La rambla que cruzó Alfonso XIII

En 1904 el monarca pasó por allí cuando iba a visitar la barrilería de Terriza

Parte sur de la vieja Rambla de Maromeros (hoy Avenida del Mar), en la zona de cruce con la carretera que iba a Aguadulce.
Parte sur de la vieja Rambla de Maromeros (hoy Avenida del Mar), en la zona de cruce con la carretera que iba a Aguadulce.

Para la visita del Rey, en abril de 1904, una brigada de limpieza adecentó el último tramo de la Rambla de La Chanca. Sacó del cauce  seco los escombros y los desperdicios acumulados y el ayuntamiento se encargó de darle una mano de cal a la fila de casas que aparecían en el recorrido del monarca. 


En la esquina con la actual calle del General Luque se levantó un magnifico arco de tres cuerpos formado por barriles de varios tamaños, coronado por una inscripción con letras de madera pintadas con los colores nacionales, donde se podía leer: “A.S.M. el Rey Alfonso XIII”.


Debajo, en la tapa de los barriles, aparecía el nombre del dueño de la barrilería don Juan Terriza, uno de los comerciantes más importantes de aquel tiempo. 


La Rambla de La Chanca era entonces un lugar con apenas sesenta habitantes, que ocupaban las humildes viviendas que bajaban hasta el mar desde el último tramo del Barranco del Caballar. Las casas se alzaban un par de metros sobre el cauce, desafiando a las aguas que cada vez que llovía con fuerza, bajaban bravas desde los cerros.


Por su cercanía con el Puerto, allí se instalaron importantes barrilerías y almacenes vinculados con la exportación de uva. Allí hizo historia uno de los barberos más célebres de la ciudad, Federico Cañadas Estrella, por cuyo establecimiento pasaron, desde finales del siglo XIX, casi todos los jóvenes del barrio que quisieron aprender el oficio, y la mayoría de los marineros que llegaban al Puerto. Cuando desembarcaban los pescadores, después de varias semanas en la mar, lo primero que hacían, antes de ir a sus casas, es pasar por las manos del barbero, que les devolvía su aspecto de personas


También fue terreno de viejos pescadores que remendaban las redes sentados en la tierra, de hileros que fabricaban las cuerdas de cáñamo para la pesca, y sobre todo, de niños, que medio desnudos y descalzos, merodeaban a todas horas por esos páramos. 


Cuando el negocio de la uvas se fue apagando y los almacenes fueron desapareciendo, quedaron los niños, generación tras generación, que se criaron al sol y el polvo de la rambla. 


Hasta que a finales de los años sesenta empezaron las obras de encauzamiento y el lugar comenzó a convertirse en la Avenida del Mar, conservó ese aspecto de rincón salvaje y primitivo, frontera entre dos barrios, donde los niños campaban a sus anchas trepando por los torreones musulmanes o subiendo y bajando las cuestas. En los recodos menos visibles, los vecinos del barrio iban a hacer sus necesidades, por lo que había tramos que se convertían en un retrete colectivo. 


En invierno, la Rambla de Maromeros, como la llamaban sus habitantes, se llenaba de hogueras. En algunas barrilerías vendían las varetas de los barriles de uva, que cuando se secaban servían para encender las lumbres. En aquellos fuegos se asaban las patatas que vendían a perrilla en la huerta de Manuel Cadenas, debajo de la cuesta del Reducto, y por San Antón, los jóvenes saltaban por encima desafiando las llamas.


Cuando llovía con fuerza, la Rambla de La Chanca se transformaba en un monstruo. En septiembre de 1929, una gran tormenta cayó sobre la sierra de Enix, desatando la furia de la naturaleza. El agua bajó desbocada por los cerros, arrastrando todo lo que se encontró en el Barranco del Caballar. La rambla quedó inundada y el agua llegó a alcanzar un metro de altura en las fachadas de las casas. En algunas zonas menos protegidas, la riada penetró en los almacenes, llevándose hasta el mar cientos de barriles y material de trabajo. 


El aspecto de la rambla no mejoró con el tiempo y hasta hace cuarenta años fue una zona deprimida, una amenaza constante cada vez  que llovía. También el viento y el frío castigaban el lugar. En diciembre de 1946, cuando una ola de frío polar azotó la ciudad, la fuerza del viento, la lluvia constante y las bajas temperaturas dibujaron un panorama desolador. Se cayeron varios postes de la luz y las calles y los edificios próximos a la Rambla de La Chanca se quedaron a oscuras. “La impresión que aquellas humildes viviendas ofrecían era dolorosa”, decía una información del diario Yugo


La rambla estuvo cortada varios días y hubo que improvisar un puente con piedras y maderas, para que los dueños de los pequeños comercios de comestibles de la Plaza de Pavía, pudieran llegar hasta el almacén de don José Ortega, donde se distribuía, en los días del hambre, el aceite de almendras y la harina de maiz.


Los tiempos modernos llegaron tarde. En 1952, junto a la Huerta de Cadenas, construyeron un lavadero público y cinco años después, sobre los terrenos de la Huerta de Antonio Peregrina, el colegio Alejandro Salazar. A partir de entonces tomó fuerza el proyecto de encauzamiento definitivo de la rambla y su urbanización para convertirla en la actual Avenida del Mar.


El 13 de febrero de 1972, dos años después de que una riada arrastrara en la Rambla de la Chanca a varios coches con un balance de siete fallecidos, el ayuntamiento de Almería aprobó la pavimentación de la avenida y la construcción de un paso elevado para unir la Plaza de Pavía con La Chanca. A finales de 1972, el puente estaba terminado.


Para completar el nuevo aspecto del lugar y terminar la integración de la rambla a la ciudad por el sur, en 1977 se instaló, junto al Parque, un gran ancla de hierro como símbolo de la vinculación del barrio y de la ciudad con el mar.



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