Esto está entre Le Carré y Santiago Segura

Fernando Jáuregui
23:32 • 29 mar. 2018

Si en la Semana Santa del año pasado a uno mismo, o a cualquier otro, se le hubiese ocurrido profetizar que en España iba a ocurrir un treinta por ciento de lo que está ocurriendo, le hubiesen metido en un manicomio. Y mira que ya entonces la situación política española estaba pasando por meses cuando menos surrealistas.


Pero ahora estamos batiendo todos los récords del disparate: los analistas nacionales estamos cuando menos perplejos, y los medios extranjeros creen que esto es una novela de Le Carré, con servicios secretos siguiendo automóviles por media Europa, presos notables en cárceles de nombres impronunciables recibiendo muy peculiares visitas. Y, al fondo, con razón o sin ella, siempre el nombre de Putin como ‘larga mano’ que ni quita ni pone rey, pero ayuda a su causa, que es desestabilizar al Viejo Continente; ya se sabe que toda obra de Le Carré necesita un ‘toque ruso’, como de vuelta a la guerra fría, que es, por cierto, a donde estamos retornando.


Y es que, al menos para mí, la irracionalidad política en la que habitamos resulta difícilmente comprensible. Y me refiero en primer lugar, por supuesto, a algunas, casi todas, de las propuestas del lado independentista -ahora se habla, como candidato a la Generalitat,... ¡de Ernest Maragall, aquel hombre de verbo flamígero e ideas peregrinas!-. Pero tampoco resulta del todo fácil entender la desunión de los constitucionalistas, las ideas de última hora que barajan algunos -un Govern de ‘independientes’, sugieren los ‘comunes’-, las comparaciones extemporáneas del sindic (el defensor del pueblo ‘a la catalana’) equiparando la aplicación del 155 con la Alemania nazi, las referencias a Franco, a Hitler. No resulta sencillo para el cronista, no, seguir puntualmente y al minuto la sucesión de despropósitos con los que cada día nos bombardean desde Barcelona, por ejemplo. Y no solo, ay, desde Barcelona.



Alguna vez, hace meses, escribí que más pronto que tarde alguien hará no ya un comic de Mortadelo y Filemón, ni una novela de espías (o policiaca), sino una película sobre la peripecia de Puigdemont y sus gentes. Y eso que entonces la aventura del ex president de la Generalitat, recién escapado a Bruselas, no había hecho más que empezar. Luego vinieron las encarcelaciones, demasiado numerosas a mi modo de ver; llegó el circo de Tabarnia; los tuits desinformados de Assange, otro candidato a un premio Goya por un guión chocante, desde su reclusión en la embajada de Ecuador en Londres -ya no podrá repetir esos tuits: han cortado la comunicación al exiliado-.


No tenemos ya al surrealista Buñuel ni a Hitchcock, el rey del ‘suspense’, para firmar ese ¿thriller? ¿docudrama?¿cinta de humor?¿de terror?, pero no creo que alguien como Santiago Segura, que incluso ha popularizado a Torrente antes de que un tal Torrent se hiciese famoso, siga mucho más tiempo inmune a la tentación de lanzarse a esta disparatada aventura cinematográfica, que tendrá sin duda mucho éxito: ¡menudo argumento trepidante! Lo de los ocho apellidos vascos (y catalanes) se iba a quedar en nada en cuanto al taquillaje.



¿Los actores? Habrá de buscarse a alguien que encarne a Puigdemont como protagonista en el papel más ridículo, a Artur Mas en el maquiavélico, a Elsa Artadi y/o Inés Arrimadas en el de la chica prometedora, a Junqueras en el de tonto útil que se cree tan listo y acaba en chirona -ya digo que ojalá salga pronto: no habrá normalidad hasta entonces-. Y, claro, alguien tendrá que hacer de Mariano Rajoy paseando tan tranquilo por Sanxenxo, y de ministros viendo procesiones en Málaga y de Pablo Iglesias fotografiándose en Argentina, encantado, con la impresentable señora Kirchner. Y habrá que encontrar a quien encarne al juez Llarena, que algo tiene que ver en este filme, y no precisamente como actor secundario, qué va. Putin, si decidimos meterlo en el show, podría ser James Craig, el ‘hombre de hielo’ que encarnó al último James Bond. Y Boadella siempre podrá hacer de Boadella, aportando la vis cómica.


Lo que no sé es cómo diablos va a terminar una película cuyo guión, ya digo, resultaba imposible de urdir incluso por las mentes más fértiles hace solamente un año. Me temo que, a menos que algún Spielberg meta mano en los efectos especiales, no va a terminar bien esto, no.




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