Los Perdones: la cara invisible de la Catedral

Su acera llena de coches y las piedras de sus muros muestran señales de un largo abandono

La erosión ha hecho huella en las piedras de la fachada de poniente de la Catedral.
La erosión ha hecho huella en las piedras de la fachada de poniente de la Catedral. La Voz
Eduardo de Vicente
20:00 • 13 may. 2023

Cuando hablamos de la Catedral enfocamos siempre la fachada principal y el interior del templo, pero casi nadie se acuerda de esa cara invisible del monumento, a la que nadie mira a pesar de su grandeza y de la que nadie cuida a juzgar por el estado de abandono en el que se encuentra. La fachada que se extiende a lo largo de la calle Velázquez, la que custodia la puerta de los Perdones, es un trozo de historia perdida, una oportunidad desperdiciada que duerme el sueño profundo del olvido.



Cómo es posible que su acera se haya convertido en un aparcamiento masivo de coches. Cómo se ha ido dejando morir el propio monumento, que a lo largo de este costado muestras profundas heridas que necesitan una urgente intervención. En algunas, las piedras presentan un estado de erosión tan profundo que han ido perdiendo su identidad. Allí merodean las palomas a sus anchas y en sus esquinas se siguen orinando los transeúntes, aprovechando la vegetación que les sirve de parapeto.



En los últimos años, esta parte de la Catedral ha multiplicado su vida por dos. Desde que abrieron el acceso al claustro por la calle de Velázquez, los turistas recorren este camino y contemplan a diario el mal estado de los muros y de la propia puerta de los Perdones, que al estar cerrada carece de un mínimo mantenimiento. Los relieves de los muros están tan desgastados que se han quedado sin historia y la propia soledad de este lado del recinto ha creado una capa de desgaste que lo cubre todo, desde la verja de hierro hasta el portón de madera de la entrada principal.



La condena que sufre la puerta de los Perdones no es algo novedoso. La ha tenido que padecer como una penitencia a lo largo de su historia. En 1876, cuando quitaron la fuente que existía a los pies de la torre de la Catedral para llevarse allí la Plaza de Abastos, las piedras del pilar las depositaron, como si fueran escombros, en la puerta de los Perdones para que los vecinos se lo fueran llevando todo, hasta la cruz de piedra que coronaba la fuente. En aquella época, la rinconada de los Perdones era una auténtica letrina donde iban a desahogarse los vendedores y las verduleras que tenían sus puestos en la plaza de la Catedral. Se decía entonces que ese costado del monumento era un solar más de la ciudad, que aprovechaban también los muchachos para organizar sus partidos de pelota, utilizando los muros como frontón.



En 1905 se intentó recuperar el esplendor de la fachada de poniente, construyendo una escalinata de acceso con sus barandales. La puerta de los Perdones recuperó parte de su vida y en los años de la posguerra llegó a competir en popularidad con la puerta principal, ya que era la entrada oficial para las ceremonias que se celebraban en la capilla del Sagrario. La Puerta de los Perdones estaba rodeada por asientos de piedra y flanqueada por un pequeño jardín, sórdido y destartalado, protegido por una  gran verja de hierro que acentuaba el aspecto de abandono de aquel entorno. En aquellos hierros oxidados que terminaban en puntas de lanzas jugaban los niños como si estuvieran en el patio del colegio: trepaban por la verja, profanaban lo que quedaba del jardín y escalaban por los salientes de la fachada.






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