Los toques de queda

Según el diccionario panhispánico del español jurídico toque de queda es la “medida gubernativa que, en circunstancias excepcionales, prohíbe el tránsito o permanencia en la calle de una ciudad durante determinadas horas, generalmente nocturnas”. Desafortunadamente, las circunstancias excepcionales se dan, y consecuentemente la prohibición de tránsito o permanencia en la vía pública obedecen a las mismas. Salvo alguna que otra excepcionalidad y rabona picaresca, la mayoría de los ciudadanos trata de cumplir responsablemente con la norma y cuan mochuelos disciplinados procuran hallarse al cobijo de sus respectivos  olivos domiciliarios en el horario establecido. A fin de cuentas, el toque de queda abre las puertas de nuestro particular confinamiento nocturno, que ya no es nada novedoso. Como tampoco lo es la imposición de encerrarnos a esa hora que, treinta minutos antes, coincide con las señales horarias del “parte” nocturno de los diales radiofónicos de casi cuatro décadas de nuestra vida. Esa hora simbólica de las diez de la noche. Y es que el llamado toque de queda puede responder a una innumerable gama de actitudes y comportamientos humanos.


Aunque sus orígenes se pierden en el tiempo y se remontan al Medievo como norma militar, el toque de queda se denominaba en sus inicios conocidos “toque de ánimas”, porque se anunciaba al anochecer con el tañer de campanas que iba acompañado de unas plegarias a las almas del purgatorio, si bien esta forma se modificó y lo cierto es que dicha medida se aplicó en nuestro territorio patrio durante los dos últimos siglos para proteger o para reprimir, prevaleciendo este último verbo, del que se ha usado y abusado de forma continuada.


Se podría considerar con cierta generosidad que el ser humano se encuentra sometido a un toque de queda prácticamente desde que nace, como si  viviéramos instalados siempre en una suerte de permanente excepcionalidad. La infancia, carente de voluntad propia, no deja de ser un frecuente confinamiento con su correspondiente toque de queda, el que marca la ingesta de alimentos, el de la actividad académica, el del ocio, el del descanso… La vida  transcurre bajo continuos toques de queda, una regla que igual la aplica tu pareja por la vía de apremio o el jefe de tu trabajo; ambos pueden decretar un improvisado confinamiento bajo el socorrido argumento de una crisis sentimental o económica, respectivamente. Y, por supuesto, la medida conllevará la pauta horaria que debemos cumplir. Los ejecutores de nuestros particulares toques de queda han sido muy diversos, sin desmerecer a la autoridad competente que con frecuencia ha mostrado cierta querencia por tan extraordinaria disposición.


Como durante largos años la normalidad fue excecpcionalidad en nuestro país, los toques de queda locales y selectivos conformaron una de las más habituales medidas de restablecimiento del orden, supuestamente alterado. Aunque la casuística ha sido muy amplia, durante años el “toque de queda” fue decretado e impuesto en mi pueblo, como en otros municipios, por el comandante de puesto de la Benemérita. Muy significados fueron -en la primera mitad de la década de los setenta del pasado siglo-  el cabo Domingo Zamora y el sargento Antonio Echeverría. Este último dictó y aplicó la norma por la vía de urgencia una noche de finales de agosto, cuando un numeroso grupo de jóvenes celebrábamos la despedida del estío, en tránsito por la calle principal. 


Tras abrir los postigos del balcón principal de la casa cuartel, el picoleto, uniformado tan solo con bigote y gayumbos, reprendió a la alegre comitiva, actitud que recibió un inadecuado saludo escatológico por parte de nuestro amigo Pepe Martos, tal vez por culpa del “Jumilla” que habíamos ingerido. El enérgico toque de queda no se hizo esperar y hasta los gatos quedaron confinados hasta el nuevo día. Por su parte, el cabo Zamora ejerció tan eficiente medida para cerrar bares y tabernas a la hora que su capricho dictaba, una noche sí y otra también, con su “cariñoso” saludo a los parroquianos: ¡Qué hacen los músicos¡, contraseña inequívoca de que había llegado la hora de cerrar el establecimiento elegido. En ocasiones, su salutación se acompañaba de algún puntapié, con segura diana en el trasero de cualquiera de los “músicos”, o una sonora bofetada de dudosa justificación. Eran otros toques de queda.





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