La memoria de la plaza del ‘Milagro’

‘Santo Domingo’ fue célebre por sus escándalos antes de que llegaran las monjas a la plaza

La plaza de santo domingo a finales de los años sesenta. Ya estaba construido el nuevo edificio del colegio del Milagro.
La plaza de santo domingo a finales de los años sesenta. Ya estaba construido el nuevo edificio del colegio del Milagro.

En la memoria de la Plaza de Santo Domingo todavía se escucha el sonido de la guitarra y las voces de las juergas que por las noches se montaban en en el Café Cantante a pesar de la oposición de los vecinos que enarbolaban la bandera de la moralidad.


El seis de mayo de 1890 aparecía este anuncio en el periódico local La Crónica: “Deseando el actual dueño complacer en extremo al público almeriense , así como a todos los hijos de la provincia que acuden a esta capital con frecuencia a ventilar sus asuntos, acaba de montar el Café Cantante de Santo Domingo a la altura de los primeros de España”. El salón se levantó en la esquina con la calle del Ángel y el callejón Dalia, sobre un local que el promotor del Café, el empresario Remigio Gómez, le compró a los Padres Dominicos.


Nació como escenario de actuaciones flamencas, pero acabó convirtiéndose en un antro de juergas nocturnas del público masculino de la época. Había madrugadas que el local se llenaba de republicanos que en el fragor de la batalla y con unas copas de más, le pedían al maestro Mahel que con sus manos privilegiadas sacara del piano las sonoras notas de la Marsellesa y el himno de Riego.  


Los escándalos que se originaban en el Café, donde era frecuente que los hombres bebieran más de la cuenta y donde se ofrecían números de bailarinas algo ligeras de ropa marcando los atrevidos pasos del cancán, levantó las protestas de un grupo de vecinos que agrupados en una peña de moralistas se quejaron ante las autoridades de “los actos vergonzosos” que en el local se sucedían casi todas las noches: discusiones, peleas entre clientes, además de las escarceos amorosos en las esquinas más oscuras, propiciados por la presencia, en la calle del Ángel, de las casas de citas en las que muchas veces solían terminar las juergas que empezaban en el Café Cantante. En agosto de 1891, el local fue utilizado por unos ladrones para acceder al convento de los dominicios. Penetraron por una claraboya del Café que se comunicaba con el templo y cuando accedieron a las dependencias religiosas arrasaron con todos los objetos de valor que se fueron encontrando por el camino, llevándose entre otras piezas, la corona y las alhajas de la Virgen del Mar



Mientras que la peña de moralistas de la Plaza de Santo Domingo batallaba para que el lugar se adecentara por las noches y las autoridades trataran de  evitar los escándalos que se formaban en torno al Café Cantante y a la calle del Ángel, escenario por el que se movían las mujeres de la vida, otro grupo de vecinos del barrio mantenían un pulso con el alcalde para dignificar la Plaza también de día. 


En 1884, los vecinos se unieron para elaborar un escrito formal y presentarlo al alcalde, don Juan de Oña y Quesada. En esa larga lista de demandas se quejaban de que los respaldos de los asientos habían desaparecido, que alguien se dedicaba a llevárselos para venderlos. Que las piedras de los poyos, los bancos de piedra que había junto a las paredes, estaban siendo utilizados de mesas por los cocheros que allí tenían la parada y “por sus amorosas cónyuges, dejándolas al terminar el banquete con charcos de salsa de pimentón que limpia después con sus calzones algún descuidado paseante que descansa un momento a la sombra de una acacia”.


La presencia constante de los cocheros, con sus carros y sus caballos, convertía la Plaza, según los que la habitaban, en un lugar insano, ya que: “como no hay sumideros que absorban los orines de los caballos, estos orines forman lagunas de aguas corrompidas”, comentaban en su denuncia.


Si las meadas de los caballos no fueran suficiente para llenar de malos olores la Plaza, por las noches se unían los orines de los juerguistas que frecuentaban el Café Cantante, que no dudaban en hacer sus necesidades en la esquina más oscura. “Dígnese su autoridad en ordenar al cabo de serenos que por las noches mande a sus subordinados a que se den una vuelta por la Plaza de Santo Domingo y eviten ciertos espectáculos indignos de una población civilizada”, suplicaron los vecinos.


También le hicieron llegar al alcalde su indignación por los jugadores que habían tomado los bancos y asientos de la plazuela, que más parecía la puerta de un casino de Monte Carlo que un sitio de recogimiento al lado de una iglesia. No era una exageración, en esos años finales del siglo XIX, la Plaza de Santo Domingo había sido elegida por los jugadores de chapas para organizar sus partidas y competir por sus apuestas, casi siempre con dinero.


Si en los últimos años del siglo diecinueve la Plaza de Santo Domingo fue un escenario propicio para los juegos y las apuestas de los expertos en ‘chapas’ y ‘cara o cruz’, en los años veinte y treinta del siglo veinte el lugar se convirtió en una cancha de frontón. Los niños jugaban a la mano aprovechando la pared de la puerta principal y la generosidad del Padre Tornero, el dominico campechano que no le regañaba a los muchachos y se ponía a jugar con ellos.



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