Las sombras de la Primera Comunión

Para muchos niños de la posguerra era el día de ver a Dios en una taza de chocolate

Dos niños vestidos de marineros en su Primera Comunión, en el sagrado instante de comparecer ante el Obispo, don Alfonso Ródenas.
Dos niños vestidos de marineros en su Primera Comunión, en el sagrado instante de comparecer ante el Obispo, don Alfonso Ródenas.

Cuando echo la vista atrás y vuelvo al día de mi Primera Comunión también me viene a la memoria las historias que me contaban los mayores, los niños de la posguerra, aquellos que nunca pudieron olvidar una fecha tan especial, no por lo que representaba el primer encuentro con el Señor, para el que nadie estaba preparado, sino porque para muchos de ellos la Primera Comunión fue su primer desayuno suculento, sus primeros bollos de azúcar mojados en chocolate. 


No es de extrañar que los más espabilados hicieran la comunión dos veces buscando la recompensa del desayuno, su primer encuentro verdadero con Dios cuando apenas daba señales de vida.


Todavía, a comienzos de los años sesenta, se mantenían viejas costumbres heredadas de los años más profundos de la posguerra, cuando se hacía la Primera Comunión con tanta rigurosidad que los niños se acercaban al altar con un poso de miedo, cohibidos por ese encuentro con lo divino y sobre todo, por tener que comparecer delante del Obispo, un camino que tenían que recorrer obligatoriamente los niños y niñas de los colegios religiosos, que eran los que se tomaban aquel día como si fuera el más importante en la vida de los alumnos. Allí estaba don Alfonso Ródenas, rodeado de pompa y boato, con el libro sagrado entre las manos para que los niños se acercaran temerosos y depositaran sus tímidas manos inmaculadas sobre la verdad en señal de juramento.


Los que vinimos después, los que no supimos lo que era el hambre y los que no teníamos que vernos las caras con el Obispo, nos tomamos la Primera Comunión como una fiesta y como un paréntesis en nuestras vidas. Era como empezar de nuevo, como inaugurar una nueva vida en la que ya no nos estaría permitido mentir, ni mirar con ojos de deseo a las niñas a la salida del colegio, ni cogerle prestadas las bolas de chicle al hombre de los caramelos. 



Hacer la Primera Comunión suponía la primera carga de responsabilidad que nos echaban sobre nuestras pequeñas espaldas. Nuestros instintos naufragaban en aquel océano desconocido de temores y pecados donde todos los caminos llevaban a Dios. Si mentíamos, si desobedecíamos a nuestros padres, si nos peleábamos con nuestros hermanos o si le faltábamos el respeto a una persona mayor, tendríamos que rendirle cuentas al Todopoderoso, que según nos habían dicho los curas, jamás descansaba y se pasaba el día y la noche pendiente de los pasos que dábamos. Yo me imaginaba entonces que Dios era como una enorme cabeza con mil ojos que nos vigilaba como lo hacían los policías municipales que nos quitaban la pelota por jugar en la calle.


La Primera Comunión empezaba el día en que íbamos a probarnos el traje. Los niños la hacíamos de marinero, de príncipe, de fraile, y las niñas casi siempre de Santa Teresa y de princesa. Aquel disfraz de primavera nos transformaba profundamente, nos llenaba de misticismo, nos dibujaba en la cara un gesto de seriedad y de arrepentimiento y nos convertía en aspirantes a santos durante un par de horas. Hasta el rufián más acreditado de nuestro barrio, vestido de Primera Comunión, con la cara limpia y bien peinado, parecía un ángel recién llegado del cielo. 


La tarde anterior teníamos que ir a la iglesia a recibir instrucciones del sacerdote y a confesarnos por primera vez. Qué extraño resultaba contarle nuestras intimidades a aquel señor de negro al que le dábamos los pelotazos en la sotana cada vez que iba a entrar en La Catedral. Nos arrodillábamos delante del confesionario y para facilitarnos el camino, el cura nos iba preguntando si habíamos hecho esto  o si habíamos dejado de hacer lo otro. Cuando salíamos del templo no nos atrevíamos ni a abrir la boca porque alguien nos había dicho que si en las horas previas a la gran ceremonia pecábamos, entraríamos en las terribles mazmorras donde habita el pecado mortal. 


El día elegido había que levantarse temprano. Nuestras madres terminaban de retocar el comedor, que había sido convenientemente pintado una semana antes, nos preparaban la ropa y nos iban vistiendo lentamente. Aquella mañana no podíamos desayunar porque había que ir en ayunas para recibir el cuerpo de Cristo. 


Asistíamos nerviosos a la misa y cuando se acercaba el instante de ir al altar a recibir la comunión, el miedo a equivocarnos, el temor a rozar la hostia con los dientes y masticarla, nos hacía temblar. Cuando salíamos de la iglesia, ya convertidos en santos, recuperábamos el aliento y en la puerta del templo nuestras tías nos llenaban la cara de carmín y nuestras primas nos besaban con respeto y lejanía. 


Había niños orgullosos que seguían de Primera Comunión hasta la tarde de la procesión del Corpus, mientras que otros preferíamos guardar el traje para siempre en el fondo del armario y recuperar cuanto antes nuestra verdadera indumentaria de niños callejeros y nuestro ramillete de malas compañías.



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