Estampas del Creamfield/Dreambeach

El macrofestival de música que ha desatado el ruido y la furia como en la novela de Faulkner

Edición del Creamfield en 2004 en Villaricos, el antecedente del Dreambeach.
Edición del Creamfield en 2004 en Villaricos, el antecedente del Dreambeach.
Manuel León
21:25 • 21 dic. 2023

Fue un mes de agosto de 2004 cuando la vieja Baria de Villaricos se llenó de hordas vikingas buscando bocadillos, cubitos y refrescos al rumor de un nuevo festival internacional de música electrónica. Eran calles enteras tomadas por bohemios en short que acampaban en Cala Siret o bajo el pinar de Palomares  junto a la antigua fábrica del Duro. Reinaba entonces en  Cuevas Caicedo y en la desembocadura del Almanzora de Sotomayor, en unos terrenos arrendados por los  ingleses de Bay Holand, empezó a montarse un escenario gigante y una noria que llegaba al cielo. Había coches por todos lados, cientos de aficionados de todas las razas caminando por los arcenes.  El macrofestival pilló en fuera de juego a la comarca que no pudo absorber ese aterrizaje de miles de personas que llegaban a través de una carreterita comarcal  veteada de eucaliptos. Creamfield duró cuatro años en Villaricos, hasta que emigró a Guardias Viejas. Después de un tiempo de barbecho, llegó Dreambeach, multiplicando la asistencia hasta más 100.000 festivaleros en un pueblito de no más de 1.000 habitantes. Diez años ha durado el idilio de los hermanos Toro, con la pedanía cuevana, años en los que Adolfo Lennon Iglesias nos retalaba con sus crónicas a pie de festival, cómo dormían en tiendas, cómo se alimentaban de pastillas para aguantar 30 horas de música continua bajo el sol y la luna levantina todos esos  funambulistas del sonido dance que igual llegaban de Japón que de Australia y de inmediato se colocaban la pulserita fosforita.



Todo el lugareño que podía montaba un chiringuito para vender lo que fuera -agua, pan, churros, gorras, cerillas- porque todo era poco. 



Ahora, después de diez años, Dreambeach se va como vino; abandona Villaricos, Palomares, la gasolinera de Portillo, la que más negocio hacía. 



Se va a las tierras capitalinas de El Toyo propiedad de Turki. Y el traslado ha generado división de opiniones entre defensores y detractores. Los organizadores hablan de 12 millones de impacto económico; algunos residentes  creen que solo dejará el ruido y la furia. Uno piensa que nadie tiene del todo la razón.  Que hable el tiempo. 







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