Los veranos en los años de la minifalda

Las majorettes francesas nos enseñaron un nuevo modelo de minifalda en 1972.
Las majorettes francesas nos enseñaron un nuevo modelo de minifalda en 1972.

Cuando en Almería pensábamos que ya éramos licenciados en minifaldas, cuando a comienzos de los años setenta creíamos que las habíamos visto todas por la tele y por el Paseo, vinieron las majorettes francesas a decirnos que no, que todavía nos quedaba por ver lo mejor: las minifaldas más menudas que jamás hubiéramos imaginado, tan  pequeñas que eran más mini que faldas, tan sutiles que se levantaban con el soplo de la respiración.

Nuestras minifaldas caseras que lucían las muchachas de Almería eran una prenda de convento comparadas con las vestimentas de aquellas jóvenes extranjeras que en el verano de 1972 vinieron a nuestro ciudad dispuestas a darlo todo y a enseñarnos lo adelantadas que estaban al otro lado de los Pirineos. 


Nosotros estábamos acostumbrados a las minifaldas reglamentarias que se alzaban cuatro dedos por encima de las rodillas. Una de las primeras minifaldas que se vieron por el barrio de La Catedral fue la de una muchacha de Madrid que tenía a su padre destinado en las obras de construcción del Gran Hotel Almería. La niña venía en los veranos y paraba en un piso junto a la calle Eduardo Pérez. Loli, que así se llamaba, se convertía en uno de los grandes acontecimientos para los adolescentes del barrio porque en su juventud y en su atrevimiento traía los aires nuevos que aquí todavía no nos habían llegado. Entre los amigos comentaban “esa viene de Madrid” y algo tan insignificante como venir de fuera se convertía en un hecho grandioso que llenaba de alicientes cada aparición de la muchacha, como si viniera de otro planeta. 


Lo que más atraía de aquella mujer era el tamaño de sus faldas, tan cortas  que dejaban ver sus muslos bronceados por el sol de la playa de las Almadrabillas en una época donde todos nos poníamos morenos en dos días porque en vez de utilizar una crema protectora nos echábamos aceites en el cuerpo para potenciar el efecto de los rayos del sol.   

Los que a finales de los años sesenta tenían televisión, ya habían podido comprobar lo que significaba una minifalda viendo a las cantantes de moda, pero una cosa era verla por la tele en blanco y negro y con toda la familia delante, y otra cruzarse a diario por tu calle con una joven luciendo esa ropa revolucionaria que empezaba a causar furor en la ciudad como si se tratara de una auténtica revolución.



La minifalda tardó en llegar unos años. En 1966 aparecía un reportaje en La Voz de Almería en el que se decía que “la minifalda aún no ha entrado en España, se ha quedado en la playa”, y no le faltaba razón. En aquellos años, las minifaldas venían a ser como un gesto de libertad al que sólo se atrevían las turistas que venían a veranear. Las niñas almerienses lo tenían más complicado porque la mayoría sufrían el marcaje estrecho de las madres de la época, para las que la minifalda era poco menos que un invento del demonio, hipótesis que pregonaban algunos curas en sus homilías dominicales.


En marzo de 1967 se organizó un desfile de modelos en el Hotel Aguadulce donde ya se dio el primer paso hacia la moda que estaba a punto de imponerse. En la crónica del desfile se decía que: “No podían faltar las faldas  cortas, aunque no llegaban a ser minifaldas”.  Una semana después llegaba al Teatro Cervantes el espectáculo ‘Cante, ritmo y minifaldas’, del artista Paquito Jerez. Para atraer  la atención de la gente, un coche con megafonía recorría las calles de Almería anunciando que “el espectáculo se completa con el vistoso ballet ‘las Minifaldas’, formado por un animoso coro de bellas bailarinas”.


En 1968 nos visitaron dos minifaldas inolvidables. En enero apareció en Aguadulce la actriz Brigitte Bardot que venía al rodaje de ‘Shalako’, y lo hizo con un impresionante vestido que le dejaba al descubierto todo el esplendor de sus piernas. En mayo apareció en el expreso de Madrid la exuberante Claudia Cardinale, que con otro vestido de minifalda armó un impresionante revuelo de cocheros de caballos y de taxistas en la estación. ¡Qué puso pensar de nosotros la famosa actriz cuando se encontró delante con  un rebaño masculino que en vez de mirarla a la cara proyectaba sus abyectas miradas sobre sus piernas. Las primeras muchachas de la tierra que se atrevieron a cortarse la ropa empezaron por unas minifaldas descafeinadas a la altura de las rodillas que puso de moda la boutique Elizabeth, frente al Casino . 

Fue a comienzos de los setenta cuando la minifalda auténtica empezó a hacerse común en la ciudad. En el verano de 1970, cuando abrieron el nuevo establecimiento de ropa de La Sirena, en el corazón de la calle de las Tiendas, el espectáculo de las empleadas en minifalda superaba al de cualquier período de rebajas. Otro comercio célebre, el de Bazar Almería del Paseo, vistió a sus niñas con minifaldas para promocionar las motos Derbi de Ángel Nieto. 

Cuando ya estábamos acostumbrados a las minifaldas autóctonas, vinieron las majorettes de Mont de Marsan desfilando por las  calles con descaro y desafiando las leyes de la decencia pública que pesaban sobre nuestras conciencias.



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