Renacen las ultimas fachadas de la Almería auténtica

La moda de las casas turísticas ha servido para rescatar los colores tradicionales de la ciudad

En los barrios antiguos, como el de la Almedina, aún es posible encontrarse con fachadas de vivos colores que recuerdan otros tiempos.
En los barrios antiguos, como el de la Almedina, aún es posible encontrarse con fachadas de vivos colores que recuerdan otros tiempos. La Voz
Eduardo de Vicente
18:56 • 06 abr. 2024 / actualizado a las 19:49 • 06 abr. 2024

Hubo un tiempo en el que los barrios más humiles eran los más pintorescos, cuando las familias iluminaban sus fachadas con vivos colores como si quisieran maquillar las carencias que se escondían por dentro. El barrio de la Chanca, el del Reducto y la Almedina encandilaban al forastero por su luminosidad y por ese estallido de colores que inundaba las paredes de amarillos, de ocres, de azules como el mar, de celestes como el cielo, de púrpuras enmarcados en blanco, de blancos combinados con albero. A medida que muchas de aquellas viviendas fueron desapareciendo se fue perdiendo aquella tradición que durante décadas le había dado a la ciudad una personalidad distinta. Recuerdo, de niño, la impresión que me producía al llegar a la Chanca esa sucesión de colores. Desde la distancia, el barrio parecía la paleta de un pintor brillando intensamente bajo los rayos del sol.



Aquella Almería de paredes de colores se extendía también por la Almedina antes de que llegara la destrucción masiva con la construcción de bloques de pisos blancos. Cada casa tenía su impronta, su peculiaridad. La fachada era su bandera y cada familia se encargaba de mantenerla en perfecto estado aunque por dentro las habitaciones reventaran de humedad. Solía suceder que cuando un vecino se ponía a pintar la fachada o a blanquear su ‘terrao’, automáticamente se producía un efecto contagioso y eran muchos los que lo imitaban para que sus casas no desentonaran, para que todo el mundo supiera que la curiosidad no estaba reñida con la pobreza.



Todos los años, antes de septiembre, era costumbre, al menos en mi barrio, darle una ‘lechá’ a las azoteas y repasar bien las bajantes para que las primeras lluvias del otoño, que solían venir con tormentas, no dañaran las estructuras de las casas. A mí me gustaba ver cómo en el patio de mi casa se ponía en marcha el mecanismo para que hirvieran los terrones de cal y se convirtieran en ese espeso líquido blanco que le daba vida a nuestras casas.



Por primavera, cuando el sol se instalaba para quedarse, era el momento de acentuar el color de las paredes con aquellos tonos que entonces estaban de moda. Reinaban los ocres y los azules, los tonos marrones como la tierra, los amarillos decadentes que cambiaban de matiz según la altura del sol. Los colores renovaban nuestros paisajes más íntimos y le daban a nuestras calles ese matiz de refugio que tenían en aquel tiempo.



Era habitual entonces que fueran los propios vecinos, los hombres y las mujeres, los que se encargaran de pintar las fachadas. En mi casa se solía hacer siempre en domingo aprovechando el descanso en los trabajos. El día elegido había que madrugar más que cuando íbamos al colegio y antes de que saliera el sol comenzaba la faena. Se blanqueaba el ‘terrao’, se pintaba la fachada y se saneaban todas las paredes interiores para que la humedad no siguiera avanzando. Existía en aquel tiempo una sana competencia entre los vecinos por tener la mejor fachada.



Los años fueron terminando con la singularidad de cada barrio y dando paso a una aldea global donde cada vez abundan menos los matices, aunque en los últimos años estamos asistiendo a un renacer de aquella moda de los colores tradicionales. En los callejones interiores de la Almedina han vuelto a florecer aquellas espectaculares fachadas de grandes contrastes que nos recuerdan tiempos pasados. La fiebre de las casas turísticas ha servido para rescatar los colores tradicionales de la ciudad y cada vez son más los propietarios que invierten en poner en valor su vieja vivienda para atraer al visitante y en recuperar aquella costumbre genuinamente almeriense de mezclar en una misma calle todo el muestrario del arco iris.





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