Almería en los tiempos del covid (LIII): Gente enmascarada y gente que no

Los camareros del Café Colón con sus mascarillas reglamentarias, un símbolo de los nuevos tiempos.
Los camareros del Café Colón con sus mascarillas reglamentarias, un símbolo de los nuevos tiempos.

Hay personas -qué quieren que les diga- a las que me cuesta trabajo imaginar con una mascarilla. Por ejemplo, a nuestro obispo Adolfo. Recuerdo la última vez que lo divisé desde el balcón de mi casa, hace unas semanas, cruzando con prisa una plaza de la Catedral despejada, cargado con su maletín, ligero de piernas, a duras penas podía seguirle el ritmo su secretario.  Es este ministro de Dios un hombre raudo, todo lo contrario que su antecesor Rosendo, más pausado y ensimismado cuando atravesaba ese acrisolado espacio tan frecuentado por prelados de la cristiandad; tampoco me imagino al rector magnífico con ella ni, por poner un ejemplo, a ese juez de Adra tan circunspecto, tan marcial, Jesús Rivera, no lo imagino, oculto tras una careta, dando el santo y seña al entrar al juzgado. Hay gente a quien no te la imaginas así.


Sigue Almería pendiente de los cambios de normas, del ingreso en una nueva fase, de lo que va a pasar a estar permitido o no; de si podremos ir al dentista (aunque ya no nos veamos los dientes) o si van a abrir el Centro de Carretera de Ronda para que los jubilados puedan jugar al dominó o si en el  Pilar de Jaravía se puede entrar ya a ver la geoda. 


Seamos realistas es imposible descifrar ya tanto jeroglífico de horarios y etapas de desescalada, tanta división y subdivisión desde niños a ancianos. Groucho lo tenía claro: la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte. Necesitamos ya un gestor, un contable, que nos administre esta nueva vida, que nos gestione nuestro tiempo, nuestras salidas y llegadas, a qué espacios podemos ir y por cuántas horas. “Prohibido estar más de cuatro horas en la playa”, o “media hora para desayunar” o “distancia de dos metros justos al transitar por la calle Trajano”. Cuántos policías hacen falta para controlar todo eso en toda la provincia. Ya imagino algún anuncio publicitario del gremio: “¿Quiere ir a la playa el día de San Juan? No se preocupe de nada, nosotros se lo gestionamos, usted solo lleve el bañador”. Firmado Ginés Martínez Balastegui. A veces, donde hay sentido común, sobra todo los demás. 


Esta ciudad sureña, mientras se familiariza con tanta nueva legislación, se despereza cada vez  más. Ha recuperado su pulso nocturno. Las terrazas vuelven a llenarse de almerienses que salen con ganas de hablar, de contar todas las anécdotas de su encierro, como si en vez de estar en casa, hubiéramos escalado el Himalaya. Hay ya álbumes de fotos digitales de la cuarentena que vende Hofmann a módico precio. 



El Amalia vuelve con sus americanos de verano, con sus mesas distanciadas. Hay un camarero que mide los centímetros exactos entre cada cliente. Bajando por Jovellanos, La Plazuela suele tener ya clientela esperando, como espera también a abrir pronto el antiguo Entremares forrado de madera. El Candil, en  Plaza Urrutia, con sus tapas con historia, y la calle Padre  Alfonso Torres, también son un hervidero cada anochecer comparado con la tristeza sombría de hace  tan solo unos días. 


 

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