Sierra de los Filabres: Portocarrero

Descubrimos lugares llenos de vida en el pasado, hoy olvidados, donde el tiempo y la naturaleza intentan acabar con la memoria

Vista de lo que queda de la antigua aldea de Portocarrero.
Vista de lo que queda de la antigua aldea de Portocarrero.
Antonio Jesús Sánchez Zapata
17:51 • 26 feb. 2018

Al norte de Gérgal a 7 km de distancia subiendo por la rambla homónima, la aldea de Portocarrero se encuentra en la solana de un cerro entre el Barranco de los Pollos y el Barranco de la Mina, a una altitud de 1044 m sobre el nivel del mar. El trayecto para llegar hasta Portocarrero es una agradable caminata sin demasiado esfuerzo, y puede hacerse desde el cercano núcleo de El Almendral, a apenas 3 Km y con un desnivel de unos 100 m. Por el camino podremos ver antiguos cortijos e infraestructuras hídricas, como acequias, molinos y balsas que nos trasladarán a la época en que la Rambla de Gérgal tenía un caudal de agua permanente, que hacían de la zona un auténtico vergel.




La fisonomía del pueblo es la típica que podríamos encontrar en cualquier otro de la Sierra de los Filabres: casas desordenadas en un único núcleo, aunque sí que cabe destacar la arquitectura de piedra seca de la que se componen muchos de los edificios, esto es, piedras unas sobre otras sin ningún mortero que las una. Unas pocas casas estaban encaladas, pero la mayoría mantenían la piedra a la vista, y dado que ésta era extraída la misma zona, dotaba al pueblo de un gran mimetismo con el entorno. También hay algo que no encontraremos fácilmente en otras pequeñas aldeas abandonadas de Los Filabres, y es que Portocarrero tenía algunas de sus calles empedradas, aunque hoy en día son complicadas de ver debido a que la vegetación se ha apoderado de ellas. Las casa son de una o dos alturas como máximo y estaban cubiertas con las típicas lajas de pizarra que abundan en la zona. Frente al pueblo, al otro lado de la rambla, podemos ver las ruinas de llamado Molino de Luis Rita, uno de los cuatro molinos harineros que hubo en los alrededores.




El origen de Portocarrero es complicado de dilucidar. Se podría deducir por su nombre que estuviese relacionado con el insigne capitán morisco de Gérgal Aben Mequenum, que al cristianizar su nombre pasó a ser Francisco de Puertocarrero. Los moriscos conversos solían usar de apellido su lugar de procedencia, y durante muchos años Portocarrero ha aparecido en los mapas como “Puerto-Carrero”. Tampoco podemos obviar al que fue Obispo de la Diócesis de Almería, Fray Juan del Castillo Portocarrero, relacionado también con Gérgal por el sol que aparece en el artesonado de su iglesia, aunque bien sabemos que el mal llamado “Sol de Portocarrero” era realmente del Obispo Villalán, el Obispo Portocarrero también tenía en su heráldica un sol. Sea como fuere, la zona estuvo habitada desde la prehistoria, como atestiguan las pinturas rupestres encontradas en el llamado Friso de Portocarrero. Los primeros datos oficiales que he podido encontrar datan del año 1863,  y establecen que en el “Caserío de Puerto-Carrero” constaba de 26 viviendas, 3 de ellas de dos plantas. A 31 de diciembre de 1887 el censo creció hasta las 30 viviendas, donde vivían sus 77 habitantes y que ya aparece con el nombre de “Porto-Carrero”. Ese mismo año Portocarrero sufrió una devastadora plaga de langostas que arrasó con todas las cosechas, sumiendo a sus vecinos en la pobreza y el hambre, aunque esto no frenó su crecimiento en años posteriores, ya que empezaron a construirse numerosas minas cerca del pueblo, como las 18 de hierro llamadas “La Unión”, o la mina Pilorete que proporcionarían muchos puestos de trabajo. El mayor pico de habitantes llegaría en 1950 cuando se alcanzaron los 178 vecinos, que residían en 42 casas.




La vida en Portocarrero giraba en torno a 2 ejes fundamentales: la agricultura y la minería. Se cultivaba trigo, cebada, patatas, garbanzos,  olivos y almendros. Como podemos suponer no había muchas comodidades, especialmente en invierno, cuando el pueblo solía quedarse aislado y cubierto con un grueso manto de nieve. Los que trabajaban en la mina debían llegar en esas condiciones hasta sus puestos de trabajo. Los que tenían suerte y trabajaban en las minas cercanas no debían andar mucho con las gélidas temperaturas, pero los que trabajaban en Las Menas de Serón debían levantarse a las cuatro de la mañana, ya que les esperaban 3 horas de trayecto cruzando la sierra. Esto los convertía en hombres rudos y capaces llegar a las manos por cuestiones como por cuestiones como quien toca mejor la guitarra, tal y como sucedió en 1917 cuando después de una acalorada discusión tras una fiesta en Portocarrero, dos vecinos decidieron dirimir sus diferencias con sendas escopetas, resultando un de ellos gravemente herido en la cabeza.  Las mujeres por su parte atendían las tareas domésticas, la crianza de los niños, los animales y los huertos que proporcionaban buena parte de su sustento. A veces también participaban de la recogida del esparto. Para las compras había dos opciones: esperar a que algún vendedor ambulante llegara al pueblo, o bajar hasta Gérgal. Los niños que iban a la escuela tenía que desplazarse hasta El Almendral, y el médico acudía desde  Gérgal solo en casos de gravedad. El único servicio regular que tenían era el de la correspondencia. 




El abandono de Portocarrero como puede imaginarse se debió a la dureza de las condiciones de vida, el cierre de la minas y el escaso futuro laboral que deparaba a sus habitantes. Poco a poco durante los años 60 y 70 Portocarrero fue deshabitándose, sus vecinos se trasladaron a la vecina Gérgal y otros optaron por emigrar a Cataluña, de tal modo que lo que antaño fue una aldea bulliciosa acompañada del rumor incesante del agua, hoy sus paredes de piedra esperan en silencio a los curiosos que quieran hacerles una visita.




Fuentes: Faustino Calderón, Juan López Soria (DEP), La Crónica Meridional, Dirección General del Instituto Geográfico y Estadístico.






Temas relacionados

para ti

en destaque