Sí, ahora todo depende de Rajoy. Como siempre...

Fernando Jáuregui
23:30 • 01 abr. 2018

Menudo regreso de la 'ruta da pedra e auga'. A Mariano Rajoy le aguardan las movilizaciones de los Comités de Defensa de la República, animados por la CUP, que hay que ver el partido que le está sacando a sus cuatro escaños en el Parlament: ha conseguido poner patas arriba a la sociedad catalana, a la que mortifica, ahora impulsando esa manifestación del 15 de abril a favor de los presos, temblemos. Le aguarda también la inminente decisión de los jueces alemanes sobre si dejar en libertad o no a Puigdemont --ahora sí que se está internacionalizando el conflicto--. Y le aguarda, desde luego, la propia convención de su propio partido, el viernes, en la que, en los pasillos y no en los atriles, se hablará, y sospecho que no poco... de la sucesión de Mariano Rajoy. Que era algo que este domingo, de resurrección de casi todos los conflictos, aparecía con caracteres destacados en no pocas ediciones periodísticas: todo, todo, depende de Rajoy, incluyendo el porvenir político de Rajoy.


Sería injusto, e inveraz, decir que Rajoy es el alfa y el omega, el principio y el fin de todos los problemas y de todas las soluciones. ¿Cómo no ver las responsabilidades del independentismo precipitado, miope, enloquecido, que no sabe ni ponerse de acuerdo consigo mismo? ¿Cómo mirar hacia otro lado ante la inoperancia, el egoísmo partidista, de las distintas oposiciones? ¿Cómo desconocer el papel ambiguo que han jugado otros nacionalismos, el PNV --menudo discurso el de Urkullu en el Aberri Eguna-- muy en particular, y que a todos nos tiene en vilo ante los Presupuestos? Y así un largo etcétera.


Pero también sería absurdo negar que Rajoy tiene la baraja en sus manos, y puede jugar con ella con mayor o menor habilidad. Y la verdad es que, hasta ahora, el presidente del Gobierno central se ha limitado a barajar interminablemente y a hacer algo semejante a solitarios, sin repartir cartas, sin abrir las puertas de La Moncloa, que incluso el nuevo vicelíder de Esquerra Republicana de Catalunya le ha pedido públicamente diálogo, y hasta ahora, nada. Y mucho me temo que, además 'de lo de Rajoy', esa convención nacional que el Partido Popular prepara para este viernes en Sevilla se va a dedicar mucho más a hablar de nombres de candidatos --ay, Cristina Cifuentes...-- de cara a las elecciones municipales y autonómicas que de ideas nuevas para enfilar hacia la resolución de problemas en Cataluña, con los pensionistas, ante la reanudación de juicios por la corrupción... Tantas cosas.



El PP necesita, como otras muchas cuestiones en nuestro país, algo parecido a una refundación. De programa. De ideología. Y de rostros, por supuesto. Sospecho que Rajoy, tan poco dado a movidas y a inventos modernos, que él cree que siempre acaban en desgracia, también intuye ahora que algo habrá que hacer, qué remedio. Lo que ocurre es que sospecho que él, que ha acumulado, es de reconocer, bastantes méritos en su trayectoria, ya no es el hombre que necesitamos para el cambio. O, al menos, no en solitario, y menos rodeado de palmeros incapaces hasta de hablar en las reuniones de la Junta Directiva Nacional.


Incertidumbre El futuro está en sus manos. Puede seguir entregando la causa política al brazo togado, o puede lanzarse a hacer, por fin, de estadista. Puede revolucionar su propio partido, o recetar más de lo mismo. Puede abrir La Moncloa al diálogo con los que ahora representan el independentismo --existen, qué le vamos a hacer-- o seguir atrincherado en el 'palo más que zanahoria'. Siempre, tras cada regreso de un período vacacional, nos hemos preguntado qué conejo traería Rajoy en la chistera. Y resultaba que no traía ni siquiera chistera, y de conejos ya ni hablamos. Pudo hacer una gran crisis de Gobierno cuando sustituyó a Guindos, y nada. Intentó un gran pacto de gobernación con socialistas y Ciudadanos, pero ya vemos a dónde nos ha llevado una coyuntura a la que, ya digo, los egoísmos de esa oposición no han sido ajenos.



Lástima que todo dependa de un hombre, en parte porque el entorno suyo desmerece. Y lo peor es que podría pensarse que ese hombre no tiene ya los perfiles que demanda esa gran empresa que se llama España. Vale, pero entonces ¿quién?




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