Covid: Por qué no cierran los colegios

1.453. Memoricen esta cifra. En los últimos doce días ese ha sido el numero de contagios detectados entre niños menores de catorce años en la provincia. El magnífico informe elaborado por el redactor jefe de este periódico, Simón Ruiz, y publicado el jueves pasado, no deja lugar a dudas. Los contagios entre niños que cursan la educación primaria y los primeros cursos de la ESO ha subido exponencialmente desde la vuelta de vacaciones navideñas y ya suponen el 20 por ciento de todos los casos que se detectan, el porcentaje más alto en toda la pandemia. Un dato revelador que aún podría ser mayor si se tiene en cuenta que, en esa franja de edad, la mayoría de los afectados suelen ser asintomáticos.


Ante esta situación no han sido pocos los componentes del estamento docente y más los padres y madres de alumnos que han apelado a lo inquietante de los mismos para reclamar un cese temporal de la actividad docente. 


El miedo es libre y, cuando la causa que lo provoca se asienta en datos desalentadores como los hechos públicos por la Junta de Andalucía, nada hay que reprochar a quienes lo sienten. Frente a los 513 casos acumulados en niños de la provincia hasta mediados de la semana pasada, en los últimos días- hasta el miércoles de la semana que hoy termina-, ese registro ha llegado hasta los 804 contagios notificados al ministerio de Sanidad por la consejería de Salud.  Una cifra que exige, cuando menos, un ejercicio sereno de reflexión en el que también hay que considerar que de los 677 centros educativos que hay en Almeria, ninguno está cerrado, y que de las 7.133 aulas que acogen esos centros, solo están cerradas parcialmente 109, un 1,52 por ciento de las existentes.



Doctores tiene la iglesia y expertos la ciencia para ponderar que se puede o se debe hacer ante esta situación y líbreme el dios del sentido común caer en el error de decantarme por cualquiera de las opciones posibles.


Pero es ese mismo sentido común el que sí demanda- y con toda la razón- una explicación clara por parte de los responsables de la lucha contra la pandemia que aclare las dudas y lleve el sosiego a ese sector educativo y a los padres y madres.



 Es cierto que no hay soluciones mágicas, que esta es una guerra compleja para la que no existe un manual de lucha en el campo de batalla ni un libro de instrucciones, pero en diez meses de lucha sí hemos aprendido algunas estrategias eficaces contra un enemigo invisible, imprevisto e imprevisible. 


Pero, sobre todo, lo que hemos aprendido es que no hay mayor riesgo contra sus ataques que esperar que se produzcan para reaccionar. Esa ha sido su mejor arma y nuestra peor táctica. Taponar la herida cuando el caudal de la hemorragia se ha descontrolado reduce la posibilidad de la victoria. Hay que adelantarse a las embestidas científicamente previsibles de sus olas y frenarlas antes de que su altura las haga difícilmente controlables.


Hasta ahora no ha sucedido así. Es más, en un ejercicio de irresponsabilidad compartida, todos, desde los ciudadanos hasta quienes dirigen la lucha contra el virus desde el gobierno central o desde los gobiernos autonómicos, hemos esperado a que llegue la ola para adoptar medidas más restrictivas.  Así sucedió en verano y así ha vuelto a suceder en Navidad y ahí están los resultados.


Acotar y reducir el territorio por donde campa el virus es una estrategia de eficacia contrastada, incluso cuando su expansión ya ha alcanzado los limites siempre temibles del descontrol y la transmisión comunitaria. Pero esa decisión, tan fácil de entender, se antoja quimérica cuando se trata de adelantarla en el tiempo para cercar la prevista expansión del enemigo.


Resulta indignante asistir en estos días a la justificada inquietud con que, quienes nos dirigen en Madrid o en Sevilla, se muestran alarmados ante las cifras se contagios, ingresos y fallecidos que se hacen públicos cada día. ¿No habría sido más eficaz, puesto que nadie dudaba de lo que iba a suceder, haber mantenido todas las medidas restrictivas durante la Navidad y, a la vez, haber adelantado quince días las decisiones que se adoptaron el miércoles pasado? No ceo que hubiera sido muy difícil hacerlo y la curva ascendente de estas últimas semanas se hubiese corregido. ¿Por qué no lo hicieron?


La respuesta, como cantaba Bob Dylan, esta vez no está en el viento, pero sí en el irresponsable clima político que provoca que, en vez de recorrer el camino de la búsqueda de decisiones unificadoras que construyan un frente común, se mantenga la obsesión en convertir la adopción de medidas en un mercado persa en el que cada uno intenta hacer la mejor oferta en busca de clientes electorales. Una obsesión que alcanza el grado de patología cuando asistimos a espectáculos como el de Diaz Ayuso pidiendo más medidas drásticas a Pedro Sánchez cuando ella ha convertido Madrid en la comunidad con menos restricciones proclamando que nadie contara con ella para matar la hostelería. Es conmovedora Ayuso. Todavía no se ha dado cuenta de que quien está muriendo no son los bares (que más temprano que tarde se recuperarán), quienes mueren, quienes están muriendo a cientos cada día, son los ciudadanos y esas vidas sí que no se recuperan. A ver si se enteran todos de una puñetera vez y se dejan ya de extravagancias.


Y en el caso del cierre o no durante quince días de los centros de enseñanza primaria y ESO, que quienes tienen la obligación de tomar decisiones analicen todos los escenarios posibles y adopten la decisión que mejor acote la expansión del virus. Lo que no se puede asumir es el dato demoledor de que cada día más de cien almerienses en edad escolar se contagien. Ese es un ataque al que hay que responder desde la prevención, la contundencia y la unidad. Todo lo demás sobra.


Gobernar exige tomar decisiones y explicarlas; y, hasta ahora, en la mayoría de los casos y en la totalidad de los gobiernos no se ha hecho con mucho acierto lo primero y casi nunca bien lo segundo. Y así nos va. 


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