lenta agonía. Los últimos coletazos del Tiro Nacional estuvieron marcados por las veladas de boxeo que no necesitaban más tramoya que la de un modesto cuadrilátero que levantaban con tablas junto a la tapia del recinto. El ocaso de la terraza se dibujaba en el abandono de aquella tapia de mampostería que se fue cayendo poco a poco; en medio de la tormenta todavía resistían las ventanas de las viejas taquillas.



Sus últimos esplendores llegaron en los primeros años sesenta, cuando los fines de semana la terraza se llenaba con las sesiones de cine. La última película que se proyectó en el Tiro Nacional se llamaba ‘Y el cuerpo sigue aguantando’, en el mes de octubre de 1964. Como el título de la película, el local también siguió aguantando. Cuando se quedó completamente vacío por dentro y cuando la tapia principal empezó a desmoronarse, el recinto quedó reducido a solar, pero no llegó a abandonarse del todo y durante unos años, los últimos de su existencia, sirvió de escenario para los circos que llegaban por Almería.


Allí dio sus funciones, en noviembre de 1964, el Gran Circo Belga, y allí se estrenó el prestigioso Circo Roma, que en la primera semana de enero de 1965 llegó a la ciudad con los aclamados trapecistas ‘Los 4 Jarz’, que habían alcanzado la talla de estrellas mundiales por haber doblado a los actores Burt Lancáster, Tony Curtis y Gina Lollobrigida en la película ‘el Trapecio’. 


El Circo Roma devolvió algunos de sus viejos esplendores al Tiro Nacional y durante varias noches se colgó el cartel de lleno. Un año después, en el verano de 1965, acampó en el Tiro Nacional el famoso Berlín Zirkus, que traía el atractivo de sus fieras, jamás vistas en esta ciudad: leones salvajes, pumas, osos del Tibet, panteras negras, todo un ejército de animales que fue la atracción del público y el entretenimiento de las pandillas de niños que recorrían los descampados de la Rambla buscando los gatos callejeros para venderlos después para comida de las fieras del circo, a veces por unas monedas y otras por el privilegio de entrar gratis a alguna de las funciones.

Fueron las últimas luces que se encendieron en la esquina de la Rambla. A finales de los años sesenta, la tapia y el solar sobrevivían en un mundo prestado, ocupando una esquina que era la del progreso urbanístico de la ciudad, entre la Rambla y la Avenida de la Estación. La vieja tapia, cautiva y desarmada, estaba allí, acartonada, contándonos la historia de lo que había sido, mostrando su imagen decadente entre el tráfico que seguía creciendo y frente a los primeros bloques de edificios que empezaban a asomar al otro lado del cauce. 


Era una tapia poderosa, de unos cuatro metros de altura, que se prolongaba por su franja norte a lo largo del primer tramo de la Avenida de la Estación, y corría paralela a la Rambla hasta la entrada de la Carrera de los Picos. En su fachada principal tenía tres puertas y dos huecos que eran las ventanas que se habilitaban como taquillas. Antes de que el lugar quedara abandonado, sobre los muros blancos de la fachada colgaban las carteleras de las películas que proyectaban en la terraza, donde iban los niños a descubrir que echaban esa noche. 


Todavía, antes de que la derribaran, en la fachada del Tiro Nacional se podían adivinar los restos del último cartel del último combate de boxeo con el nombre de alguno de los ídolos locales de la ciudad.



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