De boticas y reboticas

La celebración del Día Internacional del Farmacéutico, el pasado viernes, bajo el lema “Transformar la salud global”, sirvió de altavoz para la reivindicación por parte de este colectivo de un papel más activo y, en concreto, para la reclamación del cribado, prevención y detección precoz y rastreo de Covid-19, así como de la aplicación de  la vacuna de la gripe. La figura del farmacéutico siempre ha acompañado nuestras vidas desde las etapas más tempranas con su información imprescindible, sus consejos y orientaciones acerca de los remedios farmacológicos para mejorar nuestra salud. Mucho han cambiado las farmacias a lo largo del tiempo, habiendo perdido en cierto modo el encanto y curiosidad de ese lugar casi mágico  donde el boticario de siempre elaboraba sus fórmulas magistrales. Estos establecimientos ya no acogen encuentros de amigos y conocidos del titular que hacían de la rebotica un ágora de la palabra, un templo del saber y el conocimiento. En esos conclaves se comentaban los últimos descubrimientos y no faltaban las tertulias políticas, las cuestiones de actualidad y la literatura, entre otras temáticas.


Mucho ha cambiado todo el entorno de este servicio sanitario, cuyo titular ha ostentado el rol de una respetada autoridad, sobre todo en poblaciones y localidades pequeñas. En mi pueblo pude conocer al último de aquellos boticarios de probeta y mortero, Antonio Ruíz de la Fuente, quien regentó su oficina durante medio siglo en dos ubicaciones diferentes, la última en la Calle Horno, donde a finales de los años setenta acudía a atender a los vecinos entre canturreos de zarzuelas y soniquetes de piezas clásicas. Don Antonio fue boticario de profesión, pero maestro, periodista y escritor de vocación. No en vano, ejerció la docencia privada y estuvo al frente de la Corresponsalía de La Voz durante veintidós años. Las oficinas de farmacia siempre albergaron una actividad seria, aunque no exenta de anécdotas y de buen humor como relataba Tomás Martínez Castaño, jefe de municipales y sobrino de don Antonio Martínez Galera, boticario de mi pueblo a finales del siglo XIX y principios del XX. El diligente municipal ayudaba a su tío en la rebotica a elaborar preparados y ungüentos. El galeno puso un día al sobrino a picar en el mortero alguno de sus componentes medicinales y tras un buen rato de ejercicio manual el “picador” preguntó al tío que hasta cuándo tenía que darle a la mano, la respuesta no tardó: “Hasta que huela a ajo”.


Astuto el ayudante de rebotica, al día siguiente se hizo acompañar de un diente de ajo que depósito a escondidas en el mortero junto con la especialidad de la jornada. Tras unos minutos picando alertó a su tío: “Ya huele a ajo”, a lo que el farmacéutico respondió: “Pues sigue picando hasta que deje de oler”. Se desconoce si el voluntarioso sobrino volvió a la rebotica.


Los despachos farmacéuticos también exigen grandes dosis de diligencia y responsabilidad. Buena muestra de ellas la encontramos en la carta que dicho boticario remitió  a su mujer, Isabel García Ruíz, a quien había encomendado la farmacia durante su viaje a Madrid para visitar a don Ricardo Gutiérrez Roig, natural de Berja y vecino de Oria, médico de la Casa Real del Infante don Antonio de Orleans. Con el encabezamiento “Fecha: la que tú quieras, me es igual”, proseguía la epístola: “Mi siempre querida Isabel: ayer por la noche llegué a ésta, me esperaban don Ricardo y Pedro en la estación. Ya he visto a toda la familia, todos están buenos….”. Tras comunicar pormenores de cada uno de los familiares del doctor de la Casa Real, el boticario precisaba: “Por aquí permaneceré poco tiempo por ahora, sin que esto quiera decir que regresaré pronto a ésa.



Me he propuesto visitar casi toda España y sólo me haría volver a la tierra la falta de metales o la fuerza del destino. Más vale decir no hay o no sé que pasar remordimientos después de hecha una cosa. Consulta a Segundo y si necesario es también a Guirao y a Aguilera –los tres médicos titulares- con las precauciones que ya sabes para que no se lastime la fama de ellos ni el poco crédito que nuestra casa goza. Sé reflexiva, ten mucha calma y piensa mucho para hacer. No hables con nadie cuando estés en la botica despachando, aunque sea una cosa sencilla. La niña –su única hija, María Joaquina – que repase mucho, mucho y seremos buenos amigos.


En cuanto a matanza haz lo que te digan, que nosotros no estamos para tareas ni quiero que tengas otra cosa que atender mientras yo no vaya que la botica. Tu madre y Paca –su hermana- que vayan a verte y tú no salgas ni poco ni mucho… En fin, mucho ojo”. Después de algunas observaciones más el boticario encarga a su esposa: “Entrega la adjunta a Segundo –su cuñado- sin abrirla, aunque perdona un tanto tu curiosidad. Nada de particular le digo, pero en fin, son cosas que no deben enterarse las mujeres y, sobre todo, las nuestras. Así es el mundo, el hombre es fuego y ya sabes….Memorias de don Ricardo y de todos para todos”. A buen seguro que muchas de esas cosas se desvelarían algún día entre la botica a la rebotica. 


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