La magia de los kioscos de prensa

Ir a ojear las novedades a los kioscos era un acto lleno de seducción para los niños

El recordado y querido kiosco de Ramos, en la Plaza del Marqués de Heredia. En los años cincuenta era un sitio sagrado para los niños y niñas.
El recordado y querido kiosco de Ramos, en la Plaza del Marqués de Heredia. En los años cincuenta era un sitio sagrado para los niños y niñas.

Produce tristeza recorrer el Paseo y comprobar  que cada vez van quedando menos kioscos abiertos, que han ido desapareciendo a marchas forzadas en los últimos años porque el papel ha dejado de estar de moda, porque se ha quedado antiguo para las nuevas generaciones que ya no tienen paciencia para sentarse a leer.


Es desolador encontrarse con un kiosco cerrado, tanto como pasar por delante de una vieja escuela que se ha quedado vacía. Un kiosco cerrado envejece en una madrugada y cuando pasas por delante, aunque solo haya pasado un día de su clausura, uno tiene la sensación de que lleva toda la vida cerrado.


Hubo un tiempo en que los kioscos eran lugares sagrados, pequeños templos para los niños y para los adolescentes que los sábados y los domingos, los días en que nos daban la paga familiar, acudíamos con unas pocas monedas en los bolsillos en busca de alguna novedad literaria: el último tebeo, el último cómic de aventuras, los últimos álbumes de estampas que todos los años eran una ilusión compartida.


Los de mi generación mantuvimos una relación doblemente pasional con los kioscos. De niños íbamos a ver los tebeos que habían llegado, con la misma emoción que íbamos a la puerta de los cines a mirar las carteleras, y después, cuando iniciamos el delicado camino de la adolescencia, acudíamos al kiosco a saborear el placer de las cosas prohibidas que se resumían en una de aquellas revistas eróticas que nos miraban a los ojos desde el escaparate y nos decían: “Llévame contigo”.



Los kioscos oficiales tenían una solemnidad, un empaque, una mística de biblioteca que realzaban su importancia. En el otro lado de la balanza estaban los kioscos pobres que aparecían en cualquier portal de barrio, en cualquier local vacíos, donde el negocio consistía en el intercambio de la mercancía usada. Por un precio módico podías llevarte un tebeo, con el único inconveniente de que el papel ya no olía a tinta ni a imprenta y que muy probablemente, al abrir las páginas interiores, te ibas a tropezar con un lunar de aceite o con una mancha de mantequilla que te hablaba de una merienda lejana.


En todos los barrios había puestos de intercambio de novelas donde a duras penas un hombre mayor se iba ganando unas pesetas para poder salir adelante. Cerca del cuartel de los soldados tenía su puesto el tío Ramón, que vendía caramelos y se dedicaba también a comercial con las novelas y los tebeos de segunda mano. Este tipo de negocio floreció en un tiempo en el que los jóvenes no tenían recursos para ir a un kiosco y comprarse la última aventura de el Capitán Trueno o los amores de Corín Tellado. El portal de una vivienda era suficiente para instalar este tipo de  pequeños comercios que no necesitaban más tramoya que unas cajas de madera para montar el mostrador y una cuerda con alfileres  para colgar la mercancía. 


En la Carretera de Málaga hubo un local muy famoso que fue el bazar de intercambio de novelas y tebeos del barrio de La Chanca. Lo puso Luis Barranco y tuvo mucho éxito gracias a la buena clientela que tenía con los hombres de la mar. Cada vez que tenían que embarcarse para pasar varias semanas fuera, solían pasarse por el puesto de Luis Barranco para llevarse una remesa de novelas de Marcial Lafuente Estefanía, que fueron el entretenimiento de los marinos en las horas de descanso. 


En la calle de Arráez, en una pequeña plazuela que había frente al colegio de don Jacinto, estaba el kiosco de Manuel. Aprovechó la esquina que formaban dos fachadas para utilizarlas como paredes y con tres maderas montó una garita que durante más de una década sobrevivió gracias a los niños de la Escuela Aneja y a los de los Flechas Navales, que compartían la misma calle. 


El puesto no tenía más de tres metros, pero impresionaba ver como en un espacio tan reducido era posible colocar tanto género. Todo se amontonaba en aquel mágico templete: los tarros de cristal donde guardaba las bolas de chicle y los caramelillos de nata; la vasija de las barras de regaliz y aquellos palos de caramelo que venían envueltos en papel de celofán que terminaban convertidos en lanzas puntiagudas a fuerza de tanto chuparlos.


Allá por los primeros años setenta abrieron en la calle del Regimiento de la Corona, detrás de la Plaza de Pavía, el negocio de alquiler de novelas, tebeos y revistas más amplio que se recuerda en aquella época. En los primeros años de la Transición su dueño aprovechó el tirón de las revistas Lib para hacer negocio. Fue la publicación erótica más importante de la época desde que apareció en el mercado en 1976. Las pandillas de amigos juntaban diez pesetas, que era el precio que costaba el alquiler por un día de aquella publicación, tiempo suficiente para que sus desnudos pasaran por las manos de todos los jóvenes.  


A veces, el negocio terminaba en números rojos, porque los aficionados a lo ajeno se entretenían llevándose el género sin pagar, lo que para muchos era una aventura más apasionante que la que contaban los tebeos.


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