La tribu de la Escuela Pública

Se necesita toda la tribu para educar un niño

La Voz
Moisés S. Palmero Aranda
00:17 • 17 abr. 2024

Comencé la semana con la llamada de FAPACE, la Federación de Asociaciones de Familias del Alumnado de Centros de Educación Pública de Almería, para informarme del reconocimiento a la Asociación El árbol de las piruletas. La sorpresa engordó mi ego que, por si no lo saben, reina en el ombligo de cada uno.



En mi propia nube, continúe con mi rutina para nada rutinaria. No sé si fue por la llamada, que me hizo afrontarla de otra manera, pero la semana fue muy agradable, detalle que alimentó más mi ego pensando que el mérito era mío. Tres mañanas paseé por los cuatro bosques de Murgi con 150 alumnos de 5º y 6º del CEIP Loma de Santo Domingo de El Ejido. El jueves conté, a un número similar de la misma edad, Un delfín entre las estrellas gracias a Afim21 en el Madre de la Luz de Almería. Y la terminé grabando en el CEIP La Canal de Vícar con unos 100 alumnos, algunos no hablan español, desde 3º de primaria hasta 2º de la ESO.



Con el ombligo henchido fui al Congreso de FAPACE para celebrar su 45 aniversario, titulado La Educación Pública es imprescindible. No sé qué pasó, pero entré inflado como un gallo de pelea, y salí ligero, con una cicatriz en el vientre y un corazón de manzana, con forma de estrella, latiendo en mi pecho.



Apenas me di cuenta, pero fui recibiendo suaves pinchazos para desinflamar lo que yo creía virtud, y era solo un tumor, un lastre, al confundir autoestima con ego. El catedrático Santos Guerra, las experiencias de maestras, familias, asociaciones y administraciones que forman la comunidad educativa de la Escuela Pública, me recordaron que se necesita toda la tribu para educar un niño; que no hay linterna que ilumine todo el mar, sino una red de pequeños faros que protegen trocitos de costa, unos escarpados, otros de bonitas playas; que en la educación no hay un norte magnético que marque el rumbo, sino que las brújulas señalan infinitas direcciones a las que aventurarse en post de nuevos mundos.



Comprendí que perdemos demasiado tiempo en el punto negro en medio del folio en blanco, quejándonos de su tamaño, de sus afilados colmillos, de su capacidad de tragarse toda nuestra energía y recursos, cuando lo que necesitamos es integrarlo, hacerlo invisible, pintando su alrededor de colores, de mariposas azules, flamencos rosas, semillas de Campoamor, elefantes en la copa de un árbol, notas musicales, besos, corazones y picas acogidos entre oros, tornillos, y manos de carpintero, los mundos del mundo, rompedores de profecías, enfermeros blogueros, mentores, comunidades de aprendizaje, barrios amables, encinas milenarias y peces que nadan a contracorriente.



Descubrí que si mi semana había sido agradable, fue porque la educación de los alumnos con los que paseé por los artales estaba reforzada por una AMPA comprometida con la formación de sus hijos; si conté de nuevo la historia de Marcos fue gracias a una asociación sin ánimo de lucro que entendió que podía sumar a su proyecto educativo; y si disfruto de mis jornadas radiofónicas canaleras, donde aprendo más que enseño, es por la confianza de maestras que pudiendo estar en otros destinos más sencillos y glamurosos, apostaron por la isla en el mar de plástico.



Fui a recoger un premio y recibí una cura de humildad, al entender que soy una isla que puede plantar semillas porque hay gente, como los padres y madres de FAPACE, que tienen un plan, la estrategia y habilidad de tejer hilos invisibles, como el hombre Tortuga, para unir islas solitarias, para dignificar, valorar, fortalecer, soñar, transformar y garantizar una Escuela Pública de todos y para todos, que nos haga compartir y donde aprendemos a vivir. 




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