España, ese peculiar país donde la procesión va por dentro

España es (era) ese país tan peculiar que en la Semana Santa organiza(ba) procesiones con unos señores llamados nazarenos que iban con el rostro cubierto y tocados con un capirote siguiendo o precediendo a un paso que portaba tallas religiosas, a veces de gran valor, representativas de la pasión de Jesucristo y el dolor de su madre, la virgen María, ante las torturas infligidas al hijo de Dios. Es, más o menos, la explicación que hace tres años di a una periodista de una televisión danesa que pensaba hacer un reportaje turístico al respecto. Hoy --estamos a siglos de distancia de 2018: nada es igual-- he vuelto a hablar con aquella periodista, que ocasionalmente sigue llamando para ver cómo siguen las cosas por acá.


Le he explicado --¡y lo ha entendido!-- el significado de "la procesión va por dentro". Que es lo que ocurre en esta España de 2021, ayuna de penitentes y saetas en las calles y de turistas en unas playas donde los muchos bañistas locales hacen mangas y capirotes de la flamante obligación legal de llevar mascarilla hasta cuando te metes en el agua. Bueno, le digo --¡y lo comparte!--, este es el país de las mangas y los capirotes, de las fiestas ilegales que provocan interminables disquisiciones jurídicas sobre la pertinencia de las 'patadas policiales' a la puerta de los pisos donde franchutes y otros jóvenes, nacionales y multinacionales, se saltan a la torera las prohibiciones de fiestas masivas. Como, por otra parte, viajeros clandestinos escapan, hacia segundas residencias, al confinamiento perimetral.


Mi ya casi vieja amiga danesa, que es periodista con larga práctica y mediana edad y fue la primera en advertirme sobre la pertinencia de la serie 'Borgen', me asegura que va a escribir --"no es que España interese demasiado, pero el tema es bonito"-- sobre el concepto de las procesiones que van por dentro, es decir, que no salen a la luz callejera. Piensa ella, y yo no podría contradecirla, que, pese al sol, España es territorio de bastantes sombras.



En el Gobierno, por ejemplo, procesiones no se verán, pero haberlas haylas: menudo lío tiene Marlaska con la sentencia judicial que da la razón al coronel Pérez de los Cobos, o vaya follón el de Ábalos con la compañía aérea Plus Ultra, o el de la reciente ministra de Sanidad, Darias, con la normativa de ida y vuelta sobre el uso de las mascarillas, o el señor Iceta con la que está cayendo en Cataluña --pero ¿por qué nadie intenta reactivar el 'efecto Illa' ahora que el independentismo se consume, en fuegos intestinos?--. Pues nada, silencio oficial y oficioso ante tantos cirios pascuales.


Otros años, aquel lejanísimo 2018 en el que me contactó la colega nórdica, los ministros del Gobierno salían a las plazas para cantar, al paso del Cristo de la Buena Muerte en Málaga, el himno de la Legión. Claro que entonces el ministro del Interior no era Marlaska, sino Zoido; el de Justicia era Catalá, y no Campo, y el de Educación, Cultura y Deporte era Méndez de Vigo, y no la amalgama de carteras en las que se ha repartido la cosa, que hoy hasta un señor apellidado Franco se ha convertido, y no precisamente por ser una medalla olímpica, en responsable de la cosa deportiva.



No creo que este año ministro alguno cante, ni siquiera para sus adentros o en la ducha, el himno de la legión, y supongo que hacen muy bien, porque lo de 2018 quedó algo ridículo, la verdad. Están muy ocupados con sus procesiones intestinas, que muchas veces derivan, explico a la danesa, en una alarmante falta de transparencia. Porque ¿cómo es posible que el presidente del Gobierno no haya salido aún a responder a los periodistas sobre el alcance y objetivos de la última mini-micro-remodelación en el elenco ministerial consumada al inicio de esta santa semana, más allá de ufanarse de que España es el único país del mundo que tiene a cuatro mujeres en las vicepresidencias de un Gobierno? Y sí, ya sé, respondí a mi interlocutora, que lo noticioso es que tengamos nada menos que cuatro vicepresidencias, otro récord mundial, y no que estén ocupadas por mujeres, algo que en Dinamarca para nada es una novedad.


Las procesiones que van por dentro incluyen no hacer nunca autocrítica --¡qué mal ejemplo el del tal Macron admitiendo haber cometido errores antes de confinar a todos los franceses, excepto, claro, a los que vienen a España de botellón!--, evadir los interrogatorios de los informadores y jamás admitirles que repregunten. Y, cuando un informe --algo deslavazado, lo admito--oficial norteamericano, de esta Administración Biden, tira de las orejas al presidente, al ya ex vicepresidente y al portavoz de Unidas Podemos (además de a Vox) por el mal trato que dan a los chicos de la prensa, pues ellos van y culpan a Trump, que es aquel energúmeno de quien hoy nadie, laus Deo, se acuerda.


La periodista danesa agradece, como siempre con educación y simpatía, mis comentarios. "Me he reído mucho con lo que dices", comenta. Por eso, por mi deseo de que los lectores pasen un buen rato, he traído a esta crónica mi conversación con ella. Aunque le dije que por aquí estamos para pocas risas y seguramente los lectores no reaccionarían con la misma hilaridad nórdica. Por estos pagos, le comenté, andamos como las procesiones este año: recluidos y de capa algo, bastante, caída.

 

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