Patriotas en la expansión de nuestra lengua frente el latín

Tras hacer jornada en una destartalada venta, comenzaba a amanecer cuando don Quijote y Sancho se hicieron de nuevo al camino. Apenas recorrida media legua, divisaron a tres hombres sobre sus jumentos. Don Quijote descubrió que el rostro de uno de ellos le era conocido. Se trataba del doctor Juan Luis López de Cruces, docente en la Universidad de Valladolid y con quien tiempo atrás había platicado por estos mismos parajes. Venía acompañado de los académicos Javier López de las Cortiñas.y José Polo de la Cuesta.

 

De motivos diferentes se hablaba amigablemente cuando don Quijote, aprovechando la presencia de tan sabias personas, preguntó algo que, por inesperado, dejó sorprendidos a los presentes: 


—Señores académicos, ¿es posible saber cómo fue el paso del latín a la lengua castellana o española que ahora usamos y que fue tenida tantos años como vulgar? Gracias a este paso podemos conocer las aventuras de Amadís, de Esplandián, de don Roger de Grecia, Palmerín de Oliva… 



—Señor –replicó el doctor López de Cruces–, no es necesario que siga con más nombres, que entendemos vuestra pregunta. Le diré que nuestro idioma, para llegar a donde está, ha necesitado la ayuda de muchos caballeros, si no andantes sí pensantes, que tuvieron que librar grandes batallas para vencer a sus enemigos. 

A lo que replicó el caballero:



¿Quiere decir vuestra merced que su expansión fue una ardua y costosa empresa? 


—Fue y sigue siendo una difícil lucha librada por patriotas –respondió el académico–.  Pero de esto mis colegas, que ejercen de propiedad las cátedras de Retórica y de Gramática  en la Universidad de Alcalá, más que yo conocen.


¿Patiotras? No comprendo tan desemejable vocablo –dijo Sancho, confundido con la plática.


—¡Sancho, por Dios!, decid patriotas –dijo don Quijote, malhumorado por el trocar repetido en los vocablos por parte de su escudero. 


—Pues patriotas o como vuestra merced diga –contestó Sancho, irritado–, que siempre me ha de estar zahiriendo, como si no fueran la misma cosa una que otra. 


—Calla Sancho de una vez –lo interrumpió don Quijote–, que no serán muchas las veces que se nos han de dar de escuchar lo que dicen estos sabios hombres de letras. 


Tomó la palabra el doctor López de las Cortiñas y dijo así:


—La conciencia nacional en España, Italia o Francia buscó en los primeros tiempos modernos apoyarse en el habla propia y que esta fuera, poco a poco, superando el latín. Y eso obligaba al empleo y enriquecimiento, por nuestra parte, de la  lengua castellana o española. Y esa ansia de hacer nuestro idioma mejor para que compita con brillo frente al latín y otras lenguas fue la que obliga a muchos a tomar el mando de las audacias y ganar batallas. Los enemigos no son monstruos ni endriagos ni gigantes como los que sufre vuesa merced, sino quienes pretenden que no nos separemos del latín y que sigamos considerando el castellano una lengua vulgar, sin relieve y poco digna de las obras literarias. 


¿Y podría saberse los nombres de esos caballeros que tanto hicieron por elevar este idioma nuestro? –preguntó don Quijote. 


—Bien se podría –tomó la palabra ahora el doctor Polo de la Cuesta–. En primer lugar, aquellos literatos que hicieron su obra en esta lengua, que llamaban vulgar: el Arcipreste de Hita, el Marqués de Santillana o el Infante Don Juan Manuel. Asimismo, más importantes aún, están aquellos otros que fueron cuerdos combatientes de la necesidad de hacer más meritorio este idioma, de refinar el lenguaje natural mediante la cultura y las buenas maneras. Es esta la idea que el Renacimiento concibe y que marca el inicio de los tiempos modernos.


—No conozco a ninguno de estos hombres de bien que me ha nombrado –volvió a hablar don Quijote–. Pero ¿es posible saber el nombre de esos otros caballeros de las letras capaces de entablar tan digno combate hasta llegar a hacer de la lengua vulgar el idioma que hoy hablamos y leemos? 


—Por lo que atañe al reino de España –continuó el mismo académico–, lo hicieron eruditos como Juan de Valdés, gramáticos como Nebrija o Cristóbal de Villalón, literatos como Fray Luis de León o don Miguel de Cervantes, quien consideró de razón necesaria que por todas las naciones se extendiere la costumbre de enriquecer la lengua propia. Por eso, hay que hablar de compatriotas, pues como decía ya a finales del siglo XV Nebrija en los inicios de su Gramática sobre la lengua castellana, con esta actitud y con esta conciencia se trataba de «engrandecer las cosas de nuestra nación». 


—He de pensar –replicó el hidalgo– que todos ellos, si muertos ya, habrán merecido un condado o un marquesado cuando menos, pues si bien todos conocemos a los Amadises, los Florianes o los Palmerines, nadie, sin embargo, sabe de esos otros, tan caballeros, aunque no andantes, como estos.


No se preocupe por ellos –respondió el doctor López de las Cortiñas–, que ya los siglos venideros guardarán sus nombres y todos los conocerán como los que llevaron el lenguaje vulgar o natural de nuestro reino de España a su refinamiento, a impregnarse de mejores utensilios, a hacer una lengua más avanzada y culta. 


Llegado el momento de la comida, caballero y escudero compartieron la comida que llevaban los ilustres académicos. 

 

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