El palacio con jardín de Villa Miramar

Ocupaba el último tramo de la calle de la Reina, junto a las escalerillas que bajaban al Parque

Eduardo D. Vicente
15:00 • 01 mar. 2017

La calle de la Reina desembocaba, como la rambla que corre debajo, en el mar. Nacía por el norte a los pies de la cuesta del rastro y moría por el sur en las escalerillas que bajaban hasta el Parque y el puerto. Ese tramo último de la calle siempre fue más parque  que ciudad; fue más un balcón asomado a la bahía, un lugar privilegiado frente a la esquina del asilo del Hospital Provincial. 

Hubo un tiempo, hace ya casi medio siglo, en el que aquel rincón exhibía una belleza salvaje. Las casas, todavía de planta baja y con aire señorial, disfrutaban de un espléndido jardín con majestuosas palmeras y bellos rosales que llenaban con su perfume ese último tramo de la calle de la Reina. En uno de aquellos caserones estuvo ubicado en los primeros años de la posguerra la escuela de monjas de las Jesuitinas, que después fue colegio ‘Virgen del Carmen’, para las niñas de los pescadores.  

La  casa era un auténtico palacio que fue bautizado con el nombre de Villa Miramar, una mansión que ocupaba ese lugar preferente de la calle de la Reina, frente a la esquina sur del Hospital, al final del Paseo de San Luis. Era un mirador excepcional desde donde se rozaban los árboles del Parque y se disfrutaba de una hermosa vista del puerto. Contaba además con su espléndido jardín lleno de sombras que acentuaban el aire bucólico de aquel trozo de ciudad.
El palacete, que era propiedad del rico terrateniente y constructor don Santiago Martínez, formaba parte de una amplia manzana de viviendas que se extendía por el Parque y daba la vuelta por  la calle del Arsenal. Allí vivían personajes importantes como el delineante don Emilio Perals Loayza y su esposa, doña Rosa Romero Mihura. Allí residió también, hasta su muerte en 1944, don Hugo Prinz, vicecónsul alemán en Almería, que solía visitar el jardín de don Santiago para compartir un rato de conversación con la familia.

El único inconveniente de la casa y de su inmenso jardín es que por su situación siempre estaba expuesta a los frecuentes vientos de poniente, que en invierno llegaban con su lengua afilada hasta aquel mirador.
En 1944, el propietario de la casa accedió a alquilar el inmueble a un grupo de religiosas que venían a Almería para poner en marcha el colegio de las Jesuitinas. Desde su llegada, las monjas mantuvieron una ‘lucha’ constante con el propietario de las viviendas para que las alumnas pudieran disfrutar también del patio-jardín como una parte más del colegio, la zona de recreo que les permitiera no tener que salir del recinto para poder jugar y disfrutar del aire libre.
El uno de octubre de 1944 apareció un anuncio en el Yugo y en las emisoras de radio locales en el que se informaba a la sociedad almeriense de la próxima apertura del centro dirigido por las religiosas. El colegio de las Jesuitinas ocupó todas las salas de la casa durante cuatro años, hasta que en agosto de 1948 las monjas iniciaron el traslado del centro al nuevo edificio que se acababa de construir en el malecón de levante de la Rambla. 

La gran casa de la calle de la Reina, con vistas al Parque, se quedó vacía durante varios meses, hasta que el 13 de diciembre de 1948 la Madre Superiora de las Hijas de Jesús, Soledad Larrañaga, fue a visitar al Comandante de Marina, don José Garat, para hablarle de una iniciativa que podía ser interesante: implantar allí una escuela de clases gratuitas para las hijas de los pescadores.

El 7 de marzo se inició el arreglo del antiguo colegio.  El 19 de marzo de 1949, festividad de San José, las monjas, acompañadas de las autoridades, reunieron a todas las niñas pobres que iban a formar parte del colegio, que acompañadas de sus respectivas familias asistieron al acto de bendición del centro. Al día siguiente comenzaron las clases 151 alumnas uniformadas con delantales de color blanco donados por la Cofradía de Pescadores. 

La casa fue colegio hasta los primeros años sesenta, cuando se quedó de nuevo vacía. El viejo palacete se mantuvo en pie hasta finales de la década, cuando el Ayuntamiento autorizó su derribo para que levantaran sobre su solar un enorme edificio que se llevó por delante la armonía de aquel trozo de ciudad frente al ala de poniente del Hospital Provincial y el Parque. 







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