Las herencias de la Corona

O se es comisionista o se es jefe de Estado. En España, lamentablemente, se han combinado ambas ocupaciones, lo cual, por cierto, contribuiría a explicar las causas de nuestra pobreza y atraso en relación a los países europeos del entorno.


La cosa viene de lejos, de mucho más lejos que, cuando siendo príncipe el que hoy aún ostenta título de rey (emérito), se embolsaba uno o dos dólares por cada barril de petróleo que importaba España, según reveló en su día el que fuera consejero-delegado de la CAMPSA, el monopolio estatal del ramo. Esa circunstancia, que no auguraba nada bueno en lo tocante a decencia y ejemplaridad en la futura cúpula del estado, y tampoco muchas de ahí para abajo en consecuencia, venía dada por lo que la amiga entrañable de “ese señor del que estamos hablando” definió en brillante y clarificadora conversación con Villarejo, como “falta de concepto”.


Según Corinna, Juan Carlos carecía de discernimiento sobre lo que está bien y lo que está mal, es decir, sobre ese concepto básico para vivir en sociedad, y no digamos en sus alturas. Pero la cosa venía de lejos, de muy atrás.



Los borbones, independientemente de lo que quieran deducir sobre los chanchullos del penúltimo las fiscalías y los tribunales, siempre fueron víctimas de una irrefrenable voracidad dineraria, pero, que se sepa, ninguno fue al psicólogo para curarse esa ansiedad, pues la sobrellevaron mal que bien sacando cuartos hasta de debajo de las piedras.


De las piedras, por ejemplo, de las Minas del Rif del abuelo del emérito, para cuya explotación y mantenimiento hubieron de verter su sangre e inmolar sus vidas miles y miles de jóvenes españoles, conscriptos sedientos y en alpargatas de la Guerra de Marruecos. De aquél Alfonso XIII dijo don Ramón María del Valle-Inclán que los españoles le echaron no por rey, sino por ladrón.



Pero la cosa venía de atrás: Fernando VII, el deseado, el felón, terminó de desvalijar las arcas públicas con la compra a Rusia de una flota de buques de guerra inservibles, para el desguace, en una operación que le procuró una suculenta mordida, casi tanta como la que le proporcionaban sus negocios esclavistas. Ahora bien; su viuda y sucesora, María Cristina, en eso del esclavismo le dejó en pañales, pues cobraba un tanto por cada esclavo que se mandaba encadenado a Cuba.


Hace ya unos años, cuando el emérito todavía no era emérito, sino rey-rey, y se le perdonaba e incluso se le reía la falta de concepto porque era intocable y campechano, la revista Forbes cifraba su fortuna en unos 2.000 millones de dólares. Mucha pasta era esa, y mucha más la que, al parecer, se le fue añadiendo. Pero la cosa viene de lejos, de muy atrás.


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