La magia de la figura del ‘afilaor’

La figura del afilador tenía un encanto especial para los niños. Nos atraía aquella estampa que parecía sacada de los tiempos más remotos, con aquel artesano del oficio que con paciencia y esmero le iba sacando el filo a los cuchillos desgastados ante un pelotón de espectadores. 

Eran tiempos de mucho trabajo porque los utensilios de la casa, desde las facas hasta las tijeras, tenían que durar al menos una generación y cuando se quedaban sin filo había que seguir sacándolo mientras que las hojas tuvieran un centímetro de vida. Además, en aquella ápoca, casi todos los hombres llevaban una navaja en el bolsillo, una costumbre que se fue perdiendo con el paso de los años. 

El afilador ponía la banda sonora en los barrios a esa hora de la mañana en las que en las casas solo reinaban las mujeres y los niños estábamos en la escuela. La musiquilla de la flauta del afilador era un alivio  en esos momentos de la mañana en que se nos hacían insoportables las lecciones del maestro. Lo escuchábamos silbar desde lejos, pregonando su llegada por las calles, invitándonos a fugarnos con la imaginación, a evadirnos de las interminables horas de la escuela. Vimos pasar a los últimos afiladores de Almería por delante de nuestras casas, cuando las madres salían a la puerta  con su cargamento de cuchillos viejos y tijeras desvencijadas.

Aquella rutina de la rueda que no cesaba de dar vueltas, del  ruido del acero que en el roce con la piedra centelleaba llenando de chispas de fuego el aire, aquellos movimientos repetidos hasta la saciedad, eran un espectáculo para los niños, que seguíamos el rastro del afilador desde que a lo lejos escuchábamos su monótona musiquilla.



Hubo una época en que se pudiseron de moda los afiladores gallegos que iban buscando otros rincones para hacer negocio.  A comienzos del siglo pasado fue muy célebre en la ciudad Graciano Rodríguez Domínguez, un joven que todos los años, por diciembre, aparecía por Almería después de tres meses peregrinando por todo el país. Llegó por primera vez en el otoño de 1898 y estuvo viniendo durante más de veinte años. Paraba en una pensión que había en el número dos de la calle Granada, donde sólo iba a dormir. Por las mañanas se instalaba enfrente de la Plaza y por la tarde se marchaba al badén de la Rambla, junto al puesto donde tostaban los garbanzos. Iba siempre tirando de su carro, con la piedra de molar, la rueda de madera y el pedal que le daba movimiento.

Graciano tenía además la habilidad de arreglar paraguas. Eran tiempos en los que nada se tiraba y los paraguas, como los zapatos o los pantalones, eran para toda la vida. Si una varilla se extraviaba, ahí estaba Graciano para enderezarla y darle de nuevo utilidad. Pero su popularidad le venía más por su físico y su voz que por sus buenas manos. El gallego era un hombre que gustaba mucho a las mujeres. Un tipo bien parecido, con modales de caballero y un acento que encandilaba a la clientela. “Graciano, cuéntanos un romance”, le pedían, y él, mientras reparaba una sombrilla o le sacaba brillo a unas tijeras, le narraba al público las historias de amor que iba recopilando a lo largo de sus viajes. 

Si Graciano fue el afilador más popular a comienzos del siglo pasado, la saga de afiladores más conocida fue la de los Vázquez, que durante más de sesenta  años estuvieron recorriendo las calles de Almería, primero con sus carros de madera y después con sus bicicletas de afilar. El primero que ejerció el oficio en la familia fue Gerónimo Vázquez Salmerón. Había nacido en Alhama en 1902, pero la crisis económica que azotó la provincia en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, lo obligó a emigrar a la ciudad en 1920. Se instaló en el barrio de La Chanca, en la calle Potera, y desde allí salía todas las mañanas a recorrer las calles hasta la Plaza de Pavía, donde nunca le faltaba el trabajo. Agarrados al carro llevaba a sus dos hijos pequeños, Nicolás y Miguel, que fueron los continuadores del oficio.

En aquellos tiempos los afiladores tenían una clientela segura con los barberos. Era costumbre que los hombres se afeitaran siempre en las barberías y había que tener las navajas en perfecto estado para atender la continua demanda. 

Cuando llegaba noviembre, el afilador cogía los bártulos y se marchaba en busca de las matanzas. Los que llevaban vehículo propio recorrían los pueblos de la provincia y los que sólo tenían bicicleta se internaban en la Vega y allí pasaban la semana, de cortijá en cortijá.



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