Cuestión de narices

Las mascarillas realzan la belleza de los ojos y dan un valor especial a la mirada

José Luis Masegosa
23:43 • 23 ene. 2022 / actualizado a las 08:59 • 24 ene. 2022

Desde hace ya casi dos años nuestras vidas habitan en fase menguante. Veintidós meses atrás no tuvimos más opción que cubrir la parte más expresiva de la anatomía humana –al menos quienes hemos tratado de ser responsables con nosotros y nuestros semejantes- y reducir la mitad de nuestros rostros. Esas caras, mutiladas bajo los cobijos protectores, pareciera  que viven desde entonces en carnaval permanente, o que han sucumbido a una presunta regla de cumplimiento genérico que obliga a esconder, cuando menos, un tercio del careto. Bien es verdad que al igual que las vacunas ésta, como otras medidas sanitarias implementadas para luchar contra la pandemia, nos inocula cierta sensación de protección y seguridad frente al contagio. Pero también es cierto que este saludable hábito, generalizado en tiempos de pandemia, ha permitido valorar con más profundidad la única mitad visible de nuestros rostros y ha empoderado a los ojos. Esos órganos de la vista cantados en numerosas composiciones: “Ojos de gata”, “Esos ojitos negros”, “Aquellos ojos verdes”… Ojos contados en este mismo espacio. Ojos que duelen como nadie imagina cuando fallan,  que son el espejo del alma, ahora más que nunca. Ojos que antes compartían rostros, pero que ahora son algo más que un faro porque la pandemia nos robó la sonrisa y la expresión, y han tenido que ser ellos los que hablen por nosotros. Los que han visto cómo puede cambiar la vida en un aliento o los que han visto más de lo que hubieran querido: la soledad, el desconocimiento, la incertidumbre, la muerte… Ojos por donde ha pasado toda una vida, pero nunca se nublaron como ahora. Imposible cerrarlos ante tanta confusión, pese a que algunos miren para otro lado, porque –ya se sabe- ojos que no ven corazón que no siente. Ojos que vieron, como los del abuelo –me cuentan- que ahora precisan del tacto de los dedos para imaginar la faz de sus nietos.



 En esta suerte de carnaval impertinente es verdad que las mascarillas realzan la belleza de los ojos y dan un valor especial a la mirada. Solo hay que mirar a quien nos mira. Mirar a los ojos, dicen, es beneficioso en tiempos turbulentos. Ojos para mirar, la mejor forma de reflejar lo que siente el alma. Miradas de ahora y de antaño que en la virtualidad tecnológica despiertan sentimientos guardados en la alacena  del corazón, porque ver tu mirada es como estar mirando el cielo. Miradas que transitan por las autopistas del alma. El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada, que sentenciara Gustavo Adolfo Bécquer. Pero los ojos no huelen. El olor es propiedad del olfato, que se percibe por la nariz, y como todos los sentidos reside en el cerebro.  El olfato también vive mermado por la  máscara protectora, pero más aún por la afectación de este mal que se ha adueñado del mundo. Dicen los pacientes de anosmia –muchos de ellos a consecuencia de esta pandemia, ya que es una de las secuelas que obliga a una prolongada y disciplinada recuperación- que cuando falta el olfato es como si faltara todo; habitan en un mundo distinto y desconocido en el que se ven obligados a crearse alarmas para controlar las comidas en mal estado, el gas, los perfumes...son personas que en muchos casos se han vuelto vegetarianas, pues para no saborear nada qué más da. No olvidemos que el ser humano puede llegar a diferenciar más de diez mil olores distintos y pese a ello no prestamos mucha atención al olfato, uno de los sentidos que más olvidamos, hasta que lo perdemos o hasta que nuestra memoria olfativa nos devuelve poderosos recuerdos y emociones, y es que el poder emocional del olfato nos lleva al placer, pero también a la nostalgia. La  relación entre olfato y gusto es total, ya que con  este último sólo detectamos los sabores básicos en tanto que el resto de sabores nos viene dado por el olfato. Quién no mantiene el recuerdo de nuestras  narices  tapadas por nuestras madres para hacernos ingerir aquellos amargos jarabes que tan beneficiosos eran para los resfriados, pero tan detestados por nuestras bocas. 



Vivimos un tiempo raro en el que escondemos la mitad de nuestras caras y nos lo pensamos más de dos veces antes de hacer algo que pueda infringir los hábitos y recomendaciones sanitarios, pero aun así vivimos conectados al mundo y no tenemos necesidad  -como ocurre a quienes han perdido el olfato- de sentirnos felices cuando percibimos los olores de las cloacas o los de nuestras deposiciones, hecho que alegra sobremanera a los pacientes que recuperan su capacidad olfativa, quienes aseguran que nunca pudieron pensar que un olor tan desagradable les proporcionaría tantas alegrías. Y es que además de los ojos la vida también va en nuestras narices. Es cuestión de narices.









Temas relacionados

para ti

en destaque