Leonor y las reinas que pisaron Almería

De Isabel de Castilla a Isabel II; la actual heredera ya conoce Mojácar y Aguamarga

Leonor de Borbón Ortiz cumple 18 años.
Leonor de Borbón Ortiz cumple 18 años.
Manuel León
11:11 • 31 oct. 2023

Su madre hizo historia al ser la primera mujer en interrumpir a un rey cuando ella aún no había nacido; ella -la flor de España como la definiría Paco Umbral si estuviera vivo- la hará hoy en el hemiciclo ante señoras y señores que le doblan la edad. Leonor de Borbón Ortiz -hija de una plebeya- será la reina de una España futura de la que no tenemos ni idea de cómo será. Jurará esta Leonor de Borbón como lo hizo aquel Alfonso VI en Santa Gadea ante los ojos implacables del Cid; jurará la Constitución con sus brackets de adolescente, con su mirada azul, pensando en todo lo que representa, pero sin dejar de ser una muchacha que piensa en sus planes con sus amigos el fin de semana. Habrá llegado escoltada por caballos como sus predecesores y se habrá parado delante de los leones de San Jerónimo y habrá desfiles militares para ella y el presidente le pondrá el Collar de Carlos III. Habrá ensayado mil veces el discurso, pero se trastabillará, como le ocurrió a su padre en 1986. 



Una tatara-tatara- abuela suya, también borbona, pisó Almería en 1862 con un marido inútil y dos hijos pequeños que no eran de su esposo. Quiso pasar sin detenerse aquella Isabel II al llegar en su fragata a la bahía de Almería, pero le hicieron ver que el pueblo estaba expectante por ver a su reina y que se habían gastado miles de reales en agasajarla. Hacía 400 años que ningún soberano pisaba la tierra de los tempranos, desde que otra Isabel, la de Castilla -su hija Juana la Loca nunca pisó Almería- había trotado a caballo por esas calles, le había calzado el Pendón de Castilla a la Alcazaba y había pasado con Fernando El Católico la Nochebuena de 1489.



Estaba ya cansada -Isabel II- de ese viaje forzoso por las Andalucías y temía que fuera verdad lo que le habían hablado del  mal olor que desprendían las axilas de los indígenas,  a ella que tanto  gustaba de  sudar en la alcoba. Venía de ver Jaén Córdoba, Sevilla, Cádiz, Granada, Málaga y quería saltarse Almería. Alguien le aconsejó que no lo hiciera, al ver en lontananza los arcos de follaje en los malecones almerienses, el kiosco del esparto con canastos de fruta sabrosa, el murmullo de los miles de almerienses que se apostaban en el Parque y en los muelles, junto a los tinglados, ansiosos de ver a su soberana.



Le dio regomello real a Isabel y neutralizó el desaire en última instancia poniendo proa al Puerto de Almería. Un repique de la campana de la Vela esparció la noticia de que la Reina había llegado, acompañada de su consorte Francisco de Asís,  de su hija Isabel La Chata y del futuro Alfonso XII, que tenía solo cuatro años  y que ya le prestaba nombre al principal Paseo de la ciudad.



De inmediato subieron a un carruaje de lujo, traído de París para la ocasión, y se detenían a cada paso para recibir flores y frutos pasando por debajo de un gran monumento a los minerales. De allí subieron por la calle de la Reina, antigua Rambla de Gorman, a la Catedral,   bajo el episcopado de Anacleto Meoro y de allí, acudieron  a la sede del Gobierno y la Diputación, en el Convento de Las Claras, secularizado desde la entrada de los franceses. Los gobernantes, con el Gobernador Civil Lafuente Alcántara y el alcalde Francisco Jover, agasajaron a la soberana con toda suerte de regalos  como una torta de plata que valía 5.000 duros.



Isabel II, que tenía entonces 34 años y una mala fama que iba en aumento (de ahí ese viaje por los pueblos de España para lavar su imagen), se dirigió también a la Iglesia de Santo Domingo y al Hospital de Santa María Magdalena, que era también Hospicio, y tras 8 horas en Almería partió para Cartagena.



El Ayuntamiento se gastó 100.000 reales, el presupuesto de un año, en el agasajo a la Reina, que solo se comprometió en comprarle un manto a la Patrona cumpliendo su promesa. De esa forma se escondía la verdadera situación de una ciudad asaeteada por la miseria, con 30.000 almas y más de 10.000 analfabetos y epidemias que diezmaban a la población, a pesar de los gallardetes, iluminarias, de escudos y banderolas, de los vítores y regocijos, que duraron lo que tardó Isabel II en desaparecer por la bocana.



Algún día, quizá, Leonor de Borbón se convierta en la tercera reina de España -no consorte- en venir a Almería de viaje oficial, cuando su padre sea un emérito; vendrá -si viene algún día- esa niña rubia que jura hoy ante las sagradas escrituras de los españoles- a una Almería que no logramos imaginar cómo será -distinta seguro- que tendrá ferrocarril de alta velocidad, que tendrá mucha inteligencia artificial, que no sabemos si seguirá siendo tierra de vacaciones o si el Paseo será por fin peatonal. No sabemos todo eso. Pero sí sabemos que, al contrario que en tiempos de aquella tatara-tatarabuela suya que quiso hacer la espantada a los almerienses en 1862, para ser reina en el siglo XXI, no bastará con tener sangre azul



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