La diligencia que hacía la ruta con Vera

El correo de Pepe el bizco era uno de los que cubrían la línea a diario a comienzos del siglo XX

El coche correo de Pepe el bizco (con traje claro), en un momento de descanso para echar un cigarro con la Guardia Civil.
El coche correo de Pepe el bizco (con traje claro), en un momento de descanso para echar un cigarro con la Guardia Civil.
Eduardo D. Vicente
13:36 • 04 oct. 2017

A comienzos del siglo pasado  hacer el viaje entre Vera y Almería en una de las diligencias que cubrían el servicio a diario tenía carácter de gran aventura. Se sabía a qué hora se partía pero nunca el momento exacto de la llegada. Las carreteras eran todavía caminos infames, expuestas a los baches, a las piedras y a las avenidas de las ramblas que con frecuencia dejaban aislado el trayecto. El coche correo  salía de Vera a primera hora de la madrugada para que pudiera llegar a la capital sobre las ocho de la mañana. De esta forma los viajeros podían disponer de todo un día por delante para ocuparse de sus asuntos.


Uno de estos carruajes que cubría el servicio tenía como mayoral a José García, conocido popularmente con el apodo de Pepe el bizco. Era uno de los conductores más reputados del que se decía que podía atravesar las curvas del camino en las noches más oscuras sin luna y sin la luz del farol. Con la noche todavía cerrada, la diligencia de Pepe el bizco partía de la parada que existía en la posada de la Garrapiña, de Vera con tres bestias que se encargaban de arrastrar el coche hasta la venta del Chocolate, en el término de los Gallardos, donde esperaban otras dos bestias más que completaban el tiro. 


Para los coches correo de aquellos tiempos el viaje suponía a veces jugarse la vida. Transitar de madrugada por esos caminos ponía en juego la pericia del conductor, que estaba obligado a llevar a su lado, en el pescante, a un subalterno que lo auxiliara en caso necesario. Esos viajes  solitarios, en medio de la noche, suponían un gran riesgo para cualquier mayoral que condujera sin ayuda. La visión del camino era escasa, ya que el farol que los coches llevaban delante del cupé sólo alcanzaba a iluminar el lugar inmediato que se iba atravesando. Aquella luz de resplandores fugitivos iba dibujando en el suelo las siluetas de los caballos, mientras que el ruido de los cascabelas en el trote contribuía a crear un ambiente somnoliento que acechaba al conductor, obligado a tener compañía a su lado para no dejarse vencer por el sueño.


A pesar de las adversidades, la diligencia de Vera a Almería siempre venía llena con el correo del día y con al menos una decena de pasajeros. Como el viaje era largo y tortuoso, solía realizar varias paradas, las más importantes en la venta de los Gallardos y en  la venta de la Llana de Tabernas, donde los pasajeros estiraban las piernas y hacían sus necesidades y los animales recuperaban fuerzas.




Era habitual en aquellos tiempos que el mayoral detuviera el coche si en el camino se cruzaba con la patrulla de la Guardia Civil, que tenía la orden de estar pendiente del paso de los coches para intervenir en caso de que sufriera algún percance. El cochero, ante la presencia de la benemérita, detenía los caballos, se bajaba del pescante, daba novedades y sacaba cinco minutos de descanso para compartir unos cigarros con la autoridad.


La importancia del servicio contrastaba con el mal estado de los caminos entre Vera y Almería. Aquí un puente destrozado, allí un terraplén formando un peligroso barranco. En 1888 la opinión pública se levantó en contra de los políticos para que presionaran al Gobierno y se pudieran adecentar las carreteras.  Había puentes que quedaban destrozados por una avenida y así permanecían durante años, lo que obligaba, en los días de lluvias torrenciales, a que el correo tuviera que completarse a lomos de un caballo. 


“Tres heridos del vuelco del coche correo de Vera al cruzar el paso peligrosísimo que se quedó hace cuatro años por la rotura del puente cerca de Tabernas”, contaba el periódico el uno de febrero de 1889. “El coche-correo de Vera a Almería volcó en la madrugada de ayer en el sitio conocido por Rambla de la Molinera, término de Tabernas”, decían los titulares de un día de julio de 1904. 


En los meses de otoño e invierno, cuando las contingencias meteorológicas eran frecuentes, la diligencia de Vera llegaba casi siempre con retraso, a veces con más de ocho horas sobre el horario previsto. Pese a las dificultades, la línea con la capital se mantuvo firme en el servicio incluso en períodos de epidemias, cuando las brigadas de sanidad tenían que personarse en la salida para desinfectar escrupulosamente los carruajes.



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