La huella del gobernador más deseado

Vivar Téllez fue un buen gobernador en la Almería más pobre de la posguerra

Hasta las monjas se quedaron cautivadas con Rodrigo Vivar Téllez. El gobernador le dedicó una foto firmada a las inquilinas del convento de las Puras.
Hasta las monjas se quedaron cautivadas con Rodrigo Vivar Téllez. El gobernador le dedicó una foto firmada a las inquilinas del convento de las Puras.

Su presencia llenaba todas las reuniones. Era un tipo que no pasaba desapercibido, con una estampa y unos modales que no se correspondían con la de la mayoría de los militares de su tiempo: educado, culto, pulcro, respetuoso, y sobre todo, por encima de todo, guapo. Rodrigo Vivar Téllez fue además de un buen gobernador civil, uno de los hombres más atractivos de la ciudad en los dos años que ejerció su cargo  en Almería. 


Cuentan que las damas de la alta sociedad no se perdían ningún acto oficial donde estuviera el gobernador para disfrutar de su presencia y de su conversación. Era abogado de profesión, de fácil palabra y con un acento entre andaluz y castellano que acentuaba su capacidad de seducción. No era un militar de trinchera ni un oficial chusquero de los que ascendían por aburrimiento. No necesitaba gritar para imponerse ni utilizó su cargo para su propio beneficio, dejando una profunda huella en todos los que lo conocieron.


El día cinco de septiembre de 1942, cuando se supo la noticia de que dejaba Almería para ocupar el cargo de gobernador civil de Vizcaya, la Diputación Provincial acordó nombrarlo hijo predilecto de la provincia de Almería, en reconocimiento al gran trabajo que había realizado desde que en la primavera de 1940 llegó al cargo.


En abril de 1940, Rodrigo Vivar Tellez (1905-1991) había dejado su puesto de delegado de formación e investigación de Falange en Málaga para aceptar la responsabilidad de ser gobernador civil y jefe provincial del Movimiento en Almería.


Unos días después de su llegada, el nuevo gobernador quiso conocer la realidad de cerca y recorrió calles y barrios en un coche negro de alquiler que no llamaba la atención. Quería ver con sus propios ojos como eran los almerienses, en qué condiciones vivían y como había quedado la ciudad después de la guerra. Quería rozarse con la gente, pero pasando desapercibido, sin protocolos, para que no fuera un acto oficial donde la realidad pudiera estar maquillada.



En aquella visita improvisada quedó impresionado con la pobreza y sobre todo con  la suciedad de los barrios más deprimidos, donde  los niños con los cuerpos llenos de churretes compartían la calle con perros y ratas, donde las madres, sentadas en los trancos de las casas, despiojaban a sus hijos con  toda naturalidad. En una de sus primeras cartas dirigidas a la Jefatura Nacional del Movimiento en Madrid, alertaba a las autoridades de Falange de la crítica situación en la que vivían en algunos barrios de la ciudad y pedía urgentes actuaciones para “poner remedio a la miseria de cientos de familias que habitan las insalubres cuevas”, escribía el gobernador.


Desde aquel día, Vivar Tellez vivió obsesionado con mejorar la limpieza y las condiciones sanitarias de la población. Puso en marcha las obras del Hospital de Infecciosos e inauguró una casa de baños públicos en la cuesta del Socorro, frente a las cuevas del Puerto, donde se habilitó una sala con duchas y otra de desinfecciones, donde iba la gente a ponerse las inyecciones, a curarse los ojos heridos por el tracoma y a despiojarse. 


El gobernador insistió en la necesidad que desde los colegios y desde las parroquias se alentara a la población para que al menos una vez en semana visitaran los baños públicos. “Para que la mente y el espíritu se mantengan sanos, primero hay que limpiar los cuerpos”, dijo en uno  de los discursos  que solía ofrecer a través de Radio Almería, donde acudía cuando tenía que lanzar algún mensaje a los ciudadanos.


También centró su trabajo en la lucha contra las dos enfermedades que en aquellos primeros años de la posguerra minaban la población: la tuberculosis, que tantos pulmones destrozó, y la viruela, que también llegó a ser mortal. Consideró como urgente la puesta en  marcha de los dispensarios antituberculosos y cuatro días después de su llegada a Almería, en abril de 1940, dictó un Bando para luchar contra la viruela, que estaba haciendo estragos en las zonas más desfavorecidas. “Doy un plazo de veinte días para  que desaparezca la viruela de la provincia de Almería”, decía en su comunicado. 

Ordenó que todo el personal de hospitales, clínicas y centros de enseñanza “se vacunaran y revacunaran hasta obtener una reacción positiva”, y que los servicios sanitarios visitaran colegios e institutos para vacunar, sin excepción, a alumnos y profesores.


En los hoteles, pensiones, casas de comidas y en los comedores de auxilio social, se exigió como condición previa para el ingreso el certificado de vacuna. Cualquier obrero industrial o del campo que fuera a un taller o a una explotación agrícola a pedir trabajo, tenía que demostrar que estaba vacunado contra la enfermedad para poder optar a la plaza. 


Vivar Téllez fue también el gobernador del pan y del aceite de estraperlo, el que más de una vez tuvo que pasar la mano cuando le llevaban al calabozo a alguna madre de familia que habían cazado vendiendo a escondidas.



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