El hombre que repartía el agua

El agua de Araoz nos hacía olvidar el mal sabor del agua potable de los grifos de Almería

Una imagen típica de las calles de Almería cuando llegaba el repartidor del agua y la gente bajaba de las casas con sus garrafas de plástico.
Una imagen típica de las calles de Almería cuando llegaba el repartidor del agua y la gente bajaba de las casas con sus garrafas de plástico.

Bendita agua de Araoz que nos hacía olvidar el mal trago que teníamos que pasar cuando no nos quedaba más remedio que beber el agua del grifo, que siempre olía a cal, a lejía, y que nunca te dejaba satisfecho. El agua de Araoz fue el agua más popular de la ciudad durante décadas y su consumo llegó a ser tan generalizado que no había una tienda de barrio, por modesta que fuera, que no tuviera en su interior un gran depósito de uralita para abastecer a su clientela.


El agua de Araoz era indispensable porque con ella también se hacía la comida. Había barrios por los que iba el camión del agua que venía de Felix, que también gozaba de un reconocido prestigio. En los años setenta, cuando empezamos a ser un poco más delicados, llegaron a las tiendas las botellas en envase de cristal con el agua de Solares y con el agua de Lanzaron, que según la leyenda de entonces, tenía propiedades medicinales y abría el apetito. Después llegaron las botellas de plástico y marcas de todos los rincones de España compitiendo por darnos el agua más natural, lo que fue provocando, lentamente, la pérdida de importancia de nuestra querida agua de Araoz y de aquellos queridos repartidores que formaron parte de la vida de tantos comercios de barrio. 


Cuando el hombre del agua llegaba a la tienda de mi padre yo salía de mi escondite porque me gustaba contemplar aquel ritual que traspasaba el líquido elemento desde la cuba del camión hasta el bidón de la trastienda. Era un sinfonía de cables y de gomas bajo los acordes del ruido del motor que obraba el milagro. En verano tenía que venir dos veces a la semana porque entonces el agua de Araoz era uno de los productos estrella antes de que fuera sustituida en los frigoríficos por la popular gaseosa La Casera y por la famosa Coca-Cola.


 En Almería fue muy conocido, sobre todo por los tenderos antiguos, Juan Garrido Fenoy, que durante más de veinte años fue el repartidor del agua de Araoz. Tenía un carro de madera tirado por un mulo, con el que iba por las calles despachando el agua de puerta en puerta. Todas las mañanas, al amanecer, iba con su carro al depósito del agua que estaba en la calle de Zaragoza, lo llenaba y empezaba el reparto por las calles del centro, que era el distrito que tenía asignado.



En 1940, cuando empezó en este oficio, la venta del agua ya era un buen negocio. Todos los bares y los cafés del centro consumían agua de Araoz, y la mayoría de las familias de clase media y alta de Almería figuraban entre sus clientes. 


Juan recorría las calles con una puntualidad exacta, de tal forma que las mujeres ya sabían a la hora que el vendedor pasaba por su puerta. Cuando llegaba el carro salían al tranco a llenar las cacharras y las garrafas. A la una de la tarde, dejaba de trabajar, aparcaba el carro en la Plaza del Lugarico y se dirigía a su casa para almorzar. 


A primera hora de la tarde volvía a la faena, que se prolongaba hasta que empezaba a echarse la noche. Al terminar la jornada se dirigía otra vez al depósito de la calle de Zaragoza para dejar allí el agua que no había vendido. Antes de marcharse a descansar, tenía que pasarse por la casa de don Joaquín Cumella Orozco, el dueño del negocio, para entregarle la recaudación del día y hacer los cuentas.


Algunas tardes acudía a casa del jefe en compañía de su hija Marita. Ella recuerda, como un gran acontecimiento, aquellas visitas a la espléndida vivienda que el señor Cumella habitaba en el Paseo de Almería. Lo que más le gustaba de la casa era el gran salón semicircular con grandiosos balcones que daba a la actual Plaza del Educador y el buen gusto con el que estaba decorado cada rincón de la vivienda. 


Juan Garrido Fenoy ganaba un jornal para sobrevivir con el reparto de mujer,  mientras  que su mujer, Isabel Medina López, trabajaba en su casa para que la familia pudiera salir adelante de forma holgada. Ella era una acreditada bordadora que en la década de los años cuarenta tenía montado el taller en su propia vivienda, en la calle Real, frente al bar Lupión.  En aquella época, una buena bordadora, como lo era Isabel, tenía garantizado un sueldo digno. Eran tiempos en los que las mujeres que tenían medios encargaban su ajuar de novias a las bordadoras. Sábanas, manteles, colchas, ropa interior, pasaban por las manos de las especialistas.  Ella bordaba a mano y dominaba la máquina de pedal. Tenía una vieja máquina Singer que su madre le compró cuando todavía estaba en el pueblo; la tenía instalada en la cocina, la habitación donde pasó su juventud. Trabajaba sin límites. La luz de su taller siempre estaba encendida. Había días que el sonido de la máquina no cesaba ni de madrugada porque había que tener terminado algún encargo de un cliente.


Juan Garrido e Isabel Medina consumieron la vida trabajando. Él montado en el carro que llevaba el agua buena a todos los hogares, y ella sentada frente a la máquina de coser, bordando ajuares paras las muchachas que soñaban con casarse.


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