Ríos de éxito

Cuando en este país solo disponíamos de una cadena de televisión, cualquier evento retransmitido por ella se transformaba en un acontecimiento social. Y con el auge de la llamada ‘música ligera’, en esos años aparecieron unos nuevos héroes asociados a una frase: ‘dirige la orquesta el maestro…’. Esos puntos suspensivos podrían sustituirse por Ibarbia, Calderón, Algueró o Waldo de los Ríos.


Estoy redescubriendo a este último gracias a Desafiando al olvido, reciente libro de Miguel Fernández, cuyas historias y anécdotas me retrotraen a esa feliz infancia en la que yo mismo fui un devorador de ese denostado sub estilo de la música orquestal llamado ‘easy listening’.


Ese joven algo regordete, de cara afable y grandes gafas de búho, que aparecía por nuestra televisión en blanco y negro, resultó ser uno de los personajes más interesantes de nuestra música y, a la vez, tener una vida plagada de luces y sombras.


Varias cosas, poco conocidas por el gran público, me llaman la atención de su trayectoria. Una es su querencia por el folklore, de su Argentina natal o de su país de adopción, el nuestro. Pero quizá la más reseñable es su afición por la música electrónica (os recomiendo su disco Folklore Dinámico, con Los Waldos); de hecho su inicial propósito viajando a Europa no fue otro que cursar estudios sobre esta materia en Alemania. Pero el destino quiso que, en lugar de acabar siendo una versión latina de Jean Michel Jarre o quizá el quinto Kraftwerk, se convirtiese en uno de los arreglistas más importantes de la música melódica de nuestro país.


También es curioso que su mayor éxito esté asociado a su tocayo de apellido Miguel Ríos, aunque el suyo en realidad era Ferraro. En mi generación relacionamos al granadino siempre con el rock’n’roll, pero Miguel dio el salto a la fama de la mano de aquel bonito arreglo de Waldo sobre el último movimiento de la novena de Beethoven así que, aunque al parecer solo mantuvieron un cordial trato, sus nombres siempre estarán encadenados al Himno a la alegría.



Lo más triste de su historia es que siempre se sintió como un vendido que malgastaba su talento en beneficio de otros. Eso sí, por el camino se hizo multimillonario. Con solo 42 años, Waldo de los Ríos se descerrajó un tiro que puso punto y final a un privilegiado cerebro para las corcheas y las fusas, pero no deja de tener su gracia que más de dos décadas después otra canción, la populachera Macarena, fuese obra de dos señores cuyo nombre artístico también estaba protagonizado por una corriente de agua que los llevó directos hacia el mar del éxito internacional.


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