Septiembre: vino, berreo, senderos y fe

Septiembre llega como un abrupto amanecer que nos invita a cambiar

Imagen de Cabo de Gata.
Imagen de Cabo de Gata. Archivo La Voz
Juan Antonio Cortés
12:37 • 14 sept. 2022

Se retuerce la mente humana de esa rara avis que es el almeriense medio cuando, pasada la procesión de la Virgen del Mar, despedido ya el calenturiento y agotador agosto, septiembre llega como un abrupto amanecer que nos invita a cambiar. A cambiar aquello que, desde San Juan, ha dominado cada día y cada noche: tardes largas coronadas en frecuentes veladas de tapeo y de copeo y de trasnocho, desayunos sin prisa y sin reloj, paseos plácidos a la hora en que las piernas bailan solas, bullicio que sabe a vida agitada en las preciosas playas y, en las playas, poetas sin verso que se zambullen como delfines de lo extraordinario en las aguas mediterráneas o se tuestan al sol como lagartos de la Sierra de Gata.


Es septiembre y alborean las peregrinaciones de fe del pueblo cristiano: El Saliente, María, Monteagud, Bacares, Dalías. Albox, con su Pequeñica, vuelve a las alturas. Bacares es una cruz en el bosque. Uleila es un sábado -el segundo sábado- que, a su vez, es un día sin fin. Sus fiestas están bendecidas por la fértil devoción que Almería profesa a la Virgen de la Cabeza. El Cristo de las Penas salió ayer lunes por las cuestas empinadas del pueblo de Patton y una flor de almendro casi primaveral, que eso es Uleila, recordó, uno a uno, a quienes se han ido, en silencio, en la soledad de una cama pandémica -sin familia-, arrastrados por la nostalgia de tiempos de expectativa y sabedores de que era mucho peor morir sin nadie que sin nada. Y Dalías verá procesionar de nuevo al Cristo de la Luz, que es ya la mayor concentración de personas en un mismo espacio de toda Almería.


Es septiembre y hay un viejo pisando uvas en un también vetusto lagar alpujarreño. Espera el hombre su caldo nuevo con la impaciencia de un crío en la edad de los asombros, pero sabe con certeza que solo habrá buen fermento si apacienta los frutos con el exquisito mimo de un rito tanto o más viejo que el viejo. Que el viejo de la azada no tiene curva en la espalda y brinda en cada cena con el vino que ha parido.



Es septiembre y hay un halo espiritual en Las Menas de Serón. Cuando se hace la oscuridad y comienzan a oírse los cánticos de los pájaros cantarines entre pinos y minas y viejas mansiones que hoy son solo piedras y recuerdos, los machos desconsolados empiezan a quejarse. Se quejan de amor, del amor que les falta, del amor que necesitan para medirse con el otoño. Se quejan con berridos hondos, lacerantes, hirientes. Se quejan porque tienen el celo a flor de piel, el mismo celo que los humanos han agitado en el tórrido julio. Y el celo se hace trueno, trueno que esparce su desesperada sonoridad en la inmensidad del vacío nocturno. Celo para engatusar a la hembra suelta que corre, despavorida, ante tamaña demostración de guerra y de amor a la vez. Y como la cornamenta está para algo, no hay celo sin marcas ni marcas sin astas. Golpea el ciervo al suelo con los cuernos y, cuando el otro enamorado sale a su encuentro con ánimo libidinoso, en Los Filabres se desata una vil batalla cuyo final es el dominio de la jerarquía social: la ley del que más berrea y más cornea es la ley del más fuerte. O lo que es lo mismo, es la ley del que mejor seduce.


Seducción
Para seducción, las primeras hojas crujientes que caen a un suelo seco ávido de aguas y de humedad. Es septiembre y los montes y los cultivos de secano piden a gritos el maná que falta. Los gritos que se oyen en los pantanos de España son gritos que aquí ya conocemos. A este paso, decía el otro día un vecino de la Alpujarra, Benínar emerge otra vez. Y con Benínar, su templo. Y su plaza. Y aquellas casas sepultadas por la necesidad.



Necesaria es una buena tarjeta de débito para pagar libros y libretas a precios que no desmerecen al del gasoil. Inflación, le llaman. En las terrazas de los bares se nota ya el vacío y el spleen de este mes donde todo empieza y todo acaba. La argentinización de la economía ha llegado peleona y el afilador regresa al barrio. Falta el tío de la cabra, con su séquito y su soniquete, pero igual ya el tío, como la vieja noria de Uleila -más de cincuenta años en función, feria tras feria-, se ha jubilado porque la gente no está para muchas fiestas.




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