Las moradas inciertas

`Cada día existe una mayor concienciación del respeto que debemos tener al reino animal`

José Luis Masegosa
23:35 • 26 mar. 2017

Las informaciones han fluido en las últimas semanas y han puesto de relieve que cada día existe una mayor concienciación del respeto que debemos de tener a los seres que pertenecen al reino animal, aunque estén relegados al ámbito de lo irracional, lo que en muchas ocasiones evidencia que los racionales tenemos menos racionalidad que los seres irracionales. La propuesta legislativa que prohíbe cortar el rabo a los canes delata la preocupación que en algunos sectores de la sociedad despierta la consideración que los animales merecen por nuestra parte.  Hasta no hace muchos años, el destino final de los animales, de los que se ha servido el ser humano, cuando aquellos fallecían, era muy cierto: se enterraban en cualquier terreno propio o, simplemente, se dejaban en el campo a merced de los carroñeros. El desarrollo normativo y la regulación comunitaria ha ido paulatinamente imponiendo la prohibición de enterramientos particulares de animales o el abandono de los mismos. Para un servidor, que siente especial debilidad por los animales, el destino final de mis mascotas, perros, sobre todo, que me han proporcionado numerosas satisfacciones, amén de una insustituible compañía, ha tenido que ser ingeniado, con todo el dolor de mi alma, por quien suscribe. En una cita anterior con esta columna relataba que  en un reciente viaje  tuve la desagradable sorpresa de tropezarme en la carretera con una pequeña ardilla que agonizaba sobre el asfalto a causa de las heridas causadas por un atropello, posiblemente involuntario. Mi acompañante intentó socorrer a la desafortunada víctima, pero nada pudo hacer, salvo envolverla en unas toallas de papel y acunarla bajo el techo de un enebro, a escasos metros de la cuneta. Triste y contrariada, me contó durante el resto del viaje que cuando era muy pequeña encontró una mañana en su ventana a un pichón moribundo. Preguntó a su abuela la causa del grave estado de la pequeña ave, a lo que la ésta respondió que la madre de la paloma había dejado en el nido a sus cinco polluelos, a quienes les había conminado a que no abandonaran la morada por los peligros que les acechaban en el exterior. Uno de los pichones se sintió muy atraído por el entorno de fuera y sucumbió a la tentación. A poco de iniciar el vuelo, dado el poco desarrollo de sus alas, el polluelo impactó fuertemente con un saliente del marco externo de la ventana y quedó inconsciente. La niña contempló tristemente al pequeño animalito. ¡Abuela!, gritó de repente la pequeña, y rompió a llorar. Unas semanas después, mi acompañante encontró al pichón de la ventana en la consola del hall de su casa sobre un sarmiento, como si estuviera vivo. Aprendió, entonces, que los animales tienen destinos finales diferentes, inciertas moradas junto a nosotros que nunca descubriremos. 


 







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