“Ana Julia Quezada es un caso obvio de trastorno de personalidad disocial”

Entrevista al psiquiatra almeriense Sergio Ramón Fernández-Miranda

Sergio R. Fernández-Miranda, en su consulta privada de Almería.
Sergio R. Fernández-Miranda, en su consulta privada de Almería. M.C.

Sergio Ramón Fernández-Miranda (Almería, 1978) es psiquiatra en el Hospital de Día de Torrecárdenas y ayuda como tutor en su formación a los futuros especialistas en Salud Mental, los MIR, desde 2010. Ahora, además, tiene la satisfacción, como dice, de compartir consulta privada con su padre, el prestigioso dermatólogo Ramón Fernández-Miranda.


La psiquiatría le viene de vocación, hasta el punto de que llegó a cambiar de especialidad, ‘perdiendo’ un año, para dedicarse a lo que verdaderamente  quería. Es especialista en Psicosomática y Psicoterapia y experto en trastornos de personalidad, que, según dice,  son uno de los grandes males de la sociedad actual.


¿Qué es un trastorno de personalidad, cuáles son sus síntomas?
Los trastornos de personalidad son formas de ser patológicas y algo durísimo. Hay expertos que afirman que la prevalencia puede ser del 20%. Consiste en dificultad identitaria, inestabilidad emocional, impulsividad, problemas interpersonales con dificultad para manejar las emociones, riesgo de conductas autolesivas y mucho sufrimiento. La gente lo pasa mal y lo hace pasar mal. Todos tenemos en mente a Ana Julia Quezada, que es un caso evidente de trastorno de personalidad disocial.


Este puede ser un caso extremo, serán más frecuentes los leves, ¿no?
Tenga en cuenta que todos los síntomas de los trastornos de personalidad que he mencionado, si le ponemos mucho hielo y lo enfriamos, ¡es una adolescencia!


¿Y por qué el aumento de estos  trastornos, de estos cambios en los tipos de enfermedades mentales respecto a generaciones anteriores?
Las relaciones interpersonales son diferentes, la forma de comunicarnos, la forma de vivir la soledad es diferente, y todo eso afecta.Ha cambiado todo. La sociedad es más dificil, hay más soledad, competitividad, agresividad soterrada. En el siglo XX había organizadores de la sociedad, que eran los valores, la religión, la economía de mercado y el Estado, la política. Todo eso en el siglo XXI ha cambiado totalmente. Somos una sociedad más confusa, menos solidaria, mas individualista, con familias con pocos hijos.


Ha hecho énfasis en la soledad. ¿Tanto incide en la salud mental de la sociedad?

La sociedad ha psiquiatrizado problemas que no son psiquiátricos, como la soledad, el dolor, el sufrimiento. Es una sociedad intolerante al sufrimiento, mas solitaria. Todo eso hace que nuestra forma de enfermar también sea diferente.


Es de suponer que, lógicamente, también será diferente la forma de curar.
Aquí pasa una cosa, la red asistencial, la andaluza y también la almeriense, se diseñó en los años 80 para aquella sociedad y aquellos pacientes. Y la sociedad ha cambiado mucho, y las enfermedades también cambian. No es solo una cuestión de recursos, sino también de organización. Hay una necesidad de un replanteamiento. Tenemos buenos profesiones, implicados, que curran bastante, y los recursos son razonables. El problema es que la sociedad necesita otras cosas, no solo la respuesta biomédica. Por ejemplo, ahora podemos dar psicoterapia solo a los pacientes más graves, pero aplicándose en otros se podría mejorar notablemente su estado. 


Es decir, que se debería apostar por  extender determinados tratamientos, como la psicoterapia.
La evidencia científica apunta a que la primera elección para atender los trastornos de personalidad debe ser la psicoterapia, pero no una vez al mes, sino dos veces por semana, en grupos,  es decir, una terapia intensiva. Y durante un año, dos años, los que necesitemos. En la sanidad pública actual se hace terapia, pero se hace lo que se puede. En la medida de nuestros recursos.


¿Cree que lo que está sucediendo en Cataluña puede tener una lectura en términos psiquiátricos, como una especie de histeria colectiva?
Me parece que tiene que ver más con una identificación colectiva.  En el movimiento fanático, en el fanatismo, el poder del grupo es muy importante. En estos casos, uno siente que es mucho más potente la vivencia identitaria común, conjunta. La individuación siempre es más difícil, mas dolorosa que vivir en la indiferenciación.
Pero hay otro factor, la gente joven necesita sentirse diferenciada y necesita tener momentos de subversión, de lucha contra lo establecido, y es mucho más facil contra algo que no tiene cara, como es el ‘Estado opresor’. 


¿Cuenta el sistema público en Almería con una buena atención a las enfermedades mentales?
La gente no sabe la suerte que tenemos con la red sanitaria, cuesta una pasta, y de que en Andalucía haya mucha libertad para dar el tratamiento necesario. En otros países europeos, como Inglaterra, no es así. Que el médico pueda dar los tratamientos más caros y se haga es fenomenal. Aunque también estamos en un equilibrio complejo, pues igualmente hay que trabajar en la medida de nuestros recursos. Se nos pide que los tratamientos más caros no se pongan mucho, pero se ponen. Eso no pasa en Inglaterra. Pero tampoco somos el pais vasco, donde los recursos son mayores.


Pese a todo, la psiquiatría parece todavía como una especialidad no demasiado comprendida en España. En otros países, la visita al psiquiatra está mucho más normalizada. ¿Por qué?
La situación es muy particular. De toda la vida, la salud mental ha tenido cierto tabú, es más fácil decir que vas al psicólogo y no al psiquiatra. Estos tabúes se pierden cuando empiezas a contactar con los pacientes mentales, con psiquiatras, y te das cuenta de que es un trabajo muy hermoso. Muy gratificante y hermoso.
En esto hemos tenido también un poco de culpa los psiquiatras, porque hay estereotipos que hemos fomentado. Y luego hay también corrientes, como la que prioriza el aspecto biomédico, que es la mayoritaria. El paradigma del psiquiatra pastillero hace daño a la imagen de la especialidad.

¿Cómo afronta su trabajo en la sanidad privada, al lado de su padre?
Es un motivo de satisfacción, sobre todo en el terreno  sentimental, poder  compartir  con él el trabajo antes de que se jubile, aunque todavía no tiene fecha.

 

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