El nuevo terraplanismo

“La vacunación no es sólo un derecho sino también un deber como ciudadanos”

Alberto Gutiérrez
07:00 • 24 jul. 2021

En este año de vacunas y vacunos (imbatibles en su versión al punto según el presidente Sánchez) ha proliferado la gente contraria al antídoto del Covid-19 en cualquiera de sus diferentes marcas. Personas cercanas y queridas aseguran que las vacunas producen efectos secundarios, rechazan que se hayan logrado en muy poco tiempo y afirman que tienen la libertad de ponerse en el cuerpo lo que les dé la gana. Esto último es cierto, pero vayamos a los matices y a los hechos.



El primer hecho sustancial y concreto es que las vacunas están surtiendo efecto en la población. La quinta ola se ha aplacado de manera contundente y es una realidad que la inmensa mayoría de los hospitalizados no se habían inyectado ninguno de los antídotos. Serio aviso para los nuevos terraplanistas, por si no hubiesen tenido suficientes hasta ahora: cuentan con altas probabilidades de contraer el coronavirus, de ser internados en el hospital e incluso de diñarla antes de tiempo.



Por otro lado, la vacunación no es sólo un derecho sino también un deber como ciudadanos, aunque no esté escrito en ningún sitio por el momento. Todos los deberes implican incomodidades y éste, desde luego, no escapa a ello. En Francia, ¡ah Francia, siempre Francia!, el presidente Macron lo ha entendido muy bien y ha anunciado que las personas que no dispongan de un certificado de vacunas no podrán acceder a lugares públicos como los restaurantes, teatros, etcétera. No porque sean los nuevos apestados de la antigua Galia sino porque el resto de la población quiere recuperar la normalidad cuanto antes y mientras no se logre la inmunidad de rebaño será muy difícil. Al día siguiente del anuncio presidencial cientos de miles de franceses se afanaban en elegir entre Pfizer y Jansen. El “antivacunismo” cuenta con unos seguidores de voluntad frágil: la cerveza con los amigos, al igual que el chuletón, es imbatible. 



Es muy llamativa la incomodidad de esta gente en relación con la ciencia (pero no con las pseudociencias), como si existiese un contubernio judeo-masónico que pretendiese acabar con cada uno de nosotros. Algunos hasta creen ciegamente lo del chip de Bill Gates. Uno es muy libre de creer en chorradas, lo que yo llamaría el “chorradismo”. Pero esa libertad no es gratis, pues si la mayoría de la población hemos asumido que debíamos vacunarnos aún a sabiendas de los posibles ínfimos riesgos, ahora ellos y ellas tendrán que apechugar con su elección. Así es la vida. 



Por suerte, en España los antivacunas son minoritarios, anecdóticos y acaso pintorescos. De lo contrario supondría un grave problema para la salud pública. Y en este sentido los españoles hemos sido una vez más ejemplo para el mundo entero. Si ya éramos líderes mundiales en donación de órganos y de sangre, ahora hemos demostrado que, además de generosidad, nos corren por la sangre litros de civismo y responsabilidad. Sin duda, es la gran noticia de esta pandemia. 







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