Los políticos que firmaban autógrafos

La política de los años de la Transición se rozaba con la gente en la calle y en el mercado

Soledad Becerril  vino a Almería en mayo de 1982 durante la campaña electoral. En su visita al Mercado Central estuvo firmando autógrafos.
Soledad Becerril vino a Almería en mayo de 1982 durante la campaña electoral. En su visita al Mercado Central estuvo firmando autógrafos.

Las campañas electorales eran agitadoras y ruidosas y durante semanas cambiaban el pulso y el decorado de la ciudad. Una mañana nos levantábamos con las fachadas empapeladas por aquellos artistas nocturnos que con cubos llenos de cola barata y cepillos de oferta llenaban los edificios de carteles con frases y rostros de políticos pidiéndonos el voto.

Las campañas electorales llevaban impregnadas un viento de feria que nos empujaba hacia la  calle en busca de toda aquella tramoya que durante tres semanas nos cambiaba la vida. Los coches de los partidos recorrían los barrios calle a calle, armados con aquellos estrepitosos altavoces que nos recordaban al tapicero ambulante que al menos una vez al año llegaba a la ciudad para amargarnos la siesta a voces. 


Todo se hacía de forma artesanal: la pega de carteles que llevaban a cabo los militantes; la preparación del coche con la megafonía que sonaba en la baca, y hasta aquellos mítines con sabor a verbena que terminaban con bocadillos de chorizo y botellines de cerveza. 


Las campañas electorales tenían entonces su banda sonora y sus himnos pegadizos. Los coches con la propaganda no dejaban de circular durante el día y acabábamos interiorizando aquellas cancioncillas como si formaran parte de la lista de los ‘40 principales’. Ninguna nos dejó tanta huella como aquella canción del grupo Jarcha que en los primeros meses de la Transición nos hablaba de la libertad sin ira. A mí me gustaba mucho aquel eslogan cantado que decía: “Vota centro, vota a Suárez, vota libertad”, que tenía una música pegadiza y ese otro lema que sacó a escena el Partido Comunista en 1979 de “Pon tu voto a trabajar”. 


La política de entonces iba vestida de ropa de diario, se rozaba con la gente en la calle y en los mercados y dejaba un rastro de sudor allá por donde pasaba. La gente se acercaba a los candidatos porque casi ninguno llevaba escolta y le pedían autógrafos como si fueran artistas de cine, y a veces hasta un milagro como si fueran enviados de San Martín de Porres. Recuerdo a un Santiago Martínez Cabrejas con aspecto juvenil que iba dándole la mano a todos los pobres del Cerro de San Cristóbal mientras escuchaba sus súplicas: uno le pedía una colocación para su hijo, otro que le arreglara la calle o el milagro de una vivienda nueva.


A los jóvenes de aquel tiempo nos gustaban mucho los mítines, sobre todo cuando venían adornados con una actuación musical. Cuando un candidato se subía a un estrado lo hacía en solitario, al contrario de lo que ocurre ahora, que cada vez que vemos a un político hablando aparece detrás un coro de adoradores gesticulando a todo que sí. 


Las campañas electorales nos cambiaban tanto la rutina que hasta las salas de cine se llenaban de mensajes y discursos. El cine preferido por los políticos de aquel tiempo fue el Imperial. Por allí pasaron grandes estrellas de la juventud como Jhon Travolta y Olivia Newton John, y políticos de primer nivel como Enrique Tierno Galván con su aureola de cautivador de masas; Marcelino Camacho con aquel célebre eslogan de “Pon tu voto a trabajar”; el almeriense Pedro Molina con el Partido Comunista en plena efervescencia, y hasta el polémico Blas Piñar con su Fuerza Nueva, que no pasaba desapercibido por donde pasaba con sus nostalgias de Franco. Eran pocos los empresarios que accedían a alquilar su local para un acto de la extrema derecha por miedo a que ocurrieran incidentes con los radicales de izquierdas, pero el Imperial de Juan Asensio siempre estuvo dispuesto.


De vez en cuando, los partidos adornaban sus mítines con ropa de fiesta y necesitaban grandes espacios para recibir a la multitud. Fueron muy célebres entonces las naves de la empresa de autobuses Saltúa, en el camino del cementerio, por donde pasaron grandes políticos y con ellos muchos de los artistas de moda. Uno de los acontecimientos más recordados, porque congregó en aquel recinto a diez mil personas, fue la ‘Fiesta por la autonomía’, que se organizó en febrero de 1980 para concienciar a los almerienses de la importancia de dar el sí en el referéndum histórico del 28 de febrero. Recuerdo aquella tarde y  la procesión de jóvenes que subía por la Carretera de Granada para ver a María Jiménez, a Alameda y a Camarón.



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