Almería en los tiempos del covid-19 (XXXIX): Mi historia con un hombre

Junto a la madera de palosanto o de ciprés del  Museo de la Guitarra, habita un hombre ajeno a todo. A él nadie puede gritarle. “Métete en tu casa”.
Junto a la madera de palosanto o de ciprés del Museo de la Guitarra, habita un hombre ajeno a todo. A él nadie puede gritarle. “Métete en tu casa”.

Hay ya más gestorías atendiendo llamadas sobre el laberinto de la desescalada que sobre trucos para deducirse en la Declaración de la Renta: “¿Cuándo podré abrir mi heladería?”, “¿Si hago la permanente, puedo hacerle también la manicura a una clienta vip?” “¿se puede subir a hacer senderismo a la Tetica de Bacares este domingo?”, “¿Si cambio de pareja este fin de semana, podré comerle la boca?”, “¿Puedo jugar ya al dominó?”, ¿Cómo comulgaré en misa con la mascarilla?” “¿Si hago nudismo en Vera, tengo que llevar guantes puestos?”


Hay un hombre sentado estos días en la puerta del Museo de la Guitarra que no parece tener estos problemas de horarios y fases. Él hace tarifa plana con todo. Es un hombre tranquilo, a simple vista aseado a pesar del polvo de la calle, con una camiseta tan blanca como la de Ariel, como la de Miguel Muñoz cuando recogió la primera Copa de Europa en el Parque de los Príncipes. Creo que le dicen Mario, pero no estoy seguro, no me quiero pillar los dedos.


Es un hombre tan antiguo que parece un hombre de Los Millares. A media mañana se encorva y se pone a leer una resma de periódicos atrasados- cuántas veces habrá leído las mismas noticias- es un lector a la antigua usanza, que consume papel, no pantalla. A veces se cansa de la posición y se pone de costado. Lo sé porque me pongo en cuclillas unos minutos delante de él. No hablamos y a él no parece molestarle mi cercanía ni a mí tampoco la suya. A veces me quedo con las ganas de preguntarle que de dónde es y todas esas cosas, porque no se puede ser de un Museo, pero no lo hago porque me da timidez. Él también parece tímido, con su carrito de Carrefour al lado, amparado por la sombra de ese edificio de acero corten que quizá nunca haya pisado. Dentro, a solo unos metros de su chambao, está La Leona de Antonio de Torres, pero él quizá no lo sepa ni le interese. Ha convertido las barras del aparcamiento de bicicletas en un tendedero del que cuelga empapada su muda de repuesto. A él no hay ninguna vecina tronada que se atreva a gritarle desde un balcón “Métete en tu casa, hijo de puta”, porque él parece no tenerlas (ni casa ni vecina). Este hombre está rodeado de piedad, enfrente tiene el claustro de la catedral con todas sus capillas llenas de cristos y vírgenes, pero de él no se apiada nadie. Él parece un ecce homo prendido en sí mismo, pero tiene su derrota una dignidad que la victoria no conoce, que diría el ciego Borges.


Se recuesta a diario sobre una estera verde y a mano tiene cajas y bolsas con alguna pieza de fruta, una botella de agua y una silla de estilo isabelino que no pega  ni con cola. Apenas levanta la vista el tiempo que estoy con él, que no es mucho, pero a veces me mira y en sus ojos están todas las verdades que su boca no puede decir. 



Aunque estamos en primavera, ya parece verano, aunque a Mario las moscas le dan igual. Ayer le llevé una bolsa de nísperos, porque lo que más le gusta es la fruta. Creo que piensa en cambiarse de museo, porque se ha cansado ya de la guitarra, porque se ha cansado de parecer una maya sin que nadie le eche una perra. 


 

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