La Navidad en la casa de doña Ventura

El piano no dejaba de sonar desde el 24 de diciembre en la calle de Almanzor Baja

Ventura Ledesma cuando cumplió doce años y estudiaba en el colegio de la Compañía de María. Foto gentileza de A. J. López Cruces.
Ventura Ledesma cuando cumplió doce años y estudiaba en el colegio de la Compañía de María. Foto gentileza de A. J. López Cruces.

La Navidad empezaba en la calle Baja de Almanzor, cuando en la casa de doña Ventura Ledesma comenzaban a sonar los villancicos que ella misma ejecutaba sentada al piano. En 1949, el ayuntamiento le concedió un premio por el artístico Nacimiento que la señora Ventura había montado en una sala de su vivienda, compuesto por casi un centenar de figuras de barro que había heredado de su padre, el ilustre escritor almeriense don Antonio Ledesma Hernández


La casa de doña Ventura lindaba con el primitivo colegio de la Salle, en la actual calle de José María de Acosta. Era un edificio magnífico, con un espléndido portal enlosado de mármol donde resaltaba un llamador de cobre brillante con la figura de una mano de mujer. Al fondo de la casa, aparecía un enorme jardín con una gigantesca araucaria donde anidaban los pájaros todo el daño. 


La Navidad empezaba entonces cuando doña Ventura desempolvaba las figuras de barro que guardaba en un viejo arcón de madera y cuando en la tarde del 24 de diciembre la casa se llenaba de amigos que aprovechaban la fecunda hospitalidad de la dueña para entonar los primeros villancicos. Era una gran pianista y una de las pocas mujeres de su época que en Almería sabían hablar inglés y francés. A veces, cuando estaba triste, cantaba viejas canciones francesas que evocaban amores perdidos.



A los diez años ya destacaba como una de las mejores del colegio de la Compañía de María, donde sobresalía por su vocación poética y por su habilidad para tocar el piano. De aquellos días de infancia, Ventura conservaba en la memoria la primera vez que su padre la llevó al colegio. Comenzaba el curso 1886-1887, y fue la primera alumna que se matriculó en la Compañía de María. Las figuras de las madres Zoa Moreno, Candelaria Ortigosa, Elena Iturrate y Nicolasa Merino, estuvieron siempre presentes a lo largo de su vida. Fueron sus maestras más queridas, la que marcaron su educación.


Pero ningún acontecimiento le dejó más huella que la tarde que se inauguró la Plaza de Toros de Almería, el 26 de agosto de 1888. Acudió a la corrida con un vestido blanco y rosa que su padre le había comprado en un viaje a Valencia, y agarrada de la mano de Magdalena Benítez Duimovich, una joven de 17 años con la que su padre había contraído matrimonio dos meses antes, en el altar de la Virgen del Mar



Ventura consideraba aquellos días como los más felices de su vida. Al día siguiente de la inauguración de la Plaza, su padre le dio un paseo por el Puerto para ver salir el vapor William Haynes, donde viajaban los diestros Lagartijo y Mazzantini con sus cuadrillas, que se marchaban hacia un nuevo destino tras su actuación en Almería. Desde entonces, los toros fue junto a la música, una de sus grandes pasiones. 


En 1897, cuando no había cumplido todavía los 18 años, Ventura se casó con Guillermo Gil Camporro, un joven apuesto, siete años mayor que ella, hijo de un importante empresario con negocios en Almería. En los ocho primeros años de matrimonio nacieron sus cuatro hijos. La familia vivió durante más de treinta años en el número dos de la calle Martínez Campos, aunque su refugio siguió siendo el cortijo de Sierra Alhamilla y la finca que tenían en  ‘El Ruiní’, cerca de Gádor. Allí se trasladaron en el otoño de 1918, para ponerse a salvo de la epidemia de gripe que azotó a media Europa. Ventura, que ya había salido ilesa del cólera de su niñez, se salvó también de esta nueva hecatombe que dejó miles de muertos. 


En 1935, falleció el marido de doña Ventura, de un enfisema pulmonar. Fueron días de luto, agravados después por el estallido de la Guerra Civil. De nuevo, el cortijo que le sirvió de refugio. Allí se trasladó el padre de Ventura, don Antonio Ledesma, en compañía de su secretaria, Joaquina, que se había convertido en  sus ojos, sus pies y sus manos en aquellos tiempos de vejez y ceguera. El 9 de agosto de 1937, con 81 años, el señor Ledesma falleció de muerte natural. Tras enterrar a su padre, Ventura abandonó España huyendo de la guerra. Su destino fue Newcastle (Inglaterra), donde vivía su hija Magdalena, hasta que en 1939 pudo regresar a Almería.


Con 59 años, viuda, sin padres y con sus cuatro hijos viviendo fuera, Ventura Ledesma Uruburu emprendió una nueva etapa de su vida en solitario. Se instaló en el número cuatro de la calle Almanzor Baja. En aquella época vivió entregada a la música y a la poesía. Su casa fue el centro de reunión de jóvenes intérpretes y escritores importantes.



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