Que trata de lo que es el lenguaje vago y de su provecho

Mira, Sancho –habló don Quijote–, entre los caballeros andantes hay ideas o pensamientos que conviene silenciar o emboscar en nuestra plática para que no digan lo que no sería discreto decir. Para que lo entiendas: es igual que cuando alguien, en ocasiones, ha de ocultar el rostro con el antifaz con el fin de despistar a algún despiadado enemigo. Ambas cosas son propias de la andante caballería.


—Bien entiendo lo del antifaz –dijo Sancho–, pero nada de esas otras cosas que se tapan o dejan de taparse. No se me alcanza de qué habla mi amo.

—Los caballeros andantes, de los cuales yo soy el menor de todos, –contestó don Quijote–, pasamos mucha malaventura. No solo hemos de acometer grandes y peligrosas hostilidades cuando vemos que semejan¬te canalla nos hace algún agravio o hemos de desfacer algún tuerto, sino que nuestro vínculo con duques, condes u otros caballeros nos obliga, por discreción, en ocasiones, a fingir ignorar lo que sabemos y a fingir que sabemos lo que ignoramos o a fingir entender lo que no comprendemos sin oír lo que se escucha. Y es en estas ocasiones cuando la necesidad nos exige el uso del lenguaje vago.


De todo corazón se arrepintió el caballero de haber sacado tan discreta razón ante Sancho, pues estaba seguro de que este no entendería una sola palabra. No obstante, con sosiego, volvió a intentarlo:

Hermano Sancho, habrás de saber que, a veces, a los caballeros, como a cualquier otro nacido, no les conviene dar a conocer el número de los malheridos en combate, ni el de los enemigos que se aproximan o ni la cifra de muertos en su pueblo con motivo de una terrible peste. Y se ha de callar la información, en ocasiones, para no minar el valor, valentía y firmeza de algunos soldados cobardes, cuyo corazón es de mantequilla. 



—¡Por Dios! –dijo Sancho–, porque, aunque no entiendo eso de «corazón de mantequilla» ni he oído vocablo tal, vuesa merced me ha sacado de una gran duda, pues a mí me ha parecido a veces sufrir esa falta de conocimiento que mi señor menciona. 


—Sancho, has de recordar a aquel pobre muchacho que estaba atado a la encina, desnudo del medio cuerpo arriba, y un zafio gañán, que luego supimos que era amo suyo, estábale abriendo a azotes con las riendas de su cabalgadura. Así como yo lo vi, preguntele la causa de tan atroz maltrato y dijo que era por «ciertos descuidos». Y yo le respondí que ¿cuántos descuidos son ciertos descuidos?, ¿son muchos o pocos? Ciertos es un término vago que esconde información.


—Vuestra merced se sosiegue, señor mío –respondió Sancho–, que yo también cuando no sé con certeza ni quiero entrar en detalle válgome de palabras como algunos, bastantes o muchos con las que digo sin decir. Ansí, cuando vuesa merced oía el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines y el ruido de los atambores, yo lo corregí, pues no oía otra cosa que muchos balidos de ovejas y carneros, sin saber ni aproximadamente si fueran cien o mil. 


—Sancho, algo sí has entendido, lo que realmente me maravilla, pero solo queda que sepas que, cuando tú mencionaste los muchos que eran los balidos y los muchos que eran los golpes en mi cuerpo, no fue por malicia, que no la tienes, sino porque no conocías más, y tal lenguaje, aunque vago, no pretende ocultar nada, pues tu saber no llegaba a más. Solo pretendías aportar información a la plática, porque ninguna otra cosa más podías decir. 


A lo que respondió Sancho:

—Señor, ¿me dice que cuando vuesa merced dice las mismas cosas que yo mi señor sí emplea el lenguaje vago y no yo?

—No, Sancho, que parece que solo entiendes lo que te viene bien entender. He querido decir que la expresión lenguaje vago hay que aplicarla solo en aquellos casos en que determinados vocablos se emplean para ocultar información o para inducir al engaño. Te pondré, para que entiendas, un ejemplo de dicho lenguaje mediante el vocablo posiblemente. 


La cara de asombro y espanto de Sancho enseguida hizo ver al caballero que su escudero no había entendido cosa alguna. Aun así, continuó su plática: 

—Tú no lo sabes, pero el caballero don Dionís vino a decir que Florambel de Lucea era «posiblemente el más valiente caballero andante». Esta aseveración hizo pensar a sus contemporáneos que en caso de no ser el más valiente, sí que sería, sin duda, uno de los tres o cuatro más valientes. Y en tal opinión hubo falsedad interesada, pues no se puede demostrar lo que se dice, ya que hay otros muchos que podrían ser tenidos como los más bravos caballeros andantes: Amadís de Gaula, Belianís de Grecia, Clarián de Landanís, Florando de Inglaterra, Palmerín de Oliva, Tristán de Leonís, etcétera. Aquí sí que hubo interesado uso del engaño mediante el lenguaje vago.


—Basta, señor, que con tanta conversación la media noche es por filo, anduvimos todo el día y estamos cansados y muertos de hambre. Aprovechemos las avellanas y las tres grandes cebollas que recogí antes de que anocheciera, aunque no sean las viandas que correspondan a tan valiente caballero como es vuestra merced.

 

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