Un jesuita en los tiempos sin Dios

Antonio Marín Cara dejó aparcados los hábitos y los milagros hace tiempo

antonio marín  presentó esta  semana su libro ‘La Mirada Amable del Cortijo Grande’, en el Corazón de Jesús.
antonio marín presentó esta semana su libro ‘La Mirada Amable del Cortijo Grande’, en el Corazón de Jesús. La Voz

Es de lo que piensan que un sacerdote, un fraile, un hijo de la Iglesia, tiene que ser un hombre de su tiempo lo mismo que un artista. Él dejó la sotana colgada entre bolas de alcanfor hace muchos años y con ella el libro de los milagros y el de las apariciones divinas. Buscó a Dios, sí, pero sin mirar al cielo. Buscó a Dios en la tierra, entre la miseria de las cuevas de la Chanca con las que un día se encontró siendo un joven estudiante de Magisterio. 


Antonio Marín Cara había nacido en Tetuán, donde su padre regentaba una panadería.  Cuando la agitación política y social los obligó a emigrar, su familia regresó a Almería para comenzar una nueva etapa en la entonces recién constituida Panificadora Mediterránea, en el corazón del Tagarete más humilde.


Continuó sus estudios en el Instituto y se hizo maestro. Era un buen estudiante que en los ratos libres buscaba el refugio de los libros ya que en Almería apenas tenía amigos, pues acababa de llegar. Un día, por casualidad, se topó con el salón Gonzaga que por aquella época dirigían los padres jesuitas en la calle de Correos. “Iba andando por allí y de pronto vi salir de una puerta una pelota de ping-pong. Por curiosidad, entré a ver que había en aquel local y me encontré con el padre Hernández, que me invitó a pasar”, cuenta. 


Fue un encuentro que cambió su vida. Se sintió agusto en aquel ambiente juvenil donde se hablaba de Dios y se disfrutaba de la vida. Los jesuitas, que tenían buen ojo para los negocios, no tardaron en descubrir que el muchacho tenía buenas condiciones y procuraron atraerlo para su causa.


Uno de los primeros trabajos fue el de organizar excursiones, aunque el primer indicio de vocación verdadera le vino después, en ese primer contacto con la gente que vivía en condiciones de miseria en los barrios más pobres de Almería. Sus primeras visitas a las cuevas de la Chanca le señalaron el camino de la fe. Entonces empezó a comprender que había otro Dios distinto a aquel aburrido todopoderoso que pregonaban los domingos los curas en el altar mayor. Había otro Dios que no hacía milagros prodigiosos con el agua ni sanaba ciegos con las manos. Había un Dios cercano con el que era posible rozarse, un Dios que lo invitaba a mezclarse  con la pobreza y buscar soluciones. Ese primer destello de vocación tuvo un repunte cuando lo  enviaron destinado como maestro a una escuela en la rambla del Aljibe de Lubrín. La soledad de un joven maestro en una aldea perdida, y de nuevo ese  contacto diario con los más humildes, le acercaron definitivamente a Dios. 



Eligió la Compañía de Jesús porque satisfacía su necesidad de estar en el campo de batalla, en esa primera línea de fuego contra el hambre y la miseria que ha sido su escenario de cabecera a lo largo de cincuenta años. 


Después de un largo periplo lejos de Almería, Antonio Marín ha vuelto para descansar, para reponerse de un accidente y para presentar su último libro, que está dedicado a una persona crucial en la religiosidad popular almeriense: el Padre Reina, y a  un lugar que fue refugio de la espiritualidad de la posguerra: la casa de ejercicios espirituales del Cortijo Grande. “El padre Reina hizo un gran trabajo en el barrio de la Chanca”, asegura.


El libro es también una reivindicación de esa fe de calle que Antonio Marín lleva por bandera. En estos tiempos tan alejados de la fe y de las vocaciones, en estos días sin Dios, este generoso jesuita sigue buscando nuevos caminos que adapten la religión a los grandes cambios que está viviendo la sociedad. “Vamos hacia otra sociedad donde ya no tiene cabida una fe antigua, con una Iglesia jerárquica que mira para otro lado. El sentido de la fe es percibir que tu paso por la vida tiene sentido”, comenta.


Antonio piensa que estamos atravesando un gran desierto, especialmente los jóvenes, que con frecuencia recurren al sexo convulsivo, a la droga, al alcohol y al juego para hacer más llevadero el camino. Vivimos pendientes exclusivamente de que a los instintos no les falte de nada y aquella espiritualidad que parecía tan necesaria hace medio siglo, aquel mirarse hacia dentro para conocerse m ejor y conocer a los demás, duermen el sueño eterno.


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