Una mañana de realismo mágico en Almería

Más de cien invitados llenaron el atrio del viejo Hospital con unos reyes de bronce presentes

El artistas Antonio López durante su intervención en el patio del nuevo Museo del Realismo
El artistas Antonio López durante su intervención en el patio del nuevo Museo del Realismo Juan Sánchez
Manuel León
09:30 • 16 mar. 2024

Se lo comía: una señora de verde pistacho, una admiradora de atracción fatal, no dejaba a Juanma  cuando se bajó del coche llegar a donde estaban las autoridades: Ramón Fernández-Pacheco, Carmen Crespo, Javier Aureliano García, María Vázquez, etcétera; lo abrazaba, lo zarandeaba en el aseado Paseo de San Luis, hasta que el presidente de la Junta pudo fajarse con una llave de arte marcial. Era la media mañana de un día luminoso de invierno, anticipo  de la primavera, cuando llegó Moreno a Almería a inaugurar el nuevo Museo del Realismo Español, una especie nueva que ha germinado en el corazón de Almería, un santuario de arte, donde antes hubo viruela y fiebres de malta. Almería, a la chita callando, va poco a poco haciendo museos. No es Málaga, la tierra del presidente, pero todo se andará. 



En el patio esperaban los mecenas y los artistas: Paco Cosentino, Andrés García Ibáñez y Antonio López. Y dentro, más de un centenar de invitados, en un atrio inigualable con cinco siglos de historia. Y en cada sala que ahora alberga obras de Julio Romero de Torres o de Eugenio Hermoso o de Zuloaga, el rótulo de lo que fue antes: sala de cirugía, cuarto de convalecencia, depósito de farmacopea, un homenaje a lo que fue antes de convertirse en enjundiosa pinacoteca; un recuerdo cariñoso al sufrimiento de miles de enfermos que en esas paredes sanaron o murieron y a los médicos y sanitarios que se dejaron la piel.



Empezó el acto con Juan Gabriel en el atril -sin poncho de Clint Eastwood- y con Antonio López, aclamado como un torero, tanto, que tuvo que levantarse a saludar como un Marcial Lalanda. Era un día solemne, un día histórico, se respiraba en el ambiente, con las palomas sobrevolando el patio, con el aire limpio de Almería después de tantos días de viento de Poniente, con tacones y corbatas, con frentes sudando de calor, con sol y sombra como en los toros. Tanto, que las cartulinas de reserva se convirtieron en improvisadas viseras en el patio de butacas. 



Y sonó de pronto la voz de tenor rotundo de Juan de Dios Mateos y el quinteto  de la OCAL; sonaba una música antigua, de Barbieri, Almería candora, una obra lírica, con sentimiento, que a todos hizo enmudecer, homenaje a las inundaciones de Almería, a los huertos sin espigas, a los campos sin flores. Pareciera como que los reyes, allí presentes en bronce negro, también se emocionaran. Habló la alcaldesa de la importancia del nuevo Museo para la revitalización del casco histórico: de hecho acaba de abrir un bar, el Hierbabuena, al lado del antiguo Hospital, lleno de maceteros, para aprovechar las sinergias del nuevo espacio cultural. ¿Vendrá mucha gente a visitar el MUREC? ¿Será un antes y un después en Almería? el tiempo lo dirá. Por ahora, el museo más visitado de la provincia es el Minihollywood, más que la Alcazaba.  Habló también Andrés García Ibañez, el urdidor de esta tramoya junto a la calle del Pintor Díaz Molina. No se vio a Dionisio Godoy, uno de los hombres más empapados de pintura almeriense.  Y dijo Ibañez, de Olula del Rio, descubierto por Trino Tortosa cuando era un muchacho, que ya no puede con más museos, que se retira a descansar a su tierra del Almanzora.  Al lado, los músicos afinaban el violín y el contrabajo. Y enfrente, el obispo Cantero, rodeado de piedra de cantería, tuvo que asumir que allí él no era el sumo pontífice, que lo era Antonio López, el pintor de las puestas de sol en la Puerta del Sol de Madrid, diminuto como un alfiler, el principal reclamo del flamante MUREC. 



En medio de tanto realismo, todo parecía irreal: que Almería, la irredenta Almería, tenga uno de los museos más interesantes de España -no todos van a estar en Málaga-; que un Julio Romero de Torres no esté en Córdoba por empeño del rey de las  encimeras; que reapareciera de nuevo Juan Megino, después de tantos años en barbecho.



Y saltó al atril el anfitrión, el presidente de la Diputación, el hombre que creyó sin ver, sin meter la mano en el costado, y contó cuando le entregaron las llaves oxidadas del viejo hospital de Villalán en una caja de zapatos, hace diez años, y cómo lo ha convertido en un gran centro cultural, en un pequeño Louvre en el casco histórico de Almería, con su Gioconda particular: La exaltación de la copla.



Y remató Juanma esa mañana caribeña de realismo mágico sin estar en Aracataca,  rubricó el acto el presidente andaluz, que confesó sentirse intimidado por un manchego pequeño, que lo miraba con ojos afilados desde la primera silla del patio. “Hoy es un día histórico para Almería, siempre es maravilloso estar aquí”, dijo el presidente andaluz, con fina estampa, derramando aromas de mixtura, en un día para el recuerdo, para la memoria de una Almería milenaria, para una Almería que se ha convertido ahora en realista y mágica, sin que se viera más atisbo de la mujer de verde pistacho. 




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