Los vecinos del chalet de Santa Rita

En el otoño de 1981 un grupo de vecinos consiguió paralizar el derribo de una finca emblemática con aires de otro tiempo que empezaba a estorbar para el desarrollo urbanístico y brutal de la ciudad vertical. Los vecinos consiguieron que el chalet conocido popularmente como el del Gitano fuera pasto de las palas y pasara a la historia entre escombros. En unos días reunieron más de mil firmas que llevaron al despacho del entonces alcalde, Santiago Martínez Cabrejas, pidiéndole que no se ejecutara el derribo. Los movilizados acudieron a la Delegación de Cultura y se dirigieron por escrito a Madrid pidiendo que se respetaran los años y la solera de aquel gran edificio que le daba empaque al barrio y humanizaba una ciudad que ya hacía años que había perdido el norte en cuestiones urbanísticas. Pero el chalet ya estaba sentenciado de muerte porque no formaba parte de la lista de edificios catalogados. Unos meses después, en la primavera de 1982, quedó reducido a polvo.


En aquel tiempo, la finca y la casa eran propiedad de la señora Concepción Giménez Fuentes, madre del abogado y político de UCD entonces, Fausto Romero-Miura. Ocupaba un amplio espacio entre la calle de Alcalde Muñoz y la Plaza de Santa Rita, una zona de máximo interés para los promotores y constructores que en aquella época hicieron buenos negocios levantando bloques gigantescos de pisos, a costa, en muchas casos, de edificios que habían sido emblemáticos. 


El chalet lo mandó construir el empresario Francisco Lucas Salmerón, propietario de la ferretería La Llave. Las obras se prolongaron durante varios años y se terminaron en 1929. Fue concebido como vivienda de verano donde la familia Lucas se trasladaba en los meses de calor, en una época en la que aquel paraje era todavía zona de huertas y arrabales. 

La entrada al chalet estaba protegida por una tapia con verja de hierro y un jardín que le daba la vuelta a la casa. Tenía una fuente de estilo granadino con losas de mosaico, y gran variedad de árboles, y rosales, y margaritas, un jazminero que perfumaba toda la manzana, una jacaranda que sobrevivió al derribo de la casa, y un jardinero que se encargaba de cuidar las plantas como si fueran la parte más importante de la vivienda.  A la puerta principal se accedía para unas escaleras por las que también se llegaba a una habitación acristalada que se utilizaba como solárium. 



En los bajos aparecía un sótano enorme donde estaban las pilas de piedra que servían de lavadero. En el ala derecha de la primera planta estaba el despacho, que solía utilizarse como aula donde un profesor particular les daba clase a los siete niños que formaban parte de la familia. En la pared principal se extendía una espléndida librería de madera y en el centro aparecía enmarcado el título de abogado de don Francisco Lucas. Por el ala izquierda de la primera planta se llegaba a un salón de lujo donde destacaban dos espejos monumentales y los sofás de otro siglo. Esta habitación sólo se utilizaba para las visitas. Destacaban, por su belleza y originalidad, los muebles de estilo árabe, fabricados exclusivamente para la familia Lucas por artesanos de Granada.


La familia Lucas permaneció en el chalet hasta el año 1937, cuando tuvo que venderlo al quedarse sin las rentas de los negocios, que habían sido confiscados en los primeros meses de la guerra civil. El chalet de la Plaza de Santa Rita pasó entonces a ser propiedad del doctor Juan José Giménez Canga-Argüelles, médico tocólogo municipal y director de sanidad del puerto, que en sus dependencias instaló un sanatorio, además de la vivienda familiar. En febrero de 1937, cuando el gran éxodo de los malagueños, fueron muchos los exiliados que se refugiaron en el piso de abajo del chalet; el doctor Canga-Argüelles pudo conservar su despacho donde hacía la consulta en el piso de arriba.



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