Pasión de pasiones

Desde ayer vivimos en la  semana más santa. La del pasado año quedó en manos de la virtualidad tecnológica o, a lo más, en las íntimas celebraciones de los oficiantes. Aun cuando la situación actual mantiene secuestrados los  programas de actos y conmemoraciones tradicionales, al menos  esta atípica primavera permite a los creyentes – con el estricto cumplimiento de las medidas sanitarias y de prevención anti covid-   poder asistir a sus templos y participar en la rememoración de la Pasión. Una Pasión con  rostros muy diferentes, según cada cual. Una Pasión con demudados penitentes que han sustituido el capirote de la testa por el cobijo del morro. 




 La  remota memoria de mi particular semana de pasión en mi pueblo había cubierto cierto trecho, llegado este lunes santo. Un itinerario que habíase iniciado nueve días antes del pasado viernes, con un aperitivo novenario cuyos textos y cantos –aún conservados y en pleno uso- se remontan a los albores de 1879. Un ritual incólume que, año tras año, durante nueve días, entrada la noche, convocaba a una feligresía entregada que con pausa y sin prisa seguía fielmente los dolores de la Madre y las llagas del Hijo, ambos titulares ubicados temporalmente en unos gigantescos altares vestidos de sedas y polímeros. Entre dolor y dolor, entre herida y herida, los versos compuestos por el vocacional organista Bartolomé Carricondo mediaban musicalizados con los originales acordes del vetusto armonio que en ceremonias ordinarias acariciaba Francisco Rodríguez, el escolano titular de la Basílica de las Mercedes.




Pero el novenario siempre estuvo musicalmente en manos del ex seminarista, ex regidor del municipio y director jubilado de una entidad bancaria, Andrés Reche Rodríguez, a quien años después suplantó su sobrino, Juan Reche, un polifacético e incansable maestro de la interpretación.


El atrezo de los escenarios exteriores no quedaba olvidado. Días antes de principiar los señeros actos de esta semana, los preparativos llenaban fachadas y viviendas de  conexiones eléctricas. Unos enchufes que marcaban el itinerario por donde habrían de discurrir los pasos de las diferentes procesiones, pues la cera no era combustible al uso, y menos en la calle, presa del “aíre de arriba”.

Cada trono o carroza contaba con su “tendido” eléctrico que era alimentado mediante largas mangueras que cargaban y movían  algunos cofrades, quienes las iban conectando a los puntos  previamente fijados en las paredes de las viviendas. Ventanas y balcones eran sometidos a una primitiva electrificación, con portalámparas y bombillas que se encendían al paso de los desfiles. Los chisporroteos, las quemaduras y calentamientos de los cables de goma proporcionaban un inconfundible tufo  que alertaba de la urgente necesidad de efectuar un rápido cambio de conexiones, si se quería evitar un inminente siniestro de impredecibles consecuencias. Las cuadrillas de costaleros/as o los hombres y mujeres de trono constituían  una quimera que no llegaría  hasta bastantes años después con la incorporación a las hermandades  y cofradías de nuevos pasos e imágenes. Si las celebraciones y desfiles al uso de nuestros días no fueron una realidad hasta cierto tiempo después, la música de banda o agrupación quedaba aún mucho más lejos, ya que ésta arribaría, lustros después, con la Banda de Tambores y Cornetas de la Cruz Roja de Albox, merced a la iniciativa personal de Miguel Reche Pardo y Luis Requena, con la anuencia de Bienvenido Conchillo.


“Ya lo llevan, ya lo traen/ Y por la calle de la Amargura/atado de pies y manos..”. Sonaba rayado el vinilo en el pickup de la tienda de Miguel Reche y Ana María Lizarte, quienes siempre procuraban situar el altavoz del reproductor en la ventana del establecimiento, donde la voz rasgada de la Niña de los Peines resaltaba en la silente noche del Jueves Santo, o desafiaba la madrugada la autoridad saetera de Pastora Imperio con su “¿Dónde vas, Judas traidor?”. A más de otras muchas evocaciones, el ensordecedor sonido de la carraca convocaba el  Viernes Santo, por todos los rincones, a la solemnidad de  media tarde, donde a la hora nona el mundo cambió para siempre, como el pueblo de pobres.


 Aquellas estampas de un tiempo y una etapa determinados quedarían grabadas para siempre en el desván de los sentimientos más íntimos. Como quedó grabada mi forzada ausencia de aquellas Pasiones por una personal pasión de infancia, sufrida en sendos domicilios de la Calle Real  y Calle Eduardo Pérez de nuestra capital. Y es que cada cual cuenta en su haber con su particular pasión, aunque esta semana se conmemore la Pasión, la Pasión de pasiones. 


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