De la envenenadora de Valencia a la de Almería: matahormigas y diazepam

Quién vigila a los vigilantes de nuestro mayores

La intoxicadora de mayores en Almería, al ser detenida por la Policía.
La intoxicadora de mayores en Almería, al ser detenida por la Policía. La Voz
Manuel León
20:43 • 21 feb. 2024

Hubo en aquella España tétrica en blanco y negro, que uno no vivió pero de la que ha sabido por recreaciones, el caso de la Envenenadora de  Valencia, Pilar Prades, una criada que intoxicó a su señora enferma y muy mayor con matahormigas para casarse con el señor. La pillaron y la ejecutaron con garrote vil. Hemos sabido en Almería, hace unos días, de otro caso digno de Margarita Landi, una falsa cuidadora de enfermos dependientes a los que drogaba y dejaba inconscientes -a uno lo asesinó- para robarles joyas, dinero o tarjetas bancarias. En la casa de la guardiana impostora, en Piedras Redondas, la Policía encontró el abundante botín de sus fechorías: dinero a mansalva, cadenas de oro y una ingente cantidad de medicamentos depresores del sistema nervioso. A la última de sus víctimas, un mayor dependiente, su hija lo encontró inmovilizado, entre cajas de electrodomésticos. Tras 23 días entre la vida y la muerte, ha logrado sobrevivir con secuelas tras una intoxicación por benzodiapezinas.



Cada vez más, no solo en Almería, aparecen noticias de hurtos gerontológicos, de abusos a ancianos con resultado de muerte. La familia que conocimos en nuestra niñez ha ido mutando: ahora, mal que nos pese, los ancianos tienden a salir del hogar para ir a una residencia o son atendidos durante muchas horas por un cuidador externo, un centinela, quizá oriundo de Ecuador o de Bolivia, con el que el mayor pasará los últimos años de vida, porque sus hijos tienen que trabajar para sus nietos, en esa cadena de generaciones que no se detiene para nadie desde Adán y Eva. Reconoció Hemingway que temía más a la vejez que a la muerte y lo demostró con su pistola. En Almería, como en el resto del mundo, cada vez hay más octogenarios, nonagenarios, centenarios, la muerte llega cada vez mas tarde, cada vez viviremos más tiempo atendidos por personas extrañas, que serán nuestros acompañantes en el parque, empujando nuestra silla de ruedas, sosteniéndonos la cuchara en el comedor, cambiándonos el pañal en el baño, en el último recodo del camino, sin haberlos elegido nosotros, como en una lotería. Es ley de vida. Pero, como escribió el poeta Juvenal: “Quién vigilará a los vigilantes, quién nos guardará de los guardianes”.









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