Cinco ejemplos que demuestran que con Franco en los años 70 había más libertad

Carta del director

Francisco Franco y un ciudadano votando.
Francisco Franco y un ciudadano votando. La Voz
Pedro Manuel de La Cruz
20:58 • 13 abr. 2024

La sin duda inoportuna y malintencionada recuperación de unas declaraciones de Arturo Pérez Reverte en 2019 en las que el escritor lamentaba que “nunca hemos sido menos libres. Yo viví los 70, aun bajo el franquismo y, fuera de la política, la libertad era absoluta. Ahora vivimos entre montones de inquisiciones. Nunca he sentido mi libertad personal tan amenazada como en los últimos 10 años. La estupidez es una mala compañera de viaje de la libertad”, ha alimentado las abundantísimas razones del ejército de francotiradores apostados en las redes sociales para disparar sus inteligentes argumentos en defensa propia y contra la irrespirable censura que nos acosa. Cuánta razón albergan tan pocas palabras en X (antes Twitter) los defensores de la libertad. Exactamente las mismas razones que respaldan la dolorida queja de Alfonso Guerra cuando se compadece de los humoristas porque “ya no pueden hacer chistes de homosexuales o enanos”, las advertencias permanentes de Díaz Ayuso contra la ola dictatorial que nos está invadiendo- viva la libertad, carajo-, o el lamento- no es esto, no es esto- del filósofo Fernando Savater.



En la lejanía de la adolescencia fui testigo de aquella libertad ahora amenazada y recortada con precisión diabólica. Como muestra, ahí van cinco ejemplos de la inquisición que nos atemoriza sin escrúpulos.



Aún no he podido borrar de la memoria cómo corrió la noticia, las más de las veces entre la risa cómplice, de la agresión que sufrió Antonio en la impunidad de una noche en la Rambla de Albox. Aquella madrugada un grupo de sus mejores amigos lo invitó a acompañarlos hasta donde estaban Los Caños y, allí, en una orgía de alcohol, puñetazos, insultos y vejaciones fue apaleado hasta la crueldad más obscena. El motivo: la homosexualidad nunca escondida del que era y continuó siendo su amigo a pesar de la barbarie que padeció. No hubo ni denuncia, ni censura. Sencillamente porque la próxima madrugada los golpes habrían sido más fuertes y la soledad mayor.



Como tampoco he podido olvidar la peregrinación semanal que protegida por las sombras adelantadas de la noche y una vez a la semana hacía Antonia a la tienda de mis padres para comprar Celtas largos- es para mi marido que está en Alemania, ya sabes, le decía a mi madre- antes de regresar procurando no encontrarse con las vecinas. Antonia vivía en una casa extramuros del territorio en el que en los atardeceres las chimeneas de los hornos de cerámica del Hilario y de los cazantes llenaban de humo el cielo. Aquel humo formaba parte del paisaje. Lo que nunca formó parte de ese brumoso paisaje fue el humo que desprendían los cigarrillos que Antonia fumaban escondida en la clandestinidad de la habitación más alejada de la puerta. En aquel tiempo en los pueblos sólo estaba permitido fumar a las mujeres que “hablaban de tú a los hombres”, un eufemismo elegante para llamar a las putas. Antonia nunca lo fue, pero si la hubieran visto fumar, sola y con el marido en Alemania, hubiese traspasado la frontera de la decencia.



La misma frontera de cemento, piedra y travertino con que está construido el muro que protege a los vecinos de las riadas cuando sale la rambla Meana (meona para todos). Ese



muro de cinco metros de altura era desde el que más los adolescentes despeñaban las camadas de perros y gatos recién nacidos después de hacinarlos en un saco de esparto. Solo una vez participé de la aventura, pero, solos o en compañía de otros, era una hazaña de la que, quienes nos precedían en el calendario, hablaban con indisimulada satisfacción.



La misma algarabía con que algunos se reían del Paquico, el niño que había tenido la desgracia de nacer “tonto” (entonces el síndrome de Down no existía, eran ´tontos de nacimiento) y al que provocaban en su incapacidad mientras le cantaban “paquico el tonto parió un borrego, las patas blancas y el rabo negro” las pocas veces que su madre le dejaba salir a jugar. Con el tiempo aprendí que aquellas risas dejaban indiferente al niño, pero a Dolores le partían el alma y le arrancaban a jirones el corazón. Cómo tiene que doler a una madre que los vecinos con los que se cruza cada día se rían de su hijo.



Como juego sin importancia o exceso de amor (así le llamaban algunas mujeres al temor de tanto como lo temían) fue el que levantó a mi padre una madrugada de agosto. Aquella noche, mientras dormía, la ventana abierta (en los pueblos las ventanas sólo se cerraban en la luminosidad abrasadora del mediodía) le trajo el sonido de los gritos de dolor, los insultos y los golpes. A medio vestir salió a la calle y observó con estupor cómo Frasquito el malagueño golpeaba una y otra y otra vez a su mujer. Se abalanzó hacia el agresor y logró separarlo de su víctima. Con qué ira miraría Frasquito a su mujer que, viendo tanto odio en sus ojos, solo se atrevió a decir: “Déjalo que me pegue Manuel, que pa eso es mi marío”.


Las cinco historias que acaban de leer son reales. Sólo he modificado los nombres porque sus protagonistas tienen hijos, nietos o amigos y al dolor que entonces sufrieron quienes las vivieron no hay que añadir más dolor a quienes les quisieron o les quieren.


Es verdad. Con Franco en los 70 había más libertad que ahora. Libertad para apalear a homosexuales, agredir a las mujeres, maltratar a los animales, considerar puta a la mujer (pobre, las ricas eran señoras modernas) que fumaban o reírse de los discapacitados.


Y es que Pérez Reverte tiene razón, toda la razón: la estupidez es una mala compañera de viaje de la libertad. Sobre todo cuando la exhiben quienes miran con nostalgia un pretérito que, aunque imperfecto, a ellos les recuerda el vigor perdido de la juventud, el protagonismo social y el poder que disfrutaron y que nunca volverá, la credibilidad dilapidada por el desvarío o el fanatismo iluminista de los cretinos.


Temas relacionados

para ti

en destaque