La trampa de Sánchez y los tres errores que alejaron al PP del gobierno

Carta del director

El líder del PP.
El líder del PP. La Voz
Pedro Manuel de La Cruz
18:07 • 29 jul. 2023 / actualizado a las 19:56 • 29 jul. 2023

Siete días después, en los cuarteles del PP siguen preguntándose qué ha pasado. Buscan respuestas a una pregunta que nadie creyó nunca que habría que hacerse. Estaban tan seguros del triunfo que el escenario de la derrota- en un régimen parlamentario el gobierno lo da la aritmética del Congreso-no entraba en sus planes. El PP ha perdido ganando y el PSOE ha ganado perdiendo. Esa es la realidad. Pero ¿por qué se produjo esta realidad inesperada para todos, menos para el entusiasmo de Pedro Sánchez y Zapatero? Acerquémonos a algunas de las razones que lo han podido provocar. 



Primera razón: Los pactos 



Cuando Pedro Sánchez decidió en la madrugada del lunes que siguió al domingo sangriento del 28M convocar elecciones no lo hizo por despejar la incertidumbre que el resultado había generado en el paisaje político; tampoco para evitarse el insoportable calvario que le habría supuesto llegar hasta diciembre con toda la artillería del PP disparando fuego a discreción y con los coroneles de Podemos bombardeando la coalición desde dentro siguiendo las órdenes de Iglesias- no se equivoquen: quien manda en Podemos es Iglesias, no Belarra-, convencido que la derrota socialista resucitaría la posibilidad del sorpasso. Sánchez tomó esa arriesgadísima decisión porque barajó la posibilidad de que el PP cayera en la trampa de las prisas del mal aprendiz. Y cayó. El apresuramiento por llegar a acuerdos en Valencia y Baleares y el vodevil de Extremadura le dio a Sánchez la munición que esperaba: que el desmotivado electorado de la izquierda se movilizara ante la visualización de un gobierno con Abascal de vicepresidente. El PP tenía en el PSOE su adversario, pero las prisas por conformar gobiernos autonómicos situaron a VOX como adversario y como enemigo: Los socialistas le disputaban votos; la extrema derecha competía también por los votos pero, y aquí está la clave, movilizaba a ese sector del electorado disconforme con Sánchez pero al que la llegada de Abascal al gobierno le resultaba insoportable. Quien diseñara o tolerara los esperpentos de los pactos merece un reconocimiento público por parte del PSOE      



Segunda razón: la confianza.  



La arrolladora ganancia institucional del 28 de mayo, cuando el mapa autonómico y municipal se vistió de azul, llenó de euforia al PP. El camino hacia la Moncloa pareció más despejado que nunca. Solo había que esperar. Es el riesgo de la confianza desbordada. Subidos a la ola que conduce hacia la tierra prometida, es muy difícil detenerse a percibir lo que la espuma de la ola esconde. Los populares arrasaron en gobiernos autonómicos, diputaciones y ayuntamientos, pero la consistencia de su victoria estaba más provocada por la geometría favorable de los pactos que por una victoria electoral abrumadora. El PP tuvo poco más de un 3 por ciento más de voto que el PSOE, una diferencia importante, pero no insalvable. Sánchez lo supo y por eso decidió convocar al día siguiente de la derrota. El 3 por ciento de mayo podría reducirse en julio, en diciembre hubiera sido una quimera acotarlo con un PP consolidado y a toda máquina en todas las estructuras del país. 



Tercera razón: las encuestas.  



La euforia instalada en los entornos de la M-30 político/mediática madrileña traspasó la frontera de la realidad y las empresas demoscópicas ocuparon su puesto en la primera línea de fuego de las trincheras. Nunca se han realizado más encuestas que las hechas durante las semanas que transitaron desde el 28 de mayo al 23 de julio. La demoscopia marcó el camino y, con él, la estrategia. Supeditar el trabajo y los mensajes electorales a lo que cada mañana aparece en una encuesta puede ser interesante si el estudio con el que se trabaja acierta, pero el riesgo de convertirlas en el evangelio del día supone un riesgo inevitable. Narciso Michavila se elevó a los altares tanto que, en algunas tertulias, parecía, no solo encantado de haberse conocido (nunca un nombre definió tanto a un hombre), sino que era el número 2 de Génova. Y ese fue un gran error; un inmenso error. 




Temas relacionados

para ti

en destaque