Diario de una cuarentena (VII): La chica del búnker

Imagen del calendario de LA VOZ de este año.
Imagen del calendario de LA VOZ de este año. Antonio Jesús García

Esta mañana he visto a tres universitarios entrar en un edificio. Iban cargados con la compra, sin rastro de guantes ni de mascarillas, ese uniforme apocalíptico que la mayoría llevamos. He envidiado su indolencia y he imaginado una cuarentena de litros de cerveza, videojuegos y mucho YouTube (o lo que demonios se haga ahora). Como un resorte, se ha activado en mi cerebro el recuerdo de aquellos cuatrimestres casi en blanco que pasé gracias a las huelgas contra la LOU y la Guerra de Irak. Cuando uno está en la facultad, todo lo que sea no ir a clase es una fiesta. ¿Lo será esto para ellos aunque el motivo sea una pandemia?


La que he liado en el súper con los guantes daría para toda la columna, pero os torturaré con un solo párrafo. Resulta que el de seguridad ha considerado que mis guantes de fregar los platos no eran suficiente y, ni corto ni perezoso, me ha echado en ellos un chufletazo de gel desinfectante y me ha invitado a ponerme encima otros de esos que hay para la verdura. La tarea de abrir bolsas con dos pares de guantes en cada mano, unida a mi torpeza natural, bien ha podido acabar en escena dramática: conmigo arrancándome los plásticos y preguntando dónde está escondida la cámara, porque ya vale con la broma.


Suponiendo que haya sido capaz de deshacerme del uniforme sin cometer una temeridad contagiosa, luego ponte y coloca las cosas, que a saber tú quién ha tocado. Sé de una amiga que se pasó más de cinco horas de reloj descontaminando su compra. Es la persona que conozco que mejor cuida de su familia. Solo espero que algún día me haga hueco en el búnker que estoy segura de que está construyendo.


También tengo una conocida que se pinta los labios rojos para bajar al perro. No ve a nadie, pero le gusta mirarse en el espejo del ascensor. Ahora está cruzando los dedos para que pase este tiempo infernal y tener la excusa de tender la ropa des-pa-ci-to en el terrao para disfrutar de las vistas de la Alcazaba y el Puerto. “Llevo un estricto horario con el alcohol”, me ha escrito junto a una foto del vino de su aperitivo.




De vuelta a casa, me he encontrado con un antiguo compañero. Y qué impotencia no poder plantarle dos besos. Que se aparten cuando pasas ya es desa­gradable. Ver una cara amiga con la sonrisa tapada me ha dejado mal cuerpo.


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